BOGOTÁ Y CARACAS, DOS CIUDADES EN LA IMAGINACIÓN

Crónica sentida de un viaje a la ternura

Del 29 de noviembre, al 13 de diciembre de 2023

Día 1.

Es curioso cómo nos hacemos una idea de los lugares antes de conocerlos. Caracas, para mí, siempre, estuvo asociada al cine, en realidad, a algunas películas de mi infancia, en las que Caracas era el destino de los artistas y de las personas ricas que viajaban a América, y su imagen, la luminosidad subrayada por el tecnicolor, los rascacielos y sus avenidas, quedaron en mí como el símbolo de la riqueza y de la modernidad, un mundo muy distinto de la oscuridad y menesterosidad que veía a mi alrededor en aquella España de curas y falangistas.

En el caso de Bogotá, su imagen ha quedado ligada a la televisión y las noticias acerca de la violencia y los cárteles en los años noventa y principios de este siglo, así como la de Medellín, que aún no conozco, ha quedado ligada al milagro de su trasformación, mediante la cultura.

Ahora, se han sobrepuesto a estas otras imágenes: más cercanas, supongo, a la realidad; aunque la Bogotá real y la Caracas real, están aún por descubrir, no basta con visitarla, es preciso vivir en una ciudad para afirmar que se la conoce realmente.

De momento, mientras me acercaba a ellas, en el vuelo de ida, sospechaba que me sorprenderían y que dejarían en mí impresiones contradictorias y paradójicas, como te las dejan todas las ciudades del mundo; desde luego, muy distintas de esas impresiones e imágenes construidas por el cine de mi infancia o por los noticiarios de televisión. 

Lo único cierto y no sujeto a contradicción era la certeza de que, en ellas, en las dos ciudades, me encontraría con compañeros y compañeras extraordinarias. En el aeropuerto de El Dorado, Bogotá, me esperaba el primero de ellos, Edgardo Alarcón, gran amigo, poeta y académico chileno al que conocí en mi anterior viaje a Chile, en noviembre de 2022, cuya crónica está también en este blog.

Había decidido esperarme, pues él llegaba unas horas antes a El Dorado, desde Medellín, donde había pasado unos días, para tomar juntos el taxi que nos llevaría al apartamento de la Calle 65 que compartiríamos con Pablo Eguren, nieto de Julio J Casals, fundador de la revista Alfar, decisiva para la difusión de las vanguardias, a comienzos de los años veinte, del siglo pasado, en España, e hijo de la gran poeta uruguaya Selva Casals, que, junto con su hijo Rafael, habían llegado desde Montevideo, antes.

Los dos últimos días de estancia en Bogotá, los compartiríamos, también, con Ivo Maldonado, poeta y fundador del proyecto panhispánico Casa Bukowski Internacional, otro gran amigo y compañero, que arribaría, en este caso, desde Santiago de Chile, para emprender viaje, con Pablo y conmigo, a Caracas, para participar en el Sexto Encuentro Poético del Sur, donde nos esperaba Joel Linares, coordinador y organizador del mismo.

El reencuentro con Edgardo fue entrañable, así como el encuentro con Pablo y su hijo, a los que no conocía personalmente –pero sí en la distancia de las redes–, que nos estaban esperando impacientes.

Día 2.

El encuentro con Bogotá me ha dejado dos impresiones dominantes, aparte del gozo del encuentro con los amigos, una es el contraste y el otro es el deseo amable de vida que percibo por doquier.

El contraste entre riqueza y pobreza no es muy diferente del que he visto y he comprobado, que veo y que compruebo, una y otra vez, en cada viaje a lo largo de este mundo; la amabilidad de las buenas gentes del pueblo, su deseo irrefrenable de vida, es también común a la de toda la buena gente de la América que amo y conozco, en realidad, común a toda la buena gente del mundo que amo y conozco. Se percibe en las calles, en los locales que visitamos, en los mercadillos al aire libre, en los taxis, en las colas que guardamos, en los amigos nuevos que hacemos. Me siento a gusto en esta ciudad.

Día 3.

Hemos decidido subir, tras desayunar juntos y ponernos al día de nuestras respectivas vidas, amigablemente, al monasterio de Monserrate, a 3.140 metros de altura (Bogotá está a 2.900 metros sobre el nivel del mar), desde el que se divisa la ciudad entera, un mirador privilegiado y espectacular, al que hemos subido, entre bromas y risas, en el funicular. Me gusta contemplar las ciudades desde la altura, solo así las conoces y las interiorizas de verdad.

Luego, hemos resuelto acercarnos al centro y visitar el Museo del Oro, etapa y destino inevitable, si estás en la ciudad. El diseño del Museo del Oro es exquisito y eficiente: sus fondos riquísimos y extraordinarios están expuestos de un modo claro y didáctico, y todo, dentro de él, es una cura de este insoportable etnocentrismo europeo occidental que nos come las entrañas. En comparación con algunas de las culturas precolombinas, nosotros nacimos antes de ayer, como quien dice.

Además de las joyas de valor histórico y cultural incalculable que alberga, me ha impresionado su eficiente disposición explicativa y pedagógica, que culmina, en el último piso, con una sencilla exposición de telas y fotogramas pertenecientes a una más de las comunidades de pueblos originarios acosados y expulsados de sus tierras por los militares, al servicio de los terratenientes, durante la guerra sucia contra la guerrilla.

A la salida, mientras contemplo, desde la esquina, a un grupo de niños y de adolescentes, jugando y empujándose, como inocentes cervatillos, bajo las copas de los árboles en un parque cercano, me viene la constatación de otra impresión ya experimentada y expresada, otras veces: todos los niños y adolescentes del mundo son iguales, somos los adultos los que hacemos las diferencias y los obligamos a traicionarse, para convertirse en nosotros, estos redomados cabrones que somos.

La ciudad entera es como un vivero de vida misma, que me recuerda, por contraste, la muerte que habita nuestras ciudades, convertidas en parques temáticos para turistas zombies, entre zombies que se desplazan mecánicamente para asegurarse la pitanza que nos permita seguir moviéndonos un día y otro día más, hasta una muerte insulsa, sin pena ni gloria.

