
Un festival impar e improbable en el valle de Colchagua
12 de abril de 2026
… Y, tras dejar atrás los grandes cordones de los Andes, sus cumbres más altas, con sus circos y sus glaciares en declive, pero aún resistentes, y, al fondo, el Aconcagua; casi a la hora del almuerzo, nos avisan de que vamos a aterrizar en Santiago, donde comenzará la segunda etapa de este viaje, cuya primera etapa ha sido Buenos Aires.
Los trámites aeroportuarios no son demasiados engorrosos, esta vez, y el taxi nos lleva a los apartamentos de la calle Serrano, en el centro de Santiago; y, una vez instalados, Paula y yo nos damos el primer paseo por el mercadillo de artesanía que ocupa los fines de semana, desde hace unos meses, las calles traseras de París y Londres.
El mercadillo está animadísimo a esas horas de la mañana, hemos curioseado por los puestos y nos hemos tomado, después de almorzar por la zona, una copa de vino y un café en la terraza del bistró de la calle Londres.
Por la tarde, tras descansar un poco, hemos bajado a tomar otro café y a esperar a Claribel Miranda, buena amiga santiaguina y escritora, también, a la que he traído desde España un ejemplar de El profeta, un bestseller que, parece ser, está arrasando por las redes: me da la impresión de que se trata de la enésima fantasía sobre Cristo, que ella me había pedio que le trajera, pues, en Chile, aún tardará en ser publicado.
El encuentro ha sido cálido y cariñoso, como no podía ser de otra forma; nos hemos puesto al día rápidamente acerca de nuestras vidas, desde que nos vimos, justo hace un año, y le he preguntado y hemos comentado el estado en el que está la idea inicial de convertir su última novelita en guion para una posible serie televisiva.
Luego, hemos dado una vuelta por el mercadillo, de nuevo, repleto de jóvenes coreando las canciones de Candelabro, uno de los grupos del rock chileno actual más activos, que ocupaban el pequeño escenario localizado en la intersección de las dos calles. Finalmente, nos hemos despedido deseándonos lo mejor. Ha sido un encuentro muy agradable. Paula y yo hemos terminando cenando en un McDonald (jaja), pues todos los demás locales de la zona (es domingo, por la noche) estaban cerrados o iban a cerrar. No había otro remedio. Ya ni recordaba la última vez que había estado en un McDonald. Bueno, una experiencia más (jaja).
13 de abril de 2026
Me encanta contemplar el amanecer en las ciudades –lo he dejado escrito, más de una vez–, es como si el mundo estuviera por estrenar, nuevo, limpio, inocente; y, desde esta duodécima planta en la que se encuentra situada el apartamento, la vista de ese instante resulta magnífica, con los rascacielos y los Andes –en realidad, la precordillera–, a lo lejos, entre la bruma de la mañana.

A las diez y media, partiremos hacia la sede de la universidad de Talca en Santiago, en donde celebraremos la inauguración del IV Festival Internacional de Poesía del valle de Colchagua, al que hemos acudido Paula y yo.
Antes, hemos desayunado en una cafetería recientemente abierta, enfrente del edificio de los apartamentos, Charlotte, en donde he conocido a Amalina, compañera cubana que vive en Guayaquil desde hace dieciséis años, que participa, también, en el festival y que nos acompañará a Paula y a mí a la sede de la inauguración, que, finalmente, resulta una ceremonia sencilla, en la que Pablo Mackenna recita sus versos y la organización nos entrega una medalla de reconocimiento a alguno de nosotros.

Del resto de la jornada, destaco los encuentros y las conversaciones con Juan Cameron, con Gustavo Gac Artigas, al que deseaba conocer personalmente, desde hace tiempo, con el antropólogo y poeta de la Amazonia peruana, Kriztian Valente, con el fotógrafo de origen cubano Rúber Soria, al que conocí hace dos años, o el breve encuentro con Theodro Elssaca. También, recuerdo con agrado el aperitivo en el pequeño café vegano, regentado por una joven pareja, no muy lejos de la sede de la universidad, antes de tomar el autocar que nos llevaría a Santa Cruz, la capital del valle de Colchagua, en donde tendrán lugar las distintas sesiones del festival.

