Las desventuras del joven Werther de Goethe

… El anciano administrador llegó sobresaltado y sacudido por la noticia. Aún tuvo tiempo de tomar en sus brazos al moribundo, empapándole el rostro con sus lágrimas. Sus hijos mayores no tardaron en acudir y arrodillarse junto a él, y besaban las manos y los labios del joven herido sobre el lecho de muerte, mostrándose arrebatados por el más agudo de los dolores. El mayor de ellos, el favorito de Werther, se colgó de su cuello y permaneció abrazado a él, con el oído pegado a los labios del moribundo, hasta que dejó de respirar. Tuvieron que retirarle a la fuerza. A mediodía Werther había finalmente expirado. El administrador y las órdenes que dio evitaron que reinase el caos y la confusión en esos momentos. Hizo enterrar a Werther durante la noche, a las once en punto, en el lugar que este había elegido. El viejo padre y sus hijos formaron el cortejo, pero Alberto no pudo hacerlo. Temían por la vida de Carlota. Unos jornaleros condujeron a Werther hasta la sepultura; no iba sacerdote alguno con ellos…

Todos querían saber, luego, qué era lo que había ducho Werther al mayor de los hijos, cuáles habían sido sus últimas palabras antes de adentrarse en los jardines de la muerte; pero el mayor de los hijos del administrador nunca fue capaz de repetirlas.

− No dijo nada, no se le entendía, eran susurros confusos e incoherentes… Les decía.

No se atrevía a repetirlas para no decepcionarles; no podía decirles que Werther, en el momento en que se encaminaba a la nada, repetía sin parar estas mismas palabras:

«Soy un ser inútil e inepto, lo he sido siempre, no he sabido siquiera pegarme un tiro en la sien… ¡Qué pedazo de gilipollas que soy!…»

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