Esa misma tarde, tenemos programado el encuentro con La Candelaria, el barrio tradicional del centro de Bogotá, un espacio lleno, igualmente, de vida y movimiento. Nuestro anfitrión, el editor y gestor cultural Esteban Hincapié, nos ha invitado a una lectura en El Gato Gris, uno más de las decenas de locales en esta parte intacta del viejo Bogotá que ocupa una vieja mansión colonial, lleno de rincones y ambientes diferentes, en donde se combinan, a un tiempo, lecturas, música y ocio.

Allí, Edgardo Alarcón, Pablo Eguren y yo nos encontramos con otros magníficos compañeros colombianos y mexicanos, como el joven Ayran Riascos, un muchacho entusiasta, de Cali, y un gran poeta en ciernes.

La atmósfera que domina el barrio nos impacta y arrebata inmediatamente, sus vibraciones nos sacuden y cierran una intensa jornada que anunciaba otra, la siguiente, igualmente viva, pero fuera de la capital.

Día 4.

Hoy, será otro día cargado, sin duda, de nuevas experiencias; desde que, ayer, a la salida del Museo del Oro, contratamos el viaje a Zipaquirá para ver la catedral de sal, Pablo y Edgardo se muestran especialmente ilusionados, ellos, más que yo, conectan con la religiosidad que atraviesa la sociedad colombiana y que se percibe en muchos detalles de la vida cotidiana que ya han desaparecido de las ciudades europeas.

La religión, aquí, aún funciona, de un modo efectivo, como un potente motor ideológico y las élites domésticas y las agencias de información de los Estados Unidos, como la CIA, lo saben muy bien y avivan ese fuego con estudiado mimo; la proliferación de sectas evangélicas, como contrapeso y ante el repliegue de la Iglesia Católica, tras mutilarse a sí misma, deshaciéndose del último eslabón que la unía con la realidad latinoamericana, la teología de la liberación, es un buen ejemplo de ello.

Lo más interesante para mí, además de contemplar un monumento excepcional, como son las galerías de la gran mina de sal, convertidas en un gigantesco viacrucis y en una inmensa catedral a ciento ochenta metros de profundidad, es la conversación que he establecido con Julio, nuestro conductor, con cuya hija contratamos el viaje, ayer.

Julio es una voz autorizada del pueblo, un trabajador incansable, con su vehículo dispuesto para las excursiones de turistas y visitantes que su hija logra cerrar a la salida del Museo del Oro; para mí, personas como Julio representan una de las fuentes preferidas de información sobre las realidades de los países y ciudades que visito.

Y lo primero que me llama la atención, en su conversación, es cuando, al hablar de los barrios de Bogotá, utiliza la palabra estratos

¿Estratos…? Le pregunto…

Sí, la ciudad está dividida administrativamente en estratos, del uno al seis, los estratos uno son los más pobres y los estratos seis, los más ricos… Contesta…

La fiscalidad y los precios de los inmuebles están en relación con el estrato al que pertenezca el barrio o la zona en la que habites, me aclara…

Pienso, inmediatamente, en el sistema de castas de India o en el de la Europa medieval y la del Antiguo Régimen; aunque esta distribución no está muy alejada, de facto, de la de la inmensa mayoría de las ciudades del mundo, lo que me llama la atención es que en Bogotá se haya oficializado y haya tomado carta de naturaleza jurídica y administrativa la denominación del hecho, sin rodeos ni subterfugios léxicos: la jerarquización de los espacios urbanos por la clase y el poder adquisitivo. Atascados en la congestionada salida de la ciudad, entre miles de vehículos combustionando mal por la pésima calidad del combustible, por la altitud, el escaso mantenimiento y la vejez del parque móvil, considero la formidable potencia ideológica clasificadora e inmovilizadora de este hecho, que nos lleva a una realidad más cercana a la colonia que a la modernidad. Considero, también, las dificultades y la casi imposibilidad real de establecer relaciones entre jóvenes, por ejemplo, de los diferentes estratos, enclaustrados en sus correspondientes estratos de por vida.

A continuación, le pregunto por Petro y por la situación actual en Colombia. Petro, me dice, lo intenta, se enfrenta a las inercias de siglos y a las élites, a la quincena de familias que han mandado en Colombia desde el principio. Volvemos, una vez más, al cáncer que corroe los tejidos sociales, políticos y económicos de América Latina, unas élites egoístas e ineptas que parasitan sus respectivos países, en medio de una burocracia inútil y asfixiante, y, a veces, amparadas en unos discursos alucinados, como el de Milei, en estos momentos; o despegados completamente de la realidad real, en el mejor de los casos.

Un ejemplo muy a propósito de estas reflexiones que vengo haciendo para mí me lo ofrece el programa de radio que se emite, mientras regresamos a Bogotá, tras la visita a la catedral de sal y después de una copiosa y animada comida en un encantador mesón cercano a la mina. En la emisora que ha seleccionado Julio –supongo que la que habitualmente escucha, cuando conduce–, como fondo de nuestros comentarios y de nuestras observaciones acerca de lo que hemos visto esa mañana y de la incuestionable calidad de las viandas consumidas en la terraza del mesón, parlotean un par de contertulios, se supone que especialistas en la cuestión tratada; están hablando de la seguridad vial en la ciudad y lo que dicen no tiene la menor relación con la realidad real del tráfico en esta ciudad congestionada y colapsada por un tráfico imposible, con una red depauperada y al borde de la ruina física definitiva, dejada de la mano de Dios, en el abandono más completo.

Hemos tardado casi dos horas en salir de Bogotá, esta mañana, para ir a Zipaquirá, y llevamos una hora y media para entrar y llegar al centro, donde nos dejará Julio, tras el día de excursión. Los viandantes, las bicicletas y los carritos se cruzan con el tráfico motorizado, camionetas, camiones, autobuses, taxis y turismos particulares desaforados, en un solo continuo, los arcenes de seguridad no existen, son para el primero que los ocupe, los carriles y las reglas de preferencia son especies de entelequias incompatibles con la realidad material, pero estos supuestos especialistas, en la radio, hablan del tráfico y de la seguridad vial en la ciudad, como si estuvieran hablando del tema en Copenhague o en Estocolmo… Me asombra la enorme capacidad para autoengañarse de esta gente, los supuestos técnicos y especialistas, al servicio de sus élites (debe de ser la costumbre de mentir y mentirse, supongo, y los automatismos adquiridos, durante generaciones), porque no creo que nadie que los esté escuchando les haga el menor caso, y menos, si están en medio del caos circulatorio, como nosotros estamos, mientras ellos hablan tan campantes de la seguridad vial.

