La Marea. Junio, 2022

Nuestra edad media postmoderna y los gobiernos que los pueblos se merecen

No es nada nuevo afirmar que vivimos en una nueva Edad Media –esta impresión y, luego, certeza, viene de mediados del siglo veinte–, aunque, como toda repetición de un ciclo histórico, esta Edad Media no es exactamente la misma Edad Media original, igual que la Europa barroca, católica y contrarreformista, nacida en Trento –el precedente inmediato de nuestra actual Edad Media post-moderna–, no fue exactamente, en todo, como el modelo social y político que se trataba de reeditar. Sin embargo, en lo esencial, las tres Edad Media son espacios/tiempos coincidentes.

Hay dos constituyentes medulares comunes a los tres tiempos. El primero es la ignorancia masiva, esa ignorancia transversal que observamos a izquierda y derecha, arriba y abajo; ese semi-analfabetismo cazurro y castizo, imbatible, impermeable y refractario a los datos objetivos y al raciocinio, y volcado, sin remedio, al prejuicio, al mito, a la mentira y a las emociones, cuanto más violentas e irracionales, mejor. Es pavoroso, para los supervenientes de la modernidad –aún quedamos algunos–, comprobar cómo ese pringoso oscurantismo se extiende y lo domina todo, incluso entre las élites políticas profesionales y mediáticas; cómo ese rechazo general de los hechos reales y de los datos empíricos, y de la argumentación meditada, sostenida en esos mismo datos procedentes de la realidad real, se agranda, y apenas nadie ya está dispuesto, hoy, al estudio paciente y a la investigación del mundo circundante, sea a través de la lectura, de la investigación personal o de la escucha atenta de fuentes competentes, contrastadas y fiables; lo que lleva también a esa –más sutil e invisible– desaparición del lector activo y curioso, a esa muerte efectiva de la literatura que Roberto Cotroneo y otros atisbaron, en el inicio mismo de la postmodernidad, y a la efectiva muerte real del arte y de los artistas libres, un poco más tarde, tal como W. Deresiewicz ha expuesto en su ensayo La muerte del artista.

Es pavoroso, para los supervivientes de la modernidad, en efecto, comprobar, en tal contexto, ese nivel de brutal desprecio por la verdad objetiva entre las profesiones periodística y política: una misma e idéntica profesión, al fin, si lo pensamos bien, pues, como el órgano ideológico y propagandístico de la primitiva pirámide feudal –entonces, la Iglesia católica– era un correlato idéntico en su conformación y ejercicio a la de los órganos ejecutivos y políticos –la realeza y la nobleza–, hoy, en esta coyuntura, el periodismo y la política profesional son, una misma e idéntica carrera, con la misma e idéntica conformación y función respecto de los órganos ejecutivos: el capital financiero y sus fondos especulativos, por una parte, y los monopolios energéticos y armamentísticos, por otra.

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