Crónica del viaje al festival de poesía de M’diq/Rincón, Marruecos. Diciembre de 2024

1. Marruecos, tan cerca, tan lejos

Creemos que el turismo acerca y tiende puentes, pero, en realidad, el turismo (y más si es turismo de masas) no aporta conocimiento ninguno ni tiende ningún puente, pues el turista no es un viajero, es un ser encapsulado que, en realidad, no se desplaza, no sale nunca de su punto de partida.

Antes de despegar, pienso en este rechazo visceral que siento por el turista medio y, súbitamente, me viene la imagen del joven periodista que, recién salido de la cárcel, me hizo la entrevista para un canal online de TV del movimiento ‘20 de Febrero’, hace más de una docena de años: cuando fui a participar en otro encuentro poético, esa vez, a la misma Tetuán. ¿Qué habrá sido de él? ¿Se habrá abierto paso en el Marruecos del nuevo rey…? ¡Cómo pasa el tiempo!… ¡Y cómo permanece, de alguna forma, inalterado, también!… Extraña paradoja. Todo transcurre para permanecer tal como estaba.

Tengo ganas de llegar al pequeño aeropuerto de Tetuán, donde me esperan para llevarme a M’diq/Rincón, en la costa. Una población fundada por el ejército español, durante el protectorado, como centro de comunicaciones telegráficas con la península. Hoy, un centro turístico de primer orden en el norte de Marruecos, entre Ceuta y Tetuán, y no lejos de Tánger tampoco.

Mientras tomamos altura, me resulta curioso cómo me sigue atrayendo ese encuentro mágico con las nubes, al cabo de tantos vuelos; me gusta, especialmente, cuando el cielo está medio despejado, con agrupaciones de nubes o vellones dispersos, por acá y por allá, en el invisible océano por el que se desplaza la aeronave. Hay una cierta magia en esa aérea navegación entre los algodones de gotas de vapor de agua, a punto de convertirse en lluvia.

Tomada la altitud de navegación correcta y orientados hacia el sur, ya sobre el denso frente nuboso que hemos atravesado, tomo el libro que llevo conmigo y me pongo a leer, pero, cuando me doy cuenta, ya estamos dejando la península atrás por el gofo de Cádiz; en una hora y pico, estamos sobrevolando las inmediaciones del aeropuerto tetuaní. Y pienso, qué cerca estamos realmente… Tan cerca, sí, pero tan lejos, me digo, mientras aterrizamos.

El pequeño aeródromo es como el de las películas de los años cincuenta y sesenta, bajamos de las escalerillas a la pista, prácticamente, enfrente de la puerta de la pequeña sala en donde debemos pasar el control de pasaportes, los más rezagados tienen que esperar en la acera de la pequeña área ajardinada que la rodea.

2. El descubrimiento de M’diq/Ricón

Mohammed Arahou, responsable de la Asociación de Acción Cultural de M’diq/Rincón, que organiza el festival, junto con un amable taxista de confianza, que se llama también Mohammed, me esperan a la salida del pequeño edificio; veo que ha llovido y que están al raso; no les dejan esperar dentro, me dicen, para no impedir la salida de a los viajeros que han llegado en el vuelo desde Madrid.

En seguida, percibo una sincera amabilidad y un sincero respeto en ellos que no deseo menospreciar con algún gesto o palabra inapropiada. Hablamos en español y francés, y nos entendemos perfectamente. Nos dirigimos al hotel ‘Luna Bay’ de M’diq/Rincón, a unos catorce kilómetros de Tetuán, donde se me recibe con la misma amabilidad y respeto. La habitación es amplia, con un balcón muy agradable; está limpia, como los chorros del oro, que se decía antes, y es muy cómoda. Me instalo y me preparo para el primer paseo por el borde del mar, por la corniche, como la nombran los habitantes de M’diq/Rincón.