Y así con todo, me imagino, con la realidad económica, sanitaria, escolar, laboral y social, en general… Está claro que García Márquez, como él mismo les aclaró a los críticos alemanes, no necesitó tirar de mucha imaginación para armar su obra.

Día 5

Hoy, vamos a participar en un evento musical y poético en uno de los puntos neurálgicos de La Candelaria, sobre las terrazas de La Concordia, frente al perfil de los enormes rascacielos de la ciudad moderna. Lo más interesante, sin embargo, es que lo haremos con jóvenes poetas y músicos excepcionales que han organizado el evento, bajo la tutela de Esteban Hincapié, como René, Andrea, Sol, Camilo y Ayran, de “Conexión Latinoamericana”, un colectivo de jóvenes entusiastas que representan y anuncian, confío, el futuro de Colombia.

Con ellos, improviso una especie de improvisación, previa a todo, pues se me ocurre sobre la marcha, en la que mezclamos dos breves poemas míos combinados, ad hoc, en un solo poema…

Si tenemos el desastre ahí

delate de nosotros

por qué no lo vemos / y aun así os digo

a la esperanza se entra como se entra a la lluvia

sin darnos cuenta…

… con la música hipnótica de la guitarra de René y la flauta campesina caribeña de Sol. Una experiencia nueva (nunca antes lo había hecho) y gratificante, para mí, en un entorno increíble.

Día 6

El centro de Bogotá, alrededor de la Calle Real y una parte de la Avenida de Jiménez de Quesada, está ocupado por los tenderetes y la venta ambulante, en un gran mercadillo al aire libre. Más allá del sabor local y del ambiente típico que habitualmente se destaca en las guías turísticas, este tipo de zocos, en la ciudad que fuere, pues los he visto en muchas, siempre me ha parecido una perfecta visualización de la desigualdad, como ocurre también con la exaltada religiosidad de los pobres. Quienes se ven forzados, para sobrevivir, al trapicheo, al menudeo y a la compraventa callejera, abandonados por sus élites egoístas y por un estado inexistente, burocrático o meramente represor, alzan su vista y ponen sus esperanzas en el más allá y en la maravillosa potencia compensatoria de la religión.

Con todo, tras cambiar algunos billetes en una de las numerosas oficinas de cambio que hay en la zona, hemos cerrado unas compras muy ventajosas, por mi parte, en una tarde, he resuelto el tema de los regalos para la familia. No hay nada como el dólar o el euro en estos mercados, para qué engañarnos.

Día 7

Era hora de partir hacia Caracas, la segunda etapa del viaje, al Sexto Encuentro Poético del Sur, coordinado por Joel Linares. Nos habíamos despedido del gran Edgardo Alarcón, dentro ya de El Dorado, en el Kokorikó, uno de los locales más agradables en los que he estado dentro de un aeropuerto, con especialidades basadas en el pollo, exquisitas, y con un personal amable y diligente. Él regresaba a Chile y nosotros, Ivo Maldonado, Pablo Eguren y yo, nos dirigíamos a la capital venezolana con todos nuestros billetes y papeles en regla, o eso creíamos, hasta que nos topamos con la señorita Karen en el mostrador 22 de Wingo, la compañía con la que viajábamos.

La situación que se me planteó era sencilla y compleja a un tiempo. Como la invitación a Caracas me había llegado después de haber sacado los billetes de ida y vuelta a Bogotá, a donde había sido invitado con anterioridad, el billete de ida a Caracas, desde Bogotá, lo había tenido que sacar sin el billete de vuelta, pues el día que debía regresar a Bogotá desde Caracas, para tomar el vuelo de Regreso a Madrid, no había vuelo directo y Joel Linares y la organización del Encuentro Poético del Sur se había encargado de encontrar una alternativa en dos vuelos domésticos consecutivos, uno de Caracas a la ciudad fronteriza de San Antonio del Táchira, y otro, una vez pasada la frontera por tierra, en la ciudad contigua colombiana, Cúcuta, hasta Bogotá, pero, en se momento, no tenía aún en mis manos la muestra física de esos billetes, pues me los darían, una vez que estuviéramos en Caracas; así que, en efecto, no tenía el billete de vuelta a Colombia, desde Caracas, un requisito imprescindible para viajar, no podía demostrar que no tenía intención de quedarme en Venezuela… Yo argumentaba que tenían mi billete de vuelta desde Bogotá a Madrid, pero la supervisora, que terminó por acudir al mostrador 22, en auxilio de la señorita Karen, nos aseguró que era imposible mi viaje, a pesar de tener todo en regla, pues me faltaba el billete de vuelta desde Caracas a Bogotá, era inútil que les mostrase mi billete de regreso a Madrid y mi declaración jurada de que no me quedaría en Venezuela; solo había una solución que sacara un billete de vuelta desde Caracas a Bogotá, allí mismo, en El Dorado, algo que hice finalmente, tras una breve conversación telefónica con Joel Linares, a punto cerrar ya el embarque de nuestro vuelo. Ivo Maldonado y Pablo Eguren, no daban crédito a la situación y, en un gesto que los honra a ellos y honra la amistad y el compañerismo, estaban sinceramente dispuestos a no viajar a Caracas, si no era en mi compañía.

Sentado ya en mi asiento, rodeado de perros, en cajitas, los más pequeños, y debajo de los asientos, con sus amos, los más grandes, dóciles y tranquilos, a pesar del llanto de los bebés que iban a bordo también (nunca había visto más bebés y más perros juntos en una cabina de avión, como en ese vuelo), reflexionaba sobre la situación vivida y me di cuenta de que la señorita Karen y su supervisora no habían sido más que otras dos víctimas, conmigo, de una burocracia inútil y absurda, que las aprisionaba y que representaba esa burocracia absurda e inútil, implementada por sus élites políticas y económicas, simulando unas acciones administrativas positivas y una eficacia que no existe, completamente ilusoria, que lo que hace, en realidad, es ahogar y paralizar a los países latinoamericanos, igual que a las revoluciones fracasadas.