Una vez instalados en La Casa Suiza, el hostal en el que nos alojamos una parte de los participantes, tras la cena, antes de retirarme a mi habitación, el final de la jornada no ha podido ser más agradable, Ivo Maldonado, amigo y director de festival, Alan Muñoz, psicólogo y poeta de Talcahuano, al que conocí el año pasado, Kriztian Valente y Rúber Soria nos hemos tomado unas copas y hemos compartido tranquila conversación y confidencias, hasta que el cansancio y el sueño nos ha vencido.
14 de abril de 2026
El desayuno en La Casa Suiza, entre bromas y risas, reafirma el agradable clima que prevaleció, y con el que terminó, la pasada jornada. Concluido y preparados ya todos para la primera jornada efectiva del festival, nos dirigimos al campus de la Universidad de Talca en Santa Cruz, en el centro del valle de Colchagua, el epicentro del cultivo de la vid en la región de O’Higgins.

La primera intervención corre a cargo de los compañeros Jorge y Fidel, que han llegado desde Chillán, para hablarnos de la figura y de la obra del gran poeta chileno, galardonado con el Premio Cervantes en 2004, Gonzalo Rojas. A continuación, Kriztian Valente nos introducen en las mitologías y cosmogonías amazónicas; luego, la sesión continúa, con sus versos, bajo la espléndida carpa que los organizadores han instalado entre las hileras de los viñedos, donde los alumnos del campus realizan sus prácticas, el poeta y buen amigo Juan Cameron; para finalizar esta primera sesión, nos toca, a Ivo Maldonado, director del festival, y a un servidor, moderar un animado coloquio sobre los mecanismos de control y hegemonía del campo literario, a través de los festivales, del mercado editorial y las academias, junto con el propio Juan Cameron y Gustavo Gac Artigas: un lujo de presencia e invitado especial del festival (que llevaba 53 años sin recitar sus versos en su país, hasta que finalmente lo ha logrado en este viaje de vuelta, desde New Jersey, en donde se instaló, tras su periplo europeo en el exilio, junto con su esposa, la intelectual y poeta puertorriqueña Priscilla Gac Artigas).
Durante la conversación, Osvaldo Burgos, poeta llegado desde Rosario, Argentina, concluye con una afirmación que cierra y concluye lo conversado: solo el deseo de la escritura logra compensar y vencer la decepción y el desencanto provocado por aquellos que usan sus posiciones de poder, en festivales, editoriales y academias, para hegemonizar y controlar nuestro campo.

Durante el almuerzo, hacemos la primera cata de vinos. Y, hablando, durante su transcurso con Jorge y Fidel, de la Casa Museo Gonzalo Rojas, de Chillán, me ofrecen visitarla, en la primera ocasión propicia, y presentar en ella mi propia obra poética.
Por la tarde, nos desplazamos a la Isla de Yaquil, a una de las cuatro viñas patrimoniales que quedan en el valle de Colchagua, llamada La Herencia, propiedad de la familia Parraguez, que la regenta desde hace 150 años, que seguramente tiene un origen en el Rosellón catalán.
Allí, hemos pasado una tarde y una noche sumamente agradable, con cata de sus vinos artesanales, degustación de higos pasos sabrosísimos, un excelente queso, trufado todo con buena música y cantos, antes y durante el lanzamiento y presentación del libro de Paula Winkler, Un giro a la sensatez, editado por Casa Bukowski, mediante una conversación acerca de los elementos centrales de su contenido entre su autora y un servidor. La sensatez, siempre, y más en los tiempos que corren, ha estado ligada a la capacidad hermeneútica de los sujetos, esto es, a su decisión de sobrepasar el modo dogmático de conocimiento, mediante un modo interpretativo y crítico que reconozca los límites impuestos por los hechos que conforman lo real.

