Cuento de Navidad de Charles Dickens

[la compasión no cotiza en bolsa o un cuento de Navidad para tiempos poco navideños]

… Scrooge cumplió mucho más de lo prometido. Lo hizo todo y muchísimo más; superó todas las expectativas; se convirtió en un segundo padre para Tiny Tim, a quien pagó médicos y tratamientos, y que, no solo no murió, sino que se convirtió, con sus contactos, en un buenísimo empleado de banca y en un gran especulador con los precios del trigo.

Ebenezer Scrooge fue, desde ese momento, amigo de sus amigos y hombre amable y cachazudo, el mejor de los amos de toda la Isla y del viejo mundo. Algunos se reían de él, de su estrafalario cambio, pero él los dejaba reír; siempre habrá maliciosos que no comprenden. Él, en su cómodo caserón, todo remozado, bien caliente e iluminado y elegantemente decorado, disfrutaba de las ganancias de sus negocios, mientras hacía obras de caridad y mantenía el Principio de Abstinencia Total.

No volvió a ver más espíritus, ni el de Jacob Marley, su socio condenado al infierno, ni el de las Navidades ni pasadas ni presentes ni futuras. ¡Ojalá se pudiese decir eso mismo de nosotros, de todos nosotros!, ¿verdad? En fin, como había dicho el bueno de Tiny Tim… «¡Que Dios nos bendiga a todos y a cada uno de nosotros!…»

¡Sí, que el Cielo y las Navidades sean alabados!… Repetía, Scrooge, a quienes le escuchaban…

Un día, alguien de entre los que escuchaban sus alabanzas al espíritu navideño exclamó, con un tono realmente enojado…

¡Pero si hubiese algo de justicia social o si los pobres hiciésemos algo por nosotros mismos y nos levantásemos, seguro que se metían el espíritu de la Navidad por el culo!… Tampoco pasaba nada por un poco de justicia social, ¿no le parece, señor Scrooge…?

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