
[no había sido la fatalidad, sino la pobreza]
… Cuando se vendió todo, quedaron doce francos setenta y cinco céntimos que sirvieron para pagar el viaje de Bertita a casa de su abuela. La buena mujer murió el mismo año; y, como el tío Rouault estaba paralítico, fue una tía la que se encargó de la huérfana. Como era pobre la envió, para que se ganase la vida, a una fábrica de hilados.
Desde la muerte de Bovary se han sucedido tres médicos en Yonville sin poder salir adelante, hasta tal punto el señor Homais les hizo la vida imposible. Hoy tiene una clientela enorme; la autoridad le considera y la opinión pública le protege. Acaban de concederle la cruz de honor.
Así, pues, puede afirmarse, sin miedo a equivocarnos, que la fatalidad, como le había dicho, su padre, el bueno de Bovary a Rodolfo, el primer amante de su madre, cuando se lo encontró a este en la feria de Argueil, no había jugado ningún papel en todo aquello, ni en el destino trágico y adúltero de ella, ni en el suyo propio de niña abandonada. Había sido la pobreza y, en todo caso, el haber nacido mujer.
El desesperado intento de su madre por haber gozado de una vida libre y plena, tal como la había soñado y leído en sus libros, se había dado contra la realidad material de la economía y de la biología. De haber tenido recursos suficientes o de haber nacido hombre, seguramente, todo hubiese sido diferente. O no; ¿quién sabe? Lo cierto es que hubiese tenido, al menos, una posibilidad, sin que todo terminase en tragedia.
Bertita, ahora, en la fábrica, como trabajadora, tendría una oportunidad nueva, que su madre no tuvo, la del trabajo, la de la toma de conciencia exacta y material del mundo, de cuál era su situación precisa en él y de las implicaciones que la pobreza y el hecho de que fuese mujer tendrían para siempre en su vida. Y, con ello, gozaría también de algo que su madre jamás había imaginado o experimentado, pues no podía hacerlo, la experiencia de la compañía, de no estar sola, de estar rodeada de decenas, de centenares, de miles de seres iguales a ella, de seres que compartían su mismo destino: decenas, centenares, miles de mujeres trabajadoras, como ella.





Madame Bovary es uno de mis libros preferidos. Entendí perfectamente porqué Emma llora en su noche de bodas, y el porqué de sus adulterios o su mala cabeza, y entendí también al señor Homais , el farmacéutico, como miembro y exponente de la nueva burguesía camino del poder. El final es para mí desolador: la niña trabajando en la fábrica- el viejo mundo romantizado de Emma frente al nuevo mundo proletariado de su hija-. En fín, la dureza siempre de ser mujer. Tú juegas con la idea de que será más libre y activa en una futura lucha por los derechos de la mujer y los trabajadores, imaginemos que sí, que lo hizo y lo consiguió.
A las pruebas nos remitimos, compara la situación de Emma y la tuya, dos siglos después: el destino de las mujeres del pueblo, entonces, y el de las mujeres trabajadoras de hoy (en Europa, el mundo en el que está escrita la novela). Su hija y sus compañeras lo consiguieron. Un abrazo fuerte.