En fin, una presentación muy especial, en una sesión vespertina del festival muy especial, celebrada en un ámbito muy especial, ante un público muy especial, también; y, al caer la noche, bajo los cielos y las estrellas australes, tan distintas a las nuestras, culminadas por la Cruz del Sur, cuya contemplación marca siempre, para mí, un hito en mis viajes al hemisferio sur. Una experiencia, en soledad apartad y silencio, que siempre busco y agradezco.
15 de abril de 2026
Ha llegado la jornada dedicada a la visita a los colegios de las ciudades y pueblos del valle, en este caso, de Santa Cruz; junto con las lecturas y recitados en el salón de actos del consistorio santacruceño.
A mí me ha tocado ir, esta vez, a dos centros: el instituto politécnico y el colegio Ewelyn, al que ya había visitado en la anterior edición del festival. El grupo con el que me ha tocado estaba constituido por Jaun Cameron (Chile), Yume (México), Amalina (Cuba/Ecuador) y Juan Pablo Leppe (Chile). La experiencia no nos ha defraudado; para ellos, ha constituido un inolvidable descubrimiento. En el Ewelyn, me he encontrado, de nuevo, con Pablo y Cristóbal, el primero estaba leyendo, esta vez, a Foster Wallace, y Cristóbal había terminado el libro que había comenzado el pasado año y del que estuvimos hablando entonces.

La experiencia con ellos resulta siempre maravillosa. En el instituto politécnico, los chicos nos recibieron con idéntico entusiasmo, a pesar de nuestro retraso, y compartimos con ellos sus inquietudes y curiosidades acerca del mundo de la escritura y del oficio de escritor, contestando a sus preguntas, agudas y muy bien tiradas, detrás de las cuales se transparentaban los lógicos miedos, dudas y deseos escondidos propios de su edad, sobre todo, entre los adolescentes más animosos e inquietos.
Quienes afirman que la juventud está perdida, que si esto o lo otro, en fin, los mil tópicos que, a derecha e izquierda, se repiten sobre los jóvenes actuales, es que no se han preocupado realmente de escucharlos con atención y respeto, comprendiendo y acompañando esos temores y esas ansiedades y deseos tan lógicos, a su edad, en un mundo tan complejo y hostil, a menudo, como este.
Ya, de vuelta, en el salón de actos municipal, nos incorporamos a la sesión de lecturas y recitados que se iban entreverando con actuaciones musicales, la cata de vinos artesanales de otro viñedo familiar presente en el acto y la actuación de los niños de la escuela rural de Chépica, encantadores, como siempre, con sus trajes tradicionales y sombreros huasos, de origen indudablemente cordobés, de los chicos.
Tras la clausura, nos desplazamos al campus de la universidad de Talca, donde cenamos y comenzaron las primeras despedidas y el recuento de las experiencias vividas, que tuvieron una agradabilísima prórroga en La Casa Suiza, con un grupo nutrido de compañeros y compañeras del festival que no deseábamos dar por concluida aún nuestra convivencia de esos días.
Alan Muñoz nos compartió, con su magnífica voz, la versión personal de un hermoso tango, mientras los grandes Gustavo Gac Artigas y Juan Cameron, con sus respectivas dilatadas experiencias, con sabio humor y ponderado juicio (jaja) nos regalaron sus versos y algunas anécdotas enjundiosas de sus vidas; por mi parte añadí una jocosa lectura del poema “Amor mío esta noche háblame bien de Stalin”, compuesto, hace unos años, al alimón, con otro amigo (fatalmente, ya desaparecido).

