Manon Lescaut del Abate Prevost

[… confirmado, el Nuevo Mundo es tan viejo como el Viejo, y, además, yo, el caballero de Grieux, no soy tan tonto como yo mismo llegué a creer…]

Por mor de la verdad y porque a vos os la debo en su totalidad, reconozco queTiberge estuvo a punto de embaucarme de nuevo con su tenaz moralina jansenista; pero, acaso más debido a la cantidad de sufrimiento atesorado en mi alma, que por mi inteligencia racional, logré zafarme de sus bien armados silogismos… Que la gracia está ausente del mundo, o que es muy escasa –si acaso la hubiere–, eso ya lo sabía yo de sobra, lo había experimentado en mis propias carnes y sobre todo en mi corazón; y que la contención y el estoico sometimiento de las emociones es nuestra única vía, me resultaba –y aún me resulta– una exageración de su educación y de su natural circunspecto y delicadamente adusto… Mas fue en ese momento, del modo paradójico que acontecen las cosas en este mundo, cuando, al sacudirme de encima la tierna y cansina tutela de Tiberge, casi caigo en otra añagaza aún más peligrosa… Sí, no se extrañe de esto que ahora, ya casi al final de nuestro encuentro y al borde de nuestra despedida, tan atropellada y torpemente, trato de exponerle de un modo lógico, pues es también, creo, la final conclusión de mis desventuras… En efecto, todo sucedió como por revelación un día en que viéndome desempeñar con calma rutinaria y mecánica las funciones que el Gobernador me había asignado desde nuestra llegada a la colonia, y embelesado por la aparente armonía que el trabajo de los demás imponía a mi alrededor, me descubrí necio e ignorante al extremo, pues algo me decía que no había entendido, hasta ese justo instante, lo que realmente daba sentido y aleja los peligros de Fortuna de nuestras vidas; pues si bien el Nuevo Mundo, América, era tan viejo como el Viejo, y aquel poblacho de Nueva Orleans no era sino el trasunto contrahecho de París, allí había descubierto, en ese marasmo de injusticia y desorden, y había sabido apreciar, por fin, el bien más valioso que todo hombre tiene en sí, que no es la fe, que no es la pasión amorosa, ni los puros sentimientos vividos con exaltación desbordada, como había creído hasta entonces; ni tampoco la Razón o la Sensibilidad, consideradas en abstracto; sino que lo más preciado que tenemos en nosotros es el trabajo, la inteligencia y el esfuerzo puestos al servicio de nuestra propia vida… Y con esa nueva verdad en mi interior viví las últimas semanas allí y con ella compartí mi larga travesía de vuelta a nuestra patria, sin decirle nada de ello, claro, al bueno de Tiberge… Y tanto hizo en mí esa nueva idea que, en cuanto arribamos al Havre-de-Grâce, y supe por mi hermano mayor que mi padre había muerto –en gran medida a causa de mis desventuras y de mi propio atolondramiento–, decidí primero probar fortuna allí, en el Havre, y luego allegarme al paso de Calais, en donde de nuevo el destino nos ha querido juntar, y emplearme en alguna de las dignas labores –pensaba– propias de los puertos de mar, declinando la invitación de mi hermano para reunirme con él en una de las propiedades de la familia no lejos de aquí… Pero, mirad vos, cómo son las cosas de este desdichado mundo, que sólo han bastado unas semanas deslomándome en la estiba para que, de nuevo, las vendas de mi ignorancia cayesen y me dejasen ver claro que el trabajo no es ese valor e instrumento de liberación que pensaba, que no hay dignidad ni libertad ninguna en él, sino tan solo abatimiento y agotamiento, y humillación física y moral; y que Manon no andaba tan descaminada al hacer prevalecer su propio goce a cualquier otra consideración, aun a costa de su vida… Así, pues, ayer mismo escribí de nuevo a mi hermano retractándome de mi primera intención y, en cuanto reciba contestación suya, pienso dirigirme a su encuentro y ocupar mi sitio entre los señores naturales de la tierra. Ahora sí, ya estoy seguro de haber entendido al fin la perfecta maquinaria del mundo.

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