Evgueni Onieguin de Alexander Pushkin

[… al final, comerciante y banquero…]

Pero no bogamos mucho tiempo juntos por las orillas de las aguas euxinas; de nuevo nos separó el Destino. Onieguin, muy amargado y cansado de lo que había visto y no vivido, volvió a las orillas del Neva… Yo también abandoné Odesa y me guarecí en los viejos bosques del Trigorski, allá, en el norte, una vez más.

Pero, junto al Neva, Onieguin no buscó la compañía de Tatiana, sino la del hastío, una vez más; hasta que un día, al cumplir los veintisiete, se dijo a sí mismo: «Si hay que seguir vivos, habremos de hacer lo que todos, disimular y robar…»

Él había leído a Adam Smith y, según le habían repetido en su juventud de calavera, era un profundo economista. ¿No era así? Pues a demostrarlo…

Vendió la propiedad que le había ligado fatalmente a Tatiana y compró pieles escandinavas y paños de Holanda, sobornó a los funcionarios y jefes de sección adecuados, y se hizo un hueco en uno de los negociados más sensibles de la Gran Aduana imperial; aduló, sedujo y engañó con sus antiguas artes puestas, ahora, al servicio del lucro. ¡Son los negocios!, se decía. No importa llegar a la usura, si es preciso. He matado a mi amigo por nada, he despreciado al único ser que me ha amado por nada, qué importa si ahora asesino a mi propia alma por nada; su muerte y aniquilación no será más que una justa y necesaria reparación.

Al enterarme de su nueva y definitiva inclinación hacia el exterminio personal, recordé muchas veces nuestros momentos en común, buenos y malos. Y creo que nunca olvidaré; no, nunca olvidaré sus tiernas y queridas conversaciones; pero yo siempre seguiré soñando en medio de estos dulces prados y bosques, estos lugares solitarios en los que se conserva mi huella y en los que el viento guarda el sonido de mis cantos… Yo no venderé mi alma.

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