
San Manuel Bueno mártir, de Miguel de Unamuno
… si don Manuel y su discípulo Lázaro hubiesen confesado al pueblo su estado de creencia, éste, el pueblo, no los habría entendido. Ni los habría creído, añado yo. Habrían creído a sus obras y no a sus palabras, porque las palabras no sirven para apoyar las obras, sino que las obras se bastan. Y para un pueblo como el de Valverde de Lucerna no hay más confesión que la conducta. Ni sabe el pueblo qué cosa es fe, ni acaso le importa mucho.
Bien sé que en lo que se cuenta en este relato, si se quiere novelesco -y la novela es la más íntima historia, la más verdadera, por lo que no me explico que haya quien se indigne de que se llame novela al Evangelio, lo que es elevarlo, en realidad, sobre un cronicón cualquiera-, bien sé que en lo que se cuenta en este relato no pasa nada; mas espero que sea porque en ello todo se queda, como se quedan los lagos y las montañas y las santas almas sencillas, asentadas más allá de la fe y de la desesperación, que en ellos, en los lagos y las montañas, fuera de la historia, en divina novela, se cobijaron.
Aunque, bien pensado, todo dio lo mismo, pues, al poco, llegaron los ingleses y se instalaron, para levantar la fábrica de cerámica, en el término municipal vecino de Valverde, y una buena parte de los hombres del pueblo se fueron allí a emplearse, quien de albañil, quien de manufacturero, quien de chico de los recados; se abrieron tiendas, afluyeron gentes de otras partes, se necesitó otro colegio y se abrió un instituto público en la cabeza de partido, y los ingleses lo pagaron, trajeron maestros y medios y métodos pedagógicos modernos. Y Dios murió lenta y calladamente, entre tiendas, talleres, bares y casas de comida, y la memoria y cualquier rastro de don Manuel desapareció. Su sacrificio, finalmente, devino inútil y su gesto heroico, estéril; ahora, sí podría considerarse, de verdad, desde una óptica meramente estética y diletante, un santo mártir de lo inútil.