Patricia, la esposa de Gustavo, Osvaldo Burgos, el propio Ivo Maldonado que, como director del festival no había podido intervenir como el excelente poeta que es, la colombiana Olga Bula y la joven Rocío, con su capacidad performativa, enriquecieron, hasta bien entrada la media noche, la agradable velada con la que concluían estos días magníficos de un festival único e improbable, celebrado en medio de un valle, entre viñedos y frutales, en el corazón del país más excéntrico del hemisferio occidental, el sur del sur del mundo, alejado de todos los centros de poder artístico y literario, que atrae y concentra a decenas de escritores de todas las latitudes y de todas las tierras panhispánicas.
En fin, otro día intenso, repleto de amistad, aprendizaje, imágenes y experiencias inolvidables.
16 de abril de 2026
A pesar de haber trasnochado, me he levantado el primero de todos, me he duchado y he salido, mientras el resto dormía o estaba despertando, a desayunar fuera; mi intención era ir hacia la cercana ‘plaza de armas’ para tomarme un café tranquilamente, antes de las últimas despedidas, los últimos chistes; antes de ponernos a cerrar los equipajes, antes de visitar el museo de la ciudad, dedicado a la historia de América del Sur, increíblemente dotado con las colecciones personales del mecenas y magnate del valle, y antes de dirigirnos al terminal de autobuses para tomar el que nos devolverá a la capital, a Santiago.
Sin embargo, casi enfrente de La Casa Suiza, un poco más arriba del local del año pasado, el de la esquina, frente al puentecito del canal, que, por lo que veo, han cerrado, me encuentro de bruces con otro pequeño local, recién abierto –lleva funcionando un par de meses, me dicen–, que está regentado por una madre y su hijo, cuyos productos son genuinamente caseros. No es muy grande y las mesas están dispuestas a lo largo de las vidrieras que dan a la calle y un par de ellas al fondo del mismo en un pequeño recodo; estoy solo, dentro, y me instalo en una de las dos mesas del fondo, y me dejo aconsejar sobre sus sabrosas y dulces especialidades: elijo, por fin, una porción de milhojas.; la atención es exquisita y amable.
Al cabo de unos minutos, entran otra madre con su hijo, que viene del ambulatorio cercano. Tomo mi delicioso desayuno y tomo estas notas en el cuaderno del viaje; antes de pagar la cuenta, el hijo de la señora me regala una guañaca casera (un tipo de galleta de alfajor) que ha elaborado su abuela, me dice, y que se la llevo a los colegas que están terminando de desayunar, aún, en La Casa Suiza. Ha sido una media hora que ha hecho honor al bienestar general que se siente en este festival.
La otra cafetería, frente al puentecito sobre el canal, ha quebrado, me aclara, cuando le comento la sorpresa al ver cerrado el local, a donde había ido un par de veces el pasado año. Espero que ellos, madre e hijo, tengan más suerte, se la merecen.
A las 11:00h, tenemos la cita en el museo de la ciudad, que expone la colección particular del mecenas millonario Cardoen, espectacular, sobre todo, si se tiene en cuenta que se trata de una colección particular y que se ubica en un entorno rural.
A la salida, un grupo nos vamos a comer al patio interior uno de los restaurantes de la plaza; son las despedidas definitivas y Amalina y yo tomamos un taxi que nos deja en el terminal de autobuses, donde tomamos uno a Santiago, allí, en los apartamentos de la calle Serrano, pernoctaremos, para tomar juntos otro taxi, por la mañana temprano que nos lleve al aeropuerto, desde donde embarcaremos en nuestros respectivos vuelos hacia nuestras casas.