A continuación, ya calmado y feliz por haber superado un obstáculo que, en un momento dado, creí insuperable, me acordé de la despedida de Edgardo en el Kokorikó, de los días pasados con él, con Pablo y con su hijo Rafa, que había regresado a Uruguay, unos días antes; los cuatro en el apartamento de la calle 65, rememorando mi anterior estancia en su casa de Chile, hacía un año, su hospitalidad y el encuentro mágico con el Pacífico; y reeditando los encendidos diálogos sobre el Sujeto y la Historia, y la expresión poética de un par dialéctico concebido de distinta forma, sea desde su profundo idealismo humanista, o desde mi enfoque materialista e histórico de los fenómenos artísticos.

Tras un breve vuelo de poco más de una hora, Pablo, Ivo y yo llegamos a Caracas, contentos y expectantes, ninguno de los tres habíamos estado antes en la capital venezolana, por eso, tras instalarnos en la habitación del hotel, nos adentramos, expectantes, en las múltiples experiencias de todo nuevo encuentro con nuevos compañeros y compañeras llegados de todos los puntos de América.

Los tres simpatizamos, a priori, con la revolución bolivariana; sin embargo, ellos dos, Pablo e Ivo, que conocen mejor la realidad latinoamericana, poseen más elementos de contraste que yo, así que decido tomar en serio sus apreciaciones. Mis impresiones proceden de lecturas, desde Europa, y de conversaciones con compañeros y compañeras que han estado en la Venezuela bolivariana, sobre todo, durante el periodo de Hugo Chaves.

Los tres, no obstante, compartimos la misma mirada de limpia curiosidad ante lo que vemos y nos encontremos a lo largo de estos días. De momento, llevamos dólares, tal como nos han recomendado los compañeros de la organización.

Día 8

Joel Linares, coordinador del Sexto Encuentro Poético del Sur, nos recibe oficialmente y nos dirigimos hacia la primera de las lecturas y el encuentro (pues de eso se trata), en primer lugar, con una parte de la realidad universitaria venezolana. Será en la UBV, la Universidad Bolivariana, de carácter público, fundada por Hugo Chaves para dar la oportunidad de los estudios superiores a los hijos de los trabajadores que no podían acudir a la cercana y elitista Universidad Central de Caracas, por cuyo campus hemos paseado, mientras nos dirigíamos a la UBV.

Según parece, la fundación de la Universidad Bolivariana, además de abrir los estudios universitarios a una parte de la juventud que, de otro modo, no podría acceder a ellos, ha provocado un efecto secundario beneficioso, pues ha obligado a la Universidad Central a abrir su espectro social en la admisión de alumnos.

La lectura y recitado entre los estudiantes, en medio de una feria dedicada al intercambio de libros: “llevo uno, me llevo otro”, fue una experiencia linda e interesantísima; y, a lo largo del acto, tuve la ocasión de escuchar, interpretada por dos jóvenes estudiantes de la UBV, una de las mejores versiones de una canción de Nino Bravo que había oído nunca.

Por la tarde, tuvimos la ocasión de ir al segundo de los eventos organizados por los compañeros del Encuentro, un acto muy especial para todos, pero realmente entrañable para mí, pues fuimos al corazón del barrio de San Agustín, uno de los barrios populares, en los cerros, más densos de Caracas, justamente el barrio en el que, durante el gobierno de Chaves, se construyó el conocido Metrocable, una gigantesca red de teleféricos que conectó con el resto de la capital a una población prácticamente recluida en las alturas, cuyos habitantes gastaban horas solo en subir y bajar andando a sus faenas diarias.

Yo recordaba haber leído, en su momento, algunos artículos sobre la construcción de este teleférico y la traída del agua corriente y la electricidad, junto con dotaciones sociales, sanitarias y escolares a este extensísimo barrio, tradicionalmente abandonado a su suerte. Entonces, me pareció el ejemplo de una gobernanza diferente, la inversión millonaria en infraestructuras útiles allí donde no se las espera, en los barrios más pobres y para los pobres, como era el caso de la UBV o el sistema de Metro subterráneo, moderno y eficiente, ideado para conectar las zonas más pobres y alejadas del centro a la capital. Ejemplos de cómo, en efecto, durante el gobierno de Chaves, se intentó un modo distinto de gasto e inversión, un modo distinto de gobernanza; no me extraña que enojase tanto a las viejas élites acostumbradas a mangonear a su antojo las riquezas del país, hasta agotarlas.

Allí, en el Afinque María, de San Agustín, con la escuela de tambores del vecindario y acogidos por unos anfitriones maravillosos, los compañeros y compañeras de la asociación Guancó de Colores, luchadores incansables por la identidad del barrio, pasamos una velada inolvidable, al tiempo que íbamos conociendo mejor a nuestros compañeros de encuentro, a Melania, Yorledis, Christian, Erasmo, Natalia, Williams, Mery Yolanda, Fredy, Manuel, Chemir, Pedro… Todos, gente amable y encantadora.

En estas primeras jornadas, comprobamos cómo el uso admitido del dólar, junto con los bolívares, simplificaba, como en Colombia, las cosas de un modo sencillo y fluido, al tiempo que esta convivencia práctica ayuda a contener la hiperinflación. Y, en lo que se refiere a los impactantes contrastes sociales (basta comparar el opulento barrio de Las Mercedes con los barrios de los cerros, como el de San Agustín), son los mismos que se pueden apreciar en el resto de América, y sus motivos son idénticos y tienen que ver con el origen zángano y criollo de sus élites, que heredaron, agudizándolas, las costumbres señoriales, rentistas y extractivas de las élites coloniales españolas.

Día 9

Tras la intensa jornada inicial (de la que me quedaban rondando aún los ecos de los versos, hondos e intensos, de Mery Yolanda Sánchez), a media mañana, los participantes en el encuentro nos dividimos en varios grupos, unos fueron a encontrarse con colectivos vinculados a experiencias ecosociales, otros, a ámbitos escolares y, finalmente, el grupo del que formábamos parte Pablo Eguren y yo nos dirigimos a la sede del IAEM, el Instituto de Artes Escénicas y Musicales, en el centro de Caracas, en cuyos modernos soportales había preparado un escenario donde se estaban desarrollando diversas actividades poético musicales, a las que nos sumamos nosotros.