Cuando salgo del hotel para esta primera caminata por la corniche, se alzan las voces de los almuecines desde los altavoces de las mezquitas de la ciudad. Es una seña de identidad de las ciudades del islam que inevitablemente nos sorprende, la pervivencia de lo sagrado en el trasiego cotidiano de sus habitantes. Al escuchar sus llamadas a la oración, sabes que ese acto no es como la inauguración de las luces navideñas para nosotros o la apertura de la exposición municipal de belenes y nacimientos, en nuestras ciudades. En esa llamada, hay aún un poso de auténtica religiosidad, por más que haya detalles y datos inequívocos de que la secularización propia del mundo y de la cultura occidentales está permeando, inevitablemente, las costumbres y las conductas de una buena parte de los habitantes de esas ciudades.

Al tiempo que termina la llamada a la oración, alcanzo la enorme línea de la playa, cerca de la iglesia católica, el único edificio original que se mantiene en pie de la fundación de la ciudad por el ejército español, a principios del siglo XX, como enclave de una de las principales estaciones del telégrafo que unía al ejército ocupante con la península.

Ya, de noche, con las farolas encendidas, a lo largo de toda la línea del gran paseo, y con los cafés y los restaurantes iluminados con sus agradables colores pastel, la corniche resulta encantadora. Hay pocos paseantes, pero suficientes como para dar vida y sensación de apacible movimiento a todo el conjunto.

Termino en el café Le Moulin Bleu. Tomo un cappuccino con crema y una crepe de queso. Es la misma amabilidad que recordaba de mi primer viaje. La misma disposición a la hospitalidad. ¡Ojalá que no cambien!, me digo. Ojalá que mantengan siempre esta tranquila y dulce amabilidad… ¿La perderán, como nosotros, en parte, la hemos perdido…?

Regreso al hotel y me acuesto temprano, estoy cansado por el viaje. Me quedo dormido leyendo el libro que he elegido para este viaje, Contra la ética: por una ideología de la igualdad social, de un buen amigo y compañero, Aurelio Sainz Pezonaga.

3. El festival. Nuevos amigos y nuevas amigas

Al día siguiente, Mohammed Arahou, el actual presidente de la asociación organizadora del festival, viene a recogerme al hotel, después del desayuno, para dar un paseo por el centro de la ciudad, hasta la Casa de la Cultura, de la que es responsable, que me va mostrando, desde su salas de lectura: la infantil y la de adultos, hasta su gran salón de actos, en la segunda planta, y la enorme terraza, en la tercera planta, con vistas al mar, donde, mientras contemplamos el panorama, hablamos de las posibilidades del edificio y de sus futuro, pues, si se ampliaran su salas de lectura, le digo a Mohammed Arahou, ganaría mucho. Me contesta que esa posibilidad ya se ha considerado y que solo está a la espera de los fondos municipales necesarios.

Seguidamente, tras una serie de gestiones que le aguardan, nos dirigimos al puerto pesquero, a lo largo del gran paseo. Las labores, en el puerto, han terminado y solo quedan algunos miembros de las tripulaciones y de los almacenes, lonjas y fábricas de hielo, limpiando, colocando utensilios y dejando todo listo de cara a la próxima salida a faenar.

Llegada la hora, nos dirigimos al hotel, en donde nos esperan los demás invitados extranjeros al festival, que han ido llegando. Todos juntos ya, nos dirigimos a comer donde Afilal, increíble cocinero/poeta o poeta/cocinero, según se mire–, maestro de los pescados y maestro en hospitalidad y cordialidad.

