
Tormenta de verano de J. García Hortelano
… Me di la vuelta. Ernestina, con las manos en las caderas y las piernas abiertas, tensaba los hombros hacia atrás, al tiempo que, bajo sus gafas negras, miraba, inmóvil, hacia el mar.
—Pero ¿estás posando al sol?
—No la distraigas —dijo Claudette—. Son sólo diez minutos, guapa.
—Oye, que yo no protesto. ¡Leles!, dame un poco de crema por la cintura.
La arena tenía un sabor caliente, acre. Me sudaba la frente sobre el antebrazo. Con un ojo solo, veía la playa en una bruma de luz en movimiento, que se llenaba, a veces, de manchas coloreadas. Por entre las piernas de Ernestina observaba a Claudette, que, la paleta en la mano izquierda, se inclinaba sobre el cuadro, se retiraba. Luisa perseguía a Leles. Aflojé los músculos de los pies.
—¡Ya era hora, hombre! —gritó Amadeo.
Avanzaban despacio, los pantalones remangados hasta media pierna, las camisas atadas en un nudo de dos puntas sobre el ombligo, primero Juan y, unos pasos detrás, el muchacho. Con toda seguridad, la carta de Angus llegaría antes de que yo me decidiese una tarde cualquiera a ir por el pueblo. Juan movió una mano hacia la barca. Resbalé la frente y cerré los ojos. Luego, un olor rancio, como a madera podrida, me aturdió un instante. Sobre la arena flotaba un poco de polvo.
—Oye, tú, ¿le has prometido a Rufi una subida de sueldo? —dijo Dora.
—No recuerdo —me arrastré sobre el vientre hasta la sombra del toldo—. Pero súbeselo, si te lo ha pedido. Hice pasar la toalla bajo mi pecho.
—Te vas a raspar con la arena —Dora se alejó—. ¿Quién tiene el salvavidas de goma?
—Amadeo, ¿por qué no bebéis algo?
—Dame el neumático para la tía Dora.
—¿Cómo se va a llamar tu marina, Claudette? —pregunté.
—No sé a qué hora vamos a salir —Amadeo saltó desde la barca—. Enrique, vete trayendo los bidones del agua. Y que te ayude José.
—No tiene título.
—Paisaje con sirena —dijo Luisa.
Ahora que estaba, por fin, de nuevo, bajo este sol de justicia, vegetando entre los míos, apoyé los labios en el antebrazo, el sabor era amargo. Olía mi piel y su olor, me pareció, que era el del futuro, el aroma de la soledad, del estiércol y de la podredumbre; era el olor de un cadáver que ni siquiera tenía la belleza del cadáver de Margot sobre la playa, una puta, como lo era Angus, otra puta, a la que podría ver cuando quisiera en Madrid; basura, al fin, como toda la gentuza por la que había estado a punto de perderlo todo, esa gentuza a la que salíamos a apalear, antes de treinta y seis, y a la que exterminamos luego en la puñetera guerra, ¿cómo había podido perder la cabeza de ese modo? Que no se les ocurra sacar los pies del tiesto más, que se queden donde están, en sus miserables vidas; que cada uno de nosotros nos quedemos con nuestras miserables vidas, ahogándonos en este asfixiante calor para siempre, pero nosotros aquí y ellos allí, cada uno en su lado de esta mierda hedionda; ¿para qué, si no, hemos cometido tantos asesinatos?, ¿para qué, si no, hemos exaltado al Caudillo? No hay otro camino que el del poder y la riqueza, lo otro es confusión y locura. Dios, como he podido ser tan estúpido de creer que…