Allí, tuvimos la ocasión de comprobar una costumbre muy implantada en Venezuela, pues los compañeros del IAEM nos invitaron a comer en su cocina comedor, en una de las últimas plantas del rascacielos, ya que todos los centros de trabajo venezolanos deben disponer, por ley, de una cocina para que los trabajadores puedan elaborar sus platos o completarlos y calentarlos, si los llevan desde casa. La verdad es que el arroz con pollo estaba exquisito y las vistas, desde la cima del edificio, en donde se encuentran una parte de las dependencias del IAEM, inmejorables.

Por la tarde, fuimos todos juntos a uno de los numerosos espacios culturales recuperados o abiertos en los últimos años, “El Eje del Buen Vivir”, nombre evocador donde los haya para un espacio dedicado a la cultura. Un extenso jardín, con ambientes diferenciados, en el que se estaba celebrando una feria anual de artesanía y en el que se había abierto un espacio para el recital de música, a cargo del cantautor Leonel Ruiz, y de poesía, a cargo de una parte de mis compañeros (en el que, finalmente, de modo imprevisto, tuve la ocasión de participar), dedicado al pueblo palestino sufriente en Gaza, sesión a la que titulamos Ternura para Palestina, pues el lema de este sexto encuentro era “¡Abracemos la Ternura!”.

El final de la jornada tuvo lugar en un elegante local de varios ambientes y terrazas, en donde, tras la cena, entre parejas de bailarines de tangos, que animaron y realzaron, con sus elegantes coreografías, el ambiente, recitamos en cadena nuestros poemas, con una fluida sincronía, cuatro de nosotros (una experiencia nueva para mí, la verdad).

Día 10

Hoy, se presenta igualmente interesante e intensa la jornada; iremos, primero, a Los Teques, en cuya estación de Metro habrá, un ramillete escogido de buenos compañeros y compañeras esperándonos, con sencillas pancartas de bienvenida, alegría sincera y música.

Esta línea periférica es una de esas obras millonarias que representan bien, como decía, ese esfuerzo para dotar de infraestructuras útiles a los más pobres, que marcó una buena parte de la etapa de gobierno de Chaves. La jamming poética programada en el tren subterráneo resulta un completo éxito, tiene ritmo y logra captar la atención de los viajeros que nos acompañan, una compañera nos cuenta de modo dramático la historia de una heroína indígena de los tiempos de la conquista, apelando a sus dioses y mitos; y acaso, por ello, una señora mayor, con indudables ancestros originarios, pero que, me da la impresión de que no ha entendido bien lo que ha presenciado, nos grita, antes de bajarse del convoy, que la sangre de Cristo caerá sobre nosotros… La pérdida de la memoria histórica tiene siempre efectos perversos y se da en todas las latitudes, el caso de España lo conozco muy bien… Iba pensando en ello, mientras nos dirigíamos a Villa Teola… Los tiene aquí y allí, en cualquier parte en las que los pobres o las antiguas víctimas la pierden.

La actividad en Villa Teola (otro espacio cultural recuperado para la gente, este, en el centro de Los Teques), con un concierto coral navideño extraordinario, con café, dulces y bebidas tradicionales ofrecidas por las compañeras y compañeros de la asociación cultural que nos recibe, el entorno, la acogida, el programa elegido por la coral “Vox Populi”, dirigida por Laura Strubinger, su calidad y la entrega de las y los coristas, hacen, de ese momento, un momento mágico.

Tal vez por todo esto es por lo que los cerros y la periferia caraqueña siguen defendiendo, elecciones tras elecciones, el proceso bolivariano. A ver qué rumbo toma, en el futuro inmediato; si hay éxito en la mesa de negociaciones entre la parte más normalita de la oposición de derechas (una vez que se han desentendido del ala más ultraderechista, ladrona y mafiosa, de Guaidó) y el actual gobierno. Y a ver hasta cuándo resisten ellos, los habitantes de los cerros, en su constante lucha por la vida, en su menudeo y movimiento sin pausa, frente a las dificultades económicas y frente a la evidente burocratización del proceso y de las instituciones gubernamentales bolivarianas; con la euforia expectante de las viejas élites, que contemplan la decadencia del proceso iniciado por Chaves, hace más de veinte años.

Acabada la actividad en Villa Teola, subimos hasta el parque nacional en donde se encuentra la Laguneta de la Montaña. Las vistas de la sierra, desde los miradores y desde la terraza del mesón en el que vamos a comer, son espectaculares. La comida resulta sumamente agradable, como el trayecto en el autobús, acompañados por una parte de la coral que ha actuado en Villa Teola, el repertorio de canciones venezolanas, españolas y sudamericanas, en general, parece inagotable, como su alegría y sus ganas de vivir y disfrutar el momento.

Para cenar, bajamos al centro histórico de Los Teques, en donde compartimos una sesión abierta de lecturas y recitado en el Bulevar Lamas, un callejón peatonal, en donde se ubica un activo grupo de animación cultural, alrededor de una pequeña sala de teatro, que sirve de cine de barrio, también. Y, para finalizar la intensa jornada, nos fuimos a cenar a una casa colonial rescatada y restaurada por su dueño, La Casa de las Carretas, desde donde antaño salían, en carros, hacia Caracas, los famosos tequeños de queso frito.

Como comenté con algunos de los compañeros, tras la cena, el programa del encuentro me parecía de lo más valiente y acertado, pues nos había permitido un conocimiento sintético, pero transversal y bastante certero, de la realidad caraqueña, con todos sus contrastes.

Día 11

Es mi último día en Caracas; debido al incidente con el billete de vuelta a Bogotá, tengo que regresar antes de lo previsto a la capital colombiana, pero me da tiempo para acompañar al grupo en las actividades programadas para hoy, sábado, puesto que, hasta por la tarde, no he de estar en el aeropuerto, para los pertinentes controles y el embarque.