Son los primeros encuentros y las primeras conversaciones: con Touria Majdouline, profesora y escritora procedente de Rabat, que habla correctamente español, y Mohammed Ibrahim Zakaria, que habla también un español perfecto, pues vive en Madrid, desde hace 17 años, y que ha viajado a M’diq/Rincón para encontrarse con su hermano Ahmad Zakaria, poeta –invitado al festival que ha llegado desde Turquía, en donde está casado y reside, aunque ambos son egipcios–. La suerte no me abandona, pues tanto Touria, como Ibrahim, se convierten en mis mejores enlaces para salvar la barrera del idioma, sobre todo, durante las sesiones del festival y cuando se habla en árabe en las conversaciones; pues, con Rime Al Sayed, simpática y excelente poeta siria, que ha llegado desde París, en donde vive desde hace tiempo, puedo hablar en francés y, con el hermano de Ibrahim, Ahmad, y con su esposa turca, en inglés; así como, con el resto de compañeros marroquíes, en francés y en español, depende de la situación y de los casos. Gracias, querida Touria y querido Ibrahim, por vuestra inestimable ayuda y el ofrecimiento de amistad, que cultivaremos en el futuro, sin duda.

Finalizada esta primera comida juntos, desde la el restaurante del bueno de Afilal, regresamos al hotel, para asearnos y prepararnos de cara a la inauguración del festival en el hermoso teatro municipal de la ciudad.

Tras las intervenciones protocolarias de las autoridades y de algunos miembros de la Asociación de Acción Cultural de M’diq/Rincón, como anfitriones y organizadores, me toca inaugurar el festival, lo que representa para mí un honor que agradezco. El público, que llena buena parte del patio de butacas, entre el que abundan los jóvenes, algo que me agrada en extremo, recibe cálidamente mis poemas, que han sido traducidos al árabe por uno de los grandes poetas y traductores marroquíes, Khalid Raissouni, amigo y camarada fiel.

En segundo lugar, sube al escenario Touria, una de las voces de referencia en la poesía marroquí actual. Y, a continuación, para mi sorpresa e indescriptible gozo llaman a Abdellatif Benyahya, uno de los grandes periodistas y poetas marroquíes de los últimos cuarenta o cincuenta años, y amigo íntimo, quizás su más cercano camarada, de Mohammed Chukry, al que dedicó su intervención, justamente, uno de mis ídolos literarios más preciados y por el que quise ir a Marruecos, la primera vez, a Tánger, a principios de este siglo, solo por conocerlo, tras haber quedado impactado, unos años antes, por sus novelas y relatos, especialmente, por El pan desnudo.

En el escenario y, luego, en la platea, tuve la ocasión de mostrarle mis respetos, a él, Abdellatif Benyahya, y, a través de él, a la memoria del gran Mohammed Chukry, del cual me mostró, orgulloso, una fotografía de cuando ambos eran jóvenes y los mejores amigos.

Historia aparte sería la de contar la admiración del propio Abdellatif por Jesús Quintero y cómo durante años llevó un programa semejante al del gran comunicador andaluz en las cadenas de televisión en España, pero adaptado al formato radiofónico, en una emisora de tangerina.

Y, para concluir con un auténtico broche de oro esa sesión inaugural del festival, subió al escenario una joven artista de la misma M’diq/Rincón, Lara Ouahabi, acompañada de su laúd, que, con su deliciosa voz y sensibilidad nos transportó a lo mejor de la tradición musical magrebí y del cancionero andalusí. Maravilloso colofón.

Como extraordinaria fue también la respuesta del público, tras el final del acto, entre los que había, como ya he dicho, muchos jóvenes, solicitando amablemente el intercambio de algunas palabras e impresiones, junto con el posado para alguna fotografía de recuerdo.

En medio de todo, me di cuenta de que uno de esos jóvenes asistentes a la sesión esperaba pacientemente la oportunidad de abordarme, así que, cuando quedé libre, me dirigí a él para romper el hielo y su aparente timidez; me saludó respetuosamente y me pidió si podíamos hablar en inglés, pues se encontraba más a gusto en ese idioma, que en español o francés; le dije que sin problemas y tras unas breves palabras de cortesía me contó que había empezado a escribir recientemente y que si podía darle algún consejo al respecto.

Le agradecí su confianza y le di tres consejos: uno, que leyera todo lo que pudiese, de las tradiciones árabe y occidental, que eran las que sustentarían, de modo lógico, su poesía, sus escritos y su pensamiento, pues quien no lee y no conoce el pasado y su presente, no puede escribir con un mínimo de sentido; dos, que contrastase aquello que leyera con su propia experiencia personal, mediante la introspección y la atenta observación del mundo que lo rodeaba, y, tres, que, con su poesía  y sus escritos, tratara de responder a todo ello con verdad, pues la sinceridad emocional y la honestidad ideológica son los mejores cimientos de toda buena literatura y auténtica poesía; que huyera siempre de la impostura y, si podía, de las modas impuestas por el mercado. Asintió y nos despedimos; no recuerdo su nombre, en medio del barullo y de las prisas –me urgían para llegar al tentempié preparado para el público asistente y los invitados al festival, y las autoridades me querían saludar–, no pude apuntarlo en mi libretita de viaje; pero espero, un día, coincidir con él, ya convertido en un relevante escritor marroquí, y recordar esa breve conversación.

Durante el piscolabis que siguió a la inauguración, tuve la ocasión de conocer también a otra persona entrañable, profesor en el instituto español de Tánger, Mohammed Zouak, amable y cercano, como todas las personas con las que me había ido encontrando en esos primeros días de estancia en M’diq/Rincón.

El día siguiente, nos trajo una experiencia nueva y original, la organización del festival nos había preparado, a los invitados, una breve singladura en yate, hasta el Cabo Negro, tras la cual, Nadia, la patrona de la embarcación, y una maravillosa anfitriona, nos ofreció un magnífico desayuno, ya atracados en la marina del pequeño puerto deportivo, entre música, canciones y una alegre camaradería.

Esa misma mañana, antes de comer, tras la excursión en barco por la costa, conocí, por fin, al antiguo alcalde de M’diq/Rincón, Mohammed Oulad, uno de los fundadores de la Asociación de Acción Cultural de la ciudad y la persona que ideó y, durante cuyos dos mandatos, se construyó el magnífico paseo marítimo, la corniche, sobre lo que fueron los antiguos cuarteles españoles que dieron origen a la ciudad actual; y la persona con la que yo había estado en contacto telefónico y con quien había estado preparando el viaje.

Con él, tuve la oportunidad de charlar, en el local, precisamente, de una familia española originaria de M’diq/Rincón, acerca del origen de la ciudad y del proyecto de la futura ampliación de la Casa de la Cultura y de la biblioteca municipal.

Mohammed Oulad, como Nadia, la patrona y pequeña empresaria, con su yate, o el gran Afilal, con su restaurante, o como la joven Lara, con su arte musical y su voz, y sus ganas de triunfar, dentro y fuera de Marruecos, o como Mohammed Arahou, el actual presidente de la asociación y responsable de la casa de la cultura, o como el bueno de Aachir Ismail (el ‘camarada’ Ismail, que es lo que significa), o como el joven Mououya Aatif, incansables miembros de la organización del festival, y como el resto de las personas que iba conociendo, todos me parecían los representantes de lo mejor de ese nuevo Marruecos que se puede ver, que está naciendo y que se está levantando, desde su pasado, hacia el futuro.

La comida, también donde el gran Afilal, con su Kufiya, su pañuelo palestino, siempre echado sobre los hombros, fue, como la primera, estupenda y abundante; en ella, una vez más, Touria e Ibrahim, con el español y su atentísima amabilidad, son el eslabón que me une a las conversaciones, en árabe, de los comensales, que muestran una paciente comprensión.

La segunda sesión del festival, por la tarde, en el teatro, nos trae la intervención de nuevos compañeros y compañeras, entre las que se encuentra la de la joven poeta marroquí Sara Benhorra, una potentísima voz poética que responde a la realidad de su país y de su tiempo desde la perspectiva de una mujer joven musulmana abierta al mundo y sus conflictos. Y, al final, un nuevo broche de oro, con la actuación de la joven cantante y laudista Lara Ouahabi, con otra exhibición de los registros tradicionales magrebíes y andalusíes, que nos llevan a las raíces mismas de la canción europea occidental, cuyas fuentes no pueden ser desgajadas de la moaxaja árabe andalusí, con sus conocidos estribillos o jarchas.

