La Regenta de Leopoldo Alas “Clarín”

[¡París, la luz!…]

… y con el beso de aquel sapo se despertó y fue atrapada por una conciencia nueva e inusitada de oscuridad y nausea. Todo era hedor a sotana, a sebo quemado y a una oscuridad agria y rancia, como de vómito viejo y seco… era como un agua y un tiempo negros y estancados por siglos de parálisis y de apática podredumbre… Sí, era como un largo vómito seco de siglos que se vertía en ella y que inundaba aquel ámbito lóbrego y clausurado; y fue la exacta conciencia de ese asco retenido durante la mayor parte de su vida –ahora lo sabía bien– el que despertó en ella aquel ansia repentina e inusitada de luz y de aire fresco, de movimiento y de tránsito.

Se levantó, se limpió con el dorso de la mano las babas de aquel sapo y seguida a distancia por la mirada del propio Celedonio, salió a la nave central, se dirigió al portón de entrada, tras del cual le esperaba la luz, llegó como alma que lleva el diablo, por fin, a su casa y luego de más de una hora contemplando el viejo jardín casi abandonado desde el ventanal, un chispazo de repentina agitación la sacudió…

– ¡A París!… ¡A París!… A la luz, a la luz… ¡A París!… A la luz…

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1 comentario en “33. La Regenta de Leopoldo Alas “Clarín””

  1. Buen final hacia la esperanza, hacia la libertad de Emma Ozores, hacia la luz personificada en la ciudad de París, dejando atrás Vetusta: húmeda, fría, opresiva e hipócrita.

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