Por la mañana, paseamos por la Caracas histórica, guiados por Joel Linares, comenzando con una más que sugestiva visita a la casa natal de Simón Bolívar, que supuso para el grupo un buen ejercicio crítico de memoria histórica. El proceso de independencia, estaba claro, fue, en realidad, en las primeras décadas, al menos, un desligamiento de las élites aristocráticas coloniales respecto de los deberes con la metrópolis, convertida, esta, en una rémora ya, más que una garantía eficiente de legitimación de su poder; la liberación de la servidumbre y de la población esclava originaria o de la llevada desde África no constituía ninguna prioridad para esas élites criollas que se rebelaban contra la antigua metrópolis (la esclavitud, por ejemplo, no se prohibió hasta varias décadas después de la independencia). En este sentido, me pareció muy ilustrativa la conversación que mantuve, al calor de la visita a la mansión señorial de la familia Bolívar, con uno de los compañeros, cuyos ancestros eran naturales de uno de esos pueblos originarios preteridos por los libertadores.

Tras un paseo por la plaza Simón Bolívar y las calles más conocidas, y después de contemplar, de lejos, la famosa ceiba de Caracas, junto a la iglesia de San Francisco, nos encaminamos hacia el panteón de los personajes ilustres en la historia de Colombia, donde se encuentra el mausoleo del propio Simón Bolívar, y en donde tuvimos la oportunidad de presenciar el ritual cambio de la guardia de honor, que se realiza cada dos horas, y que me recordó la primera vez que contemplé, en enero de 1987, el cambio de la guardia en el mausoleo de Lenin, en la Plaza Roja, recién llegado a Moscú, a veinte grados bajo cero, con un helado en las manos. Es curioso cómo se activan y combinan nuestros recuerdos.

A la salida, nos hicimos algunas fotos de grupo y varias compañeras y compañeros bailaron animadamente a los sones que marcaba una pareja de músicos callejeros, que celebraban el cumpleaños de uno de ellos, a la sombra, no muy lejos del famoso samán de Andrés Bello, que tiene, dicen, unos trescientos años de antigüedad, justo en la esquina en la que se encuentra el busto que recuerda a Yasser Arafat.

De nuevo en la plaza de Simón Bolívar, decidimos, primero, comer por allí y, luego, recoger a tres compañeros que nos esperaban en el hotel, para dirigirnos juntos ya todos hacia la costa, La Guaira, en donde pernoctarían las últimas noches y realizarían las últimas actividades del Encuentro, a las que ya no podría acudir yo, pues desde La Guaira me dirigiría, en taxi, al aeropuerto, que no dista mucho de la costa, para regresar, en el vuelo de la noche, a Bogotá y pasar mis últimos tres días en la capital colombiana, en un hostal lleno de encanto, “Onde Pepe”, en pleno barrio de La Candelaria.

De camino al hotel, para recoger a los tres compañeros que no nos habían podido acompañar en el recorrido por el centro histórico de Caracas, tuvimos que pasar con el autobús, por La Hoyada, un inmenso rastro, en donde miles y miles de personas compraban, vendían, husmeaban, regateaban por toda clase de artículos, incluidos los de motivo navideño. Era, igual que todos los rastrillos del mundo (descontado el “sabor típico” que atribuye el turista a estos espacios), la viva imagen del paroxismo del menudeo y la compraventa de los pobres en su lucha por la supervivencia.

La despedida, a la puerta del hotel de La Guaira, mientras esperaba el taxi, fue, como todas las despedidas, una mezcla de sentimientos y emociones, entre la anticipada añoranza de lo que dejas y la inquietud de lo que te espera.

En el aeropuerto, pasé sin mayor novedad los cuatro controles de seguridad, hasta la puerta de embarque, a cuya vera me tomé un par de cafés, escribí algunas de estas notas y casi me quedé dormido leyendo a Onetti, del cansancio acumulado.

Día 12

Salimos hacia Bogotá a la hora prevista y llegamos a la hora señalada a Bogotá, aunque no me instalé en el hostal de Pepe hasta más allá de la media noche; no resistí la tentación de detenerme a cenar en el Kokorikó, como les he dicho, mi local preferido de entre todos los locales de todos los aeropuertos en los que he estado, y no han sido pocos (en el Marco Polo, de Venecia, encontré, hace tiempo, uno muy agradable, al menos, así lo recuerdo, pero era otra cosa, tranquilo y sofisticado…)

Así que, esa mañana, no madrugué en exceso. Y, sentado en la agradable soledad del patio estilo colonial de una encantadora pastelería, que me había recomendado Pepe, el dueño del hostal (soy un tipo con suerte, la verdad), con el rumor del agua corriente de la fontana situada en el fondo, a mi espalada, y bajo los rayos de un tibio sol invernal, único cliente, hasta el momento; contemplando cómo la simpática dependienta que me ha atendido está concentrada en sus labores, mientras la pareja de pasteleros realiza sus tareas artesanales en dos de las pequeñas salas laterales del hermoso patio de esta vieja casa, donde han abierto el negocio (que Pepe llama su “rincón francés”), pienso en el futuro de los pueblos de América y en todos los pueblos del mundo, pienso en que si a las buenas gentes de América y del mundo nos dejaran, los dejaran en paz, construiríamos, construirían un mundo, una América así de hermosa y pacífica: una hermosura, una belleza tranquila, sencilla, auténtica y plena, que no necesitaría ser explicada, tan solo vivida; una belleza tan sencilla e inocente como el nombre de esta pastelería bogotana, del barrio de La Candelaria, en donde, ahora, siento la vida correr en calma absoluta por mis venas, “Pecas y Fresas”.

Por todo esto y por más cosas, maldigo en mi interior a sus élites, viejas o nuevas, diligentes o ineptas, a esos amos del mundo y de América que impiden emerger y reinar toda esta maravillosa, sencilla y pacífica belleza; así como maldigo, en el mismo gesto, a los siervos, a los hijos del pueblo, que se someten sin resistencia, que los sirven y los ayudan a destruirla, a destruir, cuando surge, y a impedir que crezca esta sencilla belleza del mundo, de América.