En la recitación del resto de los compañeros marroquíes y árabes, en general, percibo la completa actualidad de la Qasida, uno de los patrones poéticos más antiguos de la poesía arábiga, tan cercano, en su concepto, a los romances líricos ibéricos, con toda su carga de pérdida y nostalgia que portan.

La cena en la casa de Afilal, viene cargada de sorpresas, además de platos exquisitos. El homenaje que nos hacen los compañeros a algunos de nosotros, a Abdellatif, a Touria, a Rime, a Ahmad y a mí mismo, con nuestros retratos enmarcados, al carboncillo, con las hermosas palabras que los acompañan, el abrazo mío con Afilal, su libro de poemas, que me regala en signo de amistad (espero, le digo, a Afilal, que Khalid Raissouni, amigo de ambos, por quien, al cabo, estoy allí, me lo traduzca un día), todo es entrañable y emocionante en esa cena de despedida.

A las puertas del hotel ‘Luna Bay’, me despedido de todos; debo partir temprano, al día siguiente, y ya no los veré. Nos emplazamos para nuevos encuentros y a no perdernos la pista (y estoy seguro de que así será).

A la mañana siguiente, los dos Mohammed que me recibieron, Mohammed Arahou y el compañero taxista del primer día, me esperan para conducirme al aeropuerto; no dejo de pensar en su sentido de la hospitalidad y en su franca y amable disposición, en la que no hay rastro alguno de impostura. Espero, me digo a mí mismo, una vez más, que nunca la pierdan, que nunca se desprendan de esa humana calidez, a pesar del progreso material que se nota ya y el que se ve venir; espero que nunca deseen ser completamente nosotros.

4. En todos los viajes, una lectura.

Tras pasar por el expediente del embarque y los controles correspondientes en el humilde aeropuerto tetuaní, que me recuerda el de las películas de los años sesenta o cincuenta, ya sentado y tranquilo, en una de sus pequeñas salas de espera, vuelvo a la lectura del breve ensayo de Aurelio Sainz Pezonaga, Contra la ética, por una ideología de la igualdad social, publicado en la colección “Contratiempos” de Debate, allá por 2002; colección que heredaríamos mis compañeros y yo, en Tierradenadie Ediciones, un gratificante proyecto editorial, materialista y crítico, del que el propio Aurelio también formaba parte, con otros magníficos compañeros y compañeras.

Su relectura, más de veinte años después y en el contexto de este viaje, ha resultado paradójica, a la vez que esclarecedora, pues el contraste que se manifiesta físicamente en el paso del estrecho, es la mostración práctica del contraste entre ideologías dominantes diversas aparentemente: volcada, una, hacia una consideración secularizada del mundo y, otra, hacia una consideración sagrada del mismo, pero vinculadas ambas, finalmente, por la ‘obediencia’, en el sentido que utiliza este término Aurelio, y a la “sumisión práctica” a unos principios ‘éticos’ que nos incluyen en un grupo determinado y nos dotan de una supuesta identidad fundamentada en la desigualdad.

Ellos tienen su Dios y su Rey, nosotros tenemos nuestro Dios y nuestro Rey, ellos tienen su democracia formal, nosotros tenemos nuestra democracia formal, ellos tienen su élites, nosotros tenemos nuestras élites, que, al final, son la misma élite, cuyo poder deviene del mismo constructo ideológico básico, el capitalismo, esto es, el dominio absoluto del capital sobre lo humano, de la mercancía sobre la vida, que nos da un mundo, allí y aquí, a un lado y a otro del estrecho, basado en la desigualdad, al fin, el mismo mundo, con los mismos amos, a los que los ‘desiguales’ (nosotros), queramos o no, obedecemos de mismo modo.

Solo un detalle, quizás, nos diferencia aún, la calidez y el respeto en las relaciones horizontales entre los ‘desiguales’, que ellos aún mantienen y nosotros, en general, hemos perdido.

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