Rojo y negro de Stendhal

[al final, aparecen los ausentes, el pueblo llano…]

… Cuando Fouqué encontró en su corazón fuerzas para mirar, Matilde había colocado la cabeza de Julián sobre una mesita de mármol, y la besaba en la frente… Matilde siguió a su amante hasta la tumba que él mismo escogiera. Una legión de sacerdotes escoltaba el féretro, pero nadie sabía que en el coche enlutado que cerraba la marcha del fúnebre cortejo, iba Matilde sola y llevaba sobre sus rodillas la cabeza del hombre que había amado con tanta pasión. Llegada la comitiva a la cumbre de uno de los riscos más elevados del Jura, veinte sacerdotes entonaron el oficio de difuntos en la gruta iluminada por centenares de cirios. Todos los habitantes de los pueblos vecinos se habían unido a la comitiva, atraídos por lo insólito y majestuoso de aquella extraña ceremonia; pero la serpiente de la envidia y del rencor de siglos ya se había deslizado, una vez más, entre ellos. El curioso y resabiado cochero que la conducía había descubierto a Matilde acomodándose la cabeza de su amante en las rodillas, y se lo había dicho a un paisano suyo, de esos que seguían al cortejo; y este, sin pensárselo dos veces, se lo había ido deslizando, el secreto, al oído de todos cuantos lo rodeaban, como chiste enjundioso o broma novedosa; así que, al poco, primero, en voz baja, luego, como un molesto rumor de cuchicheos, y, finalmente, como un jolgorio escandaloso y humillante, las voces de los siervos, por fin, se alzaron.

¡Lleva la cabeza del muerto en su regazo!… Gritaban. ¡Está loca!… ¡Le ha birlado la cabeza al muerto!… ¡Le ha birlado la cabeza al muerto!…  Y las risotadas y el escarnio no paraban.

Fouqué, los veinte clérigos y las mujeres se sentían estupefactos y aterrados por el escario escandaloso y humillante, y toda la épica del momento se deshizo, igual que había sucedido con los días gloriosos del viejo Napoleón, como un azucarillo en un vaso de agua. Y todo aquel romántico asunto de la muerte y entierro de Julián quedó en un típico chascarrillo de pueblo; en que una señorona loca de Verrières le había birlado la cabeza al muerto, un seminarista crápula y arribista que había sido su amante.

Ni siquiera el reparto de miles de monedas de cinco francos al impío y descarado populacho logró aplacar sus chanzas.  

¡Vaya bribón y vaya loca!… Estos curas rijosos siempre han sido así… ¡Jajaja!… Y las carcajadas resonaban por aquellas laderas del Jura que tantos sueños incumplidos guardaban aún del pobre e infeliz Julián.

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