Lo sé, para muchos de ustedes no es aceptable esta especie de “odio de clase” que siento. No es fácil explicarlo tampoco a algunos de mis compañeros del Encuentro, tampoco a otros muchos compañeros de otros encuentros a los que he asistido a lo largo de mi vida de escritor, que conservan una ciega esperanza en un supuesto diálogo con los amos, con la convicción de que los escucharán y se avendrán a razones, en América y en el mundo, todos, como buenos hermanos, en un acuerdo universal por el amor y la paz; espejismo propio de esa fe humanista basada en un idealismo mostrenco y acrítico, despegado de la realidad de las cosas. Me sorprende siempre y me enfurece, a partes iguales, esa fe injustificada e infantil; como si los amos de América, del mundo, tuvieran corazón, como si quisieran escucharnos.

Esa misma tarde, tuve otra experiencia igual de gozosa e ilustrativa de esa sencilla y pacífica belleza levantada sin esfuerzo por la buena gente. Esteban Hincapié, compañero y anfitrión en Bogotá, con otro amigo suyo y yo mismo, estuvimos viendo la final de la copa de Colombia, entre el Medellín y el Millonarios, sentados en el único rinconcito libre de un local de La Candelaria, de no más de seis metros cuadrados, con camareros y la eventual clientela que llegaba, incluidos, y todo por un café, para mí, y una cerveza, para cada uno de ellos…Y nadie se quejaba, nadie se molestaba. La encargada del localcito, por cierto, cambió de canal para que viéramos el partido, pues tenían la tele en otro canal, cuando llegamos y le rogamos, si era posible, que nos pusieran el canal correspondiente. Qué maravilla de barrio es La Candelaria. Qué maravilla de gente, la buena gente. Qué maravilla de mundo, de planeta Tierra, si nos dejaran, si los dejasen construirlo, cuidarlo, en paz.

Día 13

Nada más salir del hostal, me he subido a la terraza de La Concordia, a esta hora, estoy solo, con un café y un cigarrillo entre los dedos, los rascacielos del centro administrativo y financiero de Bogotá, al fondo; La Candelaria se despereza lentamente, en silencio; es, acaso, el único momento del día en que la calma y el silencio dominan este barrio bullicioso y lleno de vida, de trasiego incesante y de música. En estos momentos, creo que es uno de los lugares más agradables para vivir en los que he estado, si tienes suficientes recursos para llevar una vida sencilla y decorosa, a pesar de que el barrio mismo es una víctima más de la incuria de las autoridades y de la presión que ejercen sobre este codiciado espacio algunas bandas organizadas que, con el concurso de funcionarios corruptos, pretenden desalojar ilegalmente a los vecinos más débiles y desprotegidos (lo intentaron incluso, hace unos meses, con el hostal de Pepe, pues creyeron que, por la condición de extranjero de su dueño, este desistiría y se rendiría a su chantaje y engaño, algo que afortunadamente no lograron, tras un mes de denuncias, recursos, apoyo consular de la embajada de Chile y la definitiva actuación policial).

Es lo de siempre, pienso, mientras disfruto del panorama, del estupendo café y de la tranquilidad que me rodea; es lo de siempre: el contraste entre los que tenemos esos recursos y los que buscan, cada día, cada hora, algo que les permita sobrevivir. Conviene no olvidarlo.

A mi lado, al borde del mirador, se ha parado un hombre de mediana edad, es, por lo que parece, un pobre diligente que se queja, por teléfono, en conversación con otro pobre diligente, supongo, que se queja, digo, y desprecia a los pobres “perezosos” que no hacen nada, todo lo contrario a lo que él hace, para ganarse el pan de cada día. La pobreza, para él, como para sus amos y muchos otros pobres, es una cuestión de responsabilidad individual, no posee componentes sociales ni sistémicos… El Capital habla y se expresa, incorporado en su visión del mundo, por la boca de este pobre diligente, que se ha ganado, esta mañana, de momento, unas lucas, vendiendo botellas usadas, y que desprecia a los otros más pobres que ve tirados por las esquinas o en las aceras (dice) sin hacer nada.

Es algo lógico, pienso yo, pero, al mismo tiempo, pavoroso. Los amos pueden descansar y dormir tranquilos.

Al poco, mientras me dirijo al hostal, para prepararme de cara a la cita con Esteban Hincapié, para ir a comer juntos y pasear por la ciudad (me quiere llevar a una librería de viejos extraordinaria, me dice), me encuentro en la estrechez de la acera de la Calle 12 a un hombre aparentemente bien aseado y vestido, con un maletín en la mano, que me para para pedirme algo de dinero: debe tomar un taxi para ir al hospital, donde está su hijo, y no tiene con qué pagarlo. Me he quedado parado, en silencio, no he sabido reaccionar, me pasa en Madrid, también, a veces, acostumbrado a considerar la pobreza un hecho social, a menudo, no sé cómo reaccionar ante la pobreza individual, más aún en aquellas partes del mundo en el que la pobreza resulta un fenómeno común y generalizado.

Tras una buena sopa ajiaco, a la que me ha invitado Esteban, en uno de los puestos más populares del mercado de La Concordia, nos hemos ido a pasear por el centro de la ciudad, encaminándonos, poco a poco, hacia la librería de viejos Merlín, un auténtico océano de libros (esa es la impresión que me llevado, nada más entrar por sus puertas). Cuatro plantas de un viejo edificio del siglo XIX, calculo, rebosantes de libros, en montones y en estanterías por todas partes, salvo por los estrechos pasillos dejados para deambular por ellas; el mundo entero contenido en libros de todas las épocas y todas las materias imaginables. He adquirido una edición de 1945, en Ed. Sudamericana, de una de las obras raras de Gómez de la Serna, Nuevos retratos.

Luego, Esteban me ha llevado a ver un mercadillo de libros, pero diferente, se trataba de la pujante industria callejera de ediciones piratas de libros impresos que se desarrolla en Colombia, controlada por los cárteles y tolerado por las autoridades, claro. La visión de cientos y cientos de ediciones piratas de los grandes bestsellers actuales me provoca una impresión ambivalente: una sociedad en la que se piratean (aún) libros impresos, frente a la desazonante debilidad del estado y la fortaleza imbatible de los cárteles mafiosos en todas las esferas sociales, políticas y económicas.

