
Un héroe de nuestro tiempo de Lermontov
[Nada de metafísica]
Después añadió, reflexionando un instante:
- Me da lástima aquel desgraciado… ¿Qué diablos le impulsó a hablar de noche con un borracho? Por lo demás, es evidente que eso estaba escrito en su destino…
No pude sacarle nada más; en general no le gustaban las discusiones metafísicas.[1]
Máximo Maximich, en efecto, no era hombre metafísico; en realidad, ¿quién lo es?, ¿quiénes lo son, salvo los seres ociosos y egoístas como yo?, mimados por el destino; no como el pobre Vulich, atravesado por el sable de un cosaco borracho la misma noche que se había librado de volarse los sesos él mismo de milagro.
La metafísica, está claro, es un privilegio de clase, como las posesiones y el dinero, como el rango y la fuerza, o la suerte, o los honores y las condecoraciones. El hombre común, como Máximo Maximich, no piensa, solo siente, es fiel a las emociones primarias que le invaden, la ira, el odio, la fe, la camaradería, la amistad o la compasión del débil –y Pechorin recordó, en ese momento, cómo Máximo Maximich fue un padre para Bela, sin serlo realmente–; siente y actúa en consecuencia. La coherencia es un atributo de los seres comunes, no de los privilegiados. Ellos, los seres metafísicos, no se rigen por las leyes morales ni del sentimiento, la única ley que los domina es la inmediata satisfacción de su propia voluntad y capricho.
[1] Traducción de J. Romero de Tejada. Planeta 1962




