ENTREVISTA EN PODER POPULAR

Entrevista a Matías Escalera, por Manuel Barriere

9 de mayo de 2023

A raíz de la publicación de su tercera novela Un sollozo del fin del mundo

MB. Después de escribir dos novelas sobre el pasado histórico a partir de experiencias vividas, publicas una novela de anticipación que se adentra en un futuro hipotético. ¿Por qué esta decisión? ¿Qué línea de contacto mantiene Un sollozo del fin del mundo con tu obra anterior?

MEC. Así es, mis dos novelas anteriores responden a dos momentos o coyunturas distintas de nuestro tiempo o del tiempo histórico vivido por mi generación: El tiempo cifrado, la denominada Transición, esto es, el final de un mundo y el nacimiento de otro; y Un mar invisible, justamente, la España que se entrevé en aquella, la de la burbuja, la del triunfo del capitalismo de chiringuito que explotó entre 2007 y 2008. Y esta nueva novela, Un sollozo del fin del mundo, trata de nuestro presente actual, pero visto desde la perspectiva de nuestro inmediato futuro, de modo que el lector, al adentrarse en ese 2056 novelado, vuelva a su presente, nuestro presente, de otro modo, contemplando de una forma crítica lo que sucede a su alrededor y que tenga en cuenta las previsibles consecuencias –en su/nuestro propio futuro– de los fenómenos que acontecen y de las decisiones que toma y tomamos en su/nuestro tiempo presente.

MB. ¿Piensas que, en la coyuntura actual, social y política, la literatura tiene la responsabilidad de imaginar líneas de futuro que no pasen por el colapso?

MEC. Por supuesto, por eso he planteado así la novela: de una manera realista, en términos cervantinos, es decir, cimentada en el principio de la verosimilitud; y localizada la acción principal en un futuro inmediato, 2056. No quería una novela de ciencia ficción fantasiosa localizada en un tiempo imposible de prever. Por eso, me tiré más de un año y medio documentándome y leyendo informes y artículos en los que se hicieran proyecciones geopolíticas, climáticas, técnicas, científicas, sociales y culturales lo más fundadas, en términos científicos, y realistas posibles. No quería los apocalipsis épicos, al uso. Quería novelar el fin de este nuestro mundo como un lento, normalizado y contradictorio sollozo –o gemido, a decir verdad–; tal como está sucediendo ya, pues, aunque la mayoría no sea consciente de ello o no le importe un pepino el asunto, ya estamos en el futuro.

MB. Hay un personaje que lee informes escritos por su abuela que repasan la historia del mundo y la sociedad, desde el siglo XX, hasta el presente de la novela, situado en nuestro futuro. Pese a tratarse de una historia de anticipación especulativa, parece que nos vengas a decir que sea cual sea la situación, sin memoria no podemos entender el presente ni las opciones que este abre hacia algo diferente. ¿Te lo planteaste de esta manera al proyectar la novela, o simplemente es un recurso narrativo para contar el mundo en el que transcurre la acción?

MEC. Tomé esa decisión en la construcción del texto por varias razones, una es la que tú enuncias, que, sin memoria, no hay verdadera conciencia del presente, ni posibilidad ninguna de construir un futuro aceptable: una certeza que está en la base misma del materialismo social e histórico, que es el punto de partida, no solamente de mi forma de contemplar la realidad, sino de mi propia escritura. La segunda razón es porque, de esa forma, concibiendo nuestro presente y nuestro futuro inmediato, como un tiempo ya pasado, ya realizado, aportaba a esos mismos datos que constituyen la base de los escritos e informes de la abuela, Rebeca Heinz, que su nieto, Saúl Bochum, lee y repasa –por su cuenta o junto con su propia abuela agonizante, depende del momento–, en diversos puntos de la trama; les aportaba, digo, un añadido de verosimilitud que me interesaba enormemente destacar; pues, como he dicho, la verosimilización de todos los aspectos constitutivos de la novela es uno de los pilares maestros en su construcción. Y, en tercer lugar, opté por dicha estrategia, porque, mediante este sencillo artificio narrativo, podía incluir documentos y documentación ‘reales’ en la novela, sin que estos chirriasen ni interrumpieran el desarrollo de la acción, aparte de que me permitía establecer el carácter y ahondar en los dos personajes, el de la abuela, que representaría mi generación, y el del nieto, que representaría la de los que ahora son niños o adolescentes.

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