Día 14

Al final, mientras tomo mi último desayuno en “Pecas y Fresas”, al acercarse el inevitable regreso a casa, me invade una extraña sensación de la desconexión que hay entre España y América, es solo una impresión, pero siento que no va muy desencaminada, España, hace tiempo, dio la espalada a América y así sigue, me temo.

Es la misma sensación de cuando presentamos en Madrid la primera antología panhispánica de poesía, Todos los dioses, de Casa Bukowski y Editorial Ultramarina, un proyecto pionero sobre la primera generación poética del siglo XXI, en nuestra lengua. Es la misma sensación de los anteriores viajes.

Esa desconexión y lejanía de la que hablo, no solo es evidente en los extendidos prejuicios xenófobos y racistas, tan comunes entre el común de la gente en España, o en los gestos histriónicos y las patochadas de fascistas como Abascal, posando con el yelmo de conquistador, o en la reacción insultante y despreciativa de los dirigentes del Partido Popular ante la condición de salvadoreño del testigo neutral en las negociaciones entre el PSOE y Junts; no es solo eso. Esa distancia y desconexión de la que hablo es aún más preocupante, porque se da también entre los sectores progresistas, ilustrados, en los espacios culturales, en general, y literarios, en particular, ajenos, por completo, o indiferentes, salvo honrosas excepciones, a la realidad latinoamericana.

Al final de este viaje, mientras contemplo el trayecto hacia el aeropuerto desde la ventanilla del taxi, mientras espero al vuelo de regreso y leo a Onetti, en concreto, una de sus últimas novelas, escrita en España, Dejemos hablar al viento, después de mis últimos paseos por Bogotá, veo una cierta lógica, sin pretenderlo, a esta elección que hice, allá, en casa, cuando la elegí como lectura para este viaje (ya que era, además, la última novela que me faltaba en la relectura que, unas semanas antes, había emprendido de las obras esenciales del gran uruguayo). En su mundo desolador y desolado, hay algo que me conecta a las impresiones más hondas que me deja este viaje: especialmente, en estos dos o tres últimos días que he pasado solo en Bogotá, allí, en el ambivalente y abigarrado mundo de La Candelaria, desolador y desolado, también, pero atravesado por un ansia de vida invencible, como los personajes y el mundo de ficción armado por Onetti en sus novelas, siempre a la busca de una grieta y un hueco en el muro por el que pasar al otro lado, donde está, se supone, el sentido de todo.

Eso es América, pienso, mientras, ya en la zona de embarque, pasados todos los controles, veo cómo la policía para a mujeres jóvenes y de mediana edad para visar sus papeles; supongo que son potenciales mulas, mujeres jóvenes y maduras que se arriesgan por sus familias, según me ha confirmado un joven agente. La mayoría prefiere que, si las pillan, las pillen en Madrid, donde se arriesgan a lo que denominan la “tarifa plana”, seis años y un día de prisión, pero en donde se sienten más seguras, pues las condiciones del encierro serán más soportables para ellas. Un caso más del triste destino de los pobres, elegir entre lo malo y lo peor.

Sin darme cuenta, junto a la puerta A10, donde esperamos la llamada de embarque, me veo rodeado –mientras tomo notas distraídamente en mi pequeño bloc y leo a Onetti– de unos cuantos representantes de esa especie de babosa común que constituye la clase media universal, en este caso, de la variedad autóctona, la babosa común bogotana; se trata de un espécimen, especialmente repulsivo, que, despreciando a su mujer, e incapaz de soportar el silencio y ese vacío que lo llena todo dentro de él, habla en voz alta por su móvil con este y con aquel, de entre sus contactos, para contarles que se va “de viaje” a Europa, que ya está en el embarque esperando, y lo hace en voz alta, bostezando, con una suerte de odiosa mala educación que me devuelve a ese “odio de clase” del que hablaba y que algunos compañeros no comprenden, pero del que no soy capaz de desprenderme.

¡Viajeros del vuelo de Air Europa a Madrid, de las nueve treinta y cinco, preparados para el embarque… Se oye por la megafonía y nos levantamos.

Tras siete horas de vuelo, al aterrizar en Barajas, de repente, me vino a la mente la única pregunta que ha quedado sin respuesta en este viaje, y que planteo, aquí, por si alguno de los lectores de esta crónica (con la paciencia suficiente para haber llegado a este punto) me puede resolver.

En las pantallitas de los asientos de Air Europa, entre las elecciones que te permiten en el apartado de “juegos”, hay uno que se denomina “2248” o algo así, no recuerdo exactamente las centenas y las decenas, pero esa, se suponía, era, centena de más o de menos, o decena de más o de menos, la cantidad que había que obtener, mediante la combinación de los números que te van saliendo en la pantalla, hasta que se agotan las posibilidades combinatorias, jugada a jugada.

A la ida, tras hacerme con las instrucciones del juego, alcancé cuatro mil y pico puntos, en esas horas de insomnio, típicas de los vuelos nocturnos trasatlánticos, pero, a la vuelta, mientras despegábamos, en Bogotá, había alcanzado, casi sin despeinarme, como quien dice, más de seis mil quinientos puntos. Mi pregunta, la que me rondaba la cabeza, mientras aterrizábamos en Madrid, que puede parecer, en apariencia, banal, pero cuyas implicaciones no son tan banales, como parece, es la siguiente: ¿Con este juego, sucede como con las películas del cine industrial y con las series de las plataformas…? Que te las venden como entretenimiento para adultos, e incluso, algunas de ellas, como productos para adultos que se creen muy refinados e inteligentes, aunque, en realidad, están pensadas para umbrales mentales de niños de diez u once años. O, dicho de otro modo, ¿los diseñadores del juego de Air Europa nos habían tratado, a mí y a los potenciales jugadores del mismo, como a unos gilipollas cualquiera, igual que hacen la industria cinematográfica y las plataformas de entretenimiento televisivo con su audiencia adulta…? ¿O es que realmente soy así de inteligente…? Qué cosas se le ocurren a uno, tras siete horas encerrado en una cabina de avión claustrofóbica, ¿verdad?

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2 comentarios en “BOGOTÁ Y CARACAS, DOS CIUDADES EN LA IMAGINACIÓN”

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