Buenos Aires, el valle de Colchagua en Chile, Montevideo y Punta del Este

Del 24 de marzo, al 24 de abril de 2024

Aquí tienen la tercera y última entrega de esta especie de bitácora de un viaje que ha durado un mes y que ha tenido tres etapas (las dos anