
Adiós, Bonnie. Gracias por un hermoso recuerdo
Hace unos días, murió la cantante y compositora galesa Bonnie Tyler, «La primera dama del Rock», decían de ella; para mí era «la divina macarrilla», así la llamaba, cuando hablaba de ella con los amigos. Los más jóvenes no sabrán siquiera quién fue ni qué hizo, ni les sonará su voz quebrada y áspera; muchos mayores la habrán olvidado seguramente. No importa, otros muchos sí guardarán algún recuerdo de ella o de sus canciones y, al calor, de la noticia de su muerte en los periódicos y en los telediarios o, tal vez, por este humilde artículo que la recuerda, se habrán despertado otros muchos, en ellos, de cuando eran jóvenes y la vida se abría ante nosotros como una maravillosa posibilidad.
El mío es sencillo, pero imborrable. Su primer álbum fue de 1977, un año que empezó trágicamente para nuestro país y que terminó con la esperanza de la democracia recién nacida. De entre todas las canciones de ese primer disco, había una que me encantaba, se titulaba It’s a Heartache, con la que barrió y llegó a ser número uno en Europa y en América.
Yo estaba, entonces, en el ejército y no me llevaba muy bien con la institución armada, heredera aún de la dictadura franquista, salvo por algunos de sus miembros, entre las que se contaban los oficiales de la UMD, la Unión Militar Democrática, con uno de cuyos integrantes –el comandante Bravo– tuve el honor de compartir destino disciplinario especial, por decirlo suavemente; y más de una enjundiosa conversación, mientras lo acompañaba a sus tareas.
Era una noche de domingo, me había escapado del cuartel (lo hacía, de vez en cuando, pues, por mis actividades dentro del mismo, poco gratas a las autoridades, digámoslo, también, suavemente, era raro que pudiera salir libremente con permiso los fines de semana), así que sabía que iría directamente al calabozo, en cuanto pisara, aquella noche, el puesto de guardia; pero no me importaba gran cosa, por aquel tiempo, unas semanas antes de que decidiera cortar mis algo ‘complicadas’ relaciones con la institución armada, planteándoles a sus mandos mi objeción a seguir acompañándolos en la muy alta misión a ellos encomendada, la defensa de la patria –con la que tampoco, por cierto, un servidor tenía una especial relación afectiva, digámoslo, una vez más, suavemente–, sus celdas ya eran viejas conocidas para mí.
En resumidas cuentas, mis colegas y yo habíamos estado intentando ligar todo el fin de semana, con suerte dispar: unas jóvenes vascas muy simpáticas nos habían acompañado desde el sábado a mediodía, pero yo había elegido, justo, a la que creí más interesante, y lo era, pero resultó que era, también, la única que tenía novio, en Vitoria, creo recordar, con lo que no pasé de algún beso robado y de algunas tiernas caricias.
Tomábamos la última cerveza en un garito cerca del piso que el grupo tenía alquilado para los permisos y escapatorias, nos habíamos puesto ya, de nuevo, los uniformes: había que regresar al cuartel. Teníamos muy pocas ganas, pero no había, de momento, otro remedio. En el local, tenían una gramola, en la que echábamos unos duros y escuchábamos la música que elegíamos. Cuando todo parecía decidido, entraron tres chicas y se situaron cerca de nosotros, nada nuevo ni nada especial, nosotros ya estábamos de retirada, vestidos de caqui, y ellas lo sabían.
Habíamos pedido la cuenta y nos íbamos ya, cuando, de pronto, comenzó a sonar, desde la gramola la ronca voz de la ‘divina macarrilla’ cantando su It’s a Heartache, me di la vuelta y vi a una de las chicas, que me pareció aún más hermosa e interesante de lo que, a primera vista, me había parecido, que acaba de elegir la canción y la tarareaba para sus adentros ensimismada. No me pude resistir y decidí quedarme a escucharla, la canción, y a contemplarla, a la desconocida que la había elegido y seguía su ritmo con su cuerpo y sus labios.
«Idos, vosotros», les dije a mis compañeros; «yo me quedo…» Protestaron algo, pero, en seguida, conociéndome, sabían que, por mucho que insistieran, no iría con ellos.
Terminó la canción, me acerqué a la gramola y, sin decir nada, elegí, de nuevo, el número y la letra que le correspondía y, otra vez, comenzó a sonar, llenando el pequeño local, ya vacío de jóvenes militares, en el que solo quedábamos las tres chicas y yo, y Bonnie Tyler.
«¿También te gusta…?» Me preguntó la chica que la había elegido primero… «Sí, mucho…» Le dije, yo… «¿Tomas algo?» Le pregunté… «Una cocacola…» Me respondió… «¡Una cocacola, por favor!…» Le pedí al camarero, que me conocía y que me avisó… «¿No llegas tarde ya…?» «No te preocupes, mañana, intentaré llegar más temprano…» le contesté, pero creo que no entendió la broma, no me importó… En ese momento, no me importaba nada que no fuera la voz de Bonnie Tyler, los ojos de aquella chica, que me miraban, mientras bebía su cocacola y la magia del instante…
Luego, no ocurrió nada más… Conversé un buen rato con ella y sus amigas, hicimos bromas, elegimos otras canciones, nos despedimos con un «hasta la vista» y yo, sin las llaves del piso, me dirigí al barrio chino, donde sabía que estaban los únicos locales abiertos, pero sus ambientes nunca me habían gustado y decidí deambular por las calles estrechas, fumando los últimos cigarrillos de la cajetilla, hasta que, de madrugada, me dirigí a la cantina de la estación de ferrocarril, que sí estaría abierta y sería más soportable.
Al amanecer, como le había asegurado al camarero, llegué temprano al cuartel, el primero de todos, me atrevo a decir. Allí, me esperaba un estrecho, pero dulce catre, en una de las celdas; como ya sabía el camino, de sobra, me dirigí directamente hacia la zona de castigo, mientras el oficial de guardia rellenaba el informe con mis datos y la incidencia, ya me conocía, también, de sobra. Y, mientras me dormía encima de la manta zamorana basta y rugosa, seguía escuchando, dentro de mí, la voz de terciopelo ajado de la ‘divina macarrilla’; había merecido la pena, me decía. Tanto valió, que aún la recuerdo, a veces, como si volviera a ser, con ella y la vieja gramola, el joven soldado que decidió no regresar a su cuartel, porque tenía toda la vida por delante e iba a ser maravillosa y libre. Gracias, Bonnie.