17 de abril de 2026
Amalina y Andrés, el encargado de los apartamentos, me han convencido de que tomemos el taxi a las seis y media de la mañana, en vez de a las siete, como tenía previsto, en un principio; tiene miedo de que no lleguemos a tiempo al aeropuerto. Hay que estar tres horas antes de la hora fijada para la salida de los vuelos, me dicen. Yo siempre suelo estar dos horas antes, incluso en los vuelos trasatlánticos, y nunca he tenido ningún problema, pero, en realidad, no me importa dar tranquilidad a Amalina, cuya experiencia ha sido distinta, por lo que parece, así que pedimos el taxi para las seis y media, que está en punto para recogernos y que nos lleva al aeropuerto sin problema ninguno, a es ahora aún los tacos o embotellamientos no han llegado a su apogeo.
Amalina y yo nos despedimos, por fin, definitivamente, en el vestíbulo, vamos en direcciones opuestas, dado que nuestras compañías y destinos son distintos. Nos queda una larga espera y aún más largas travesías hacia casa, ella, hasta Guayaquil, y yo, hasta Madrid.
Mientras experto en el embarque, considero esa prisa que nos entra por llegar con tanta antelación a los aeropuertos y creo que es la misma ansiedad que padece el náufrago, cuando divisa tierra a lo lejos: al iniciar o concluir un viaje nos sentimos como náufragos y el embarque es como la isla que tenemos a la vista y la hora de salida, el trayecto en taxi, el control de billetes y de pasaportes son como las olas y las corrientes para el náufrago, aquello que le separa de la seguridad de la isla y de tierra firme.
Sin embargo, esa ansiedad por llegar a la seguridad de la zona de embarque, luego, dentro de la cabina del avión, esa seguridad les importa un pepino: el capitán de la aeronave y la tripulación llevan media hora avisando de que estamos atravesando una zona de turbulencias (que se sienten perfectamente, pues nos tambaleamos en nuestros asientos) y que, por favor, permanezcamos sentados y con el cinturón abrochado, pero a una parte de los viajeros les da completamente igual, se levantan, se pasean, van dando tumbos por los estrechos pasillos, molestando a los demás pasajeros y poniéndose, ellos mismos, en peligro, como si oyeran llover, y eso que repiten el mensaje en español e inglés, cada treinta segundos.
Los miro, contemplo a esos pasajeros a los que se la refanfinfla lo que les están diciendo y veo que, en efecto, son los más tontos, los que tampoco saben leer ni escuchar el mundo a su alrededor, los que, con su egoísmo, torpeza e ignorancia, nos joden a los demás.
Aunque, si se piensa bien, son estos los pasajeros adecuados para estas inmundas aeronaves, semejantes a camiones de ganado, en los que nos amontonan y embuten entre basura y malos olores.
En fin, a las cuatro y media de la madrugada, del día 18, aterrizamos en Madrid, han sido casi trece horas agotadoras.
El taxista que me lleva a casa está tan despistado acerca de la realidad, como el de Santiago de Chile o el de Buenos Aires, como casi todos los taxistas del mundo.
Por lo que veo, todo sigue igual, el mundo raramente cambia y, como asegura Paula Winkler, por lo general, descansa sobre los más incapaces para leer e interpretar la realidad; precisamos un giro a la sensatez, en efecto, y la poesía y los encuentros con los amigos y los compañeros del otro lado del Atlántico pueden ser dos formas, como otras cualquiera, de comenzar ese giro.
Mientras concluyo estas notas, amanece en Alcalá de Henares, la patria de Cervantes y mi casa. Me esperan un montón de compromisos y de proyectos y de viajes por la península pendientes, quizás, pienso, debería haberme quedado por allí, a la sombra de los Andes, un poquito más (jaja).
EPÍLOGO
19 de abril de 2026
Es domingo, por la mañana, el equipaje está desecho y todo colocado en su correspondiente espacio, dentro de los armarios, la Tierra se desplaza a su velocidad de crucero habitual por el espacio –casi puedo sentirla surcar, veloz, pero apaciblemente, el vacío–, el silencio y la calma impregnan la atmósfera del apartamento, la luz entra por los amplios ventanales, me estoy recuperando del jet-lag con un frugal desayuno y unos buenos cafés de mezcla.
Con el tercer café, decido encender, por fin, el ordenador, a ver qué me depara la bandeja de entrada; antes, sin embargo, me pongo a trastear por la prensa digital española e internacional que habitualmente consulto. Un titular me alcanza como un puñetazo en la mandíbula: “Carne de burro en Argentina”. Virgen del amor hermoso, me digo… La vida y las cosas de la vida son lógicas, en la Argentina de Milei, tenía que llegar este momento, es lógico. Y ha llegado.
Para remachar el clavo de la desolación, Paula Winkler me escribe un WhatsApp comunicándome que han cerrado La Veneciana. El futuro de Argentina está en juego.
Apenado, decido contestar a la petición que nos hizo Raquel Zarazaga, hace unas semanas, que diferí hasta mi regreso a casa, pues la convocatoria me llegó cuando estaba recién aterrizado en Buenos Aires. Nos ha pedido, a algunos amigos y amigas artistas, que le enviemos una palabra, la que consideremos crucial y oportuna, para un proyecto multimedia poético, que la escribamos, la pintemos o la garabateemos en cualquier superficie, la fotografiemos, junto con nuestro nombre y la ciudad desde la que se la enviamos, y se la remitamos. Yo no lo pienso mucho y, en el mismo cuaderno del viaje, en una de las páginas, al final de estas notas, escribo: CLASE. Matías. Alcalá de H. La fotografío y se la envío.
20 de abril de 2026
UNA NOTA PARA LA ESPERANZA

Cuando ya había dado por cerrada, algo depresivo, esta crónica del viaje, me llega una noticia que me devuelve la esperanza; Paula Winkler me escribe otro mensaje, diciéndome que han reabierto La Veneciana; que han solucionado el contencioso con los trabajadores y han vuelto a abrir sus puertas. Bien, está bien, Argentina y el mundo han recuperado algo de la esperanza perdida. Y a mí, con esta alegría, se me ha pasado definitivamente el jet-lag. Al fin y al cabo, el mundo no está tan mal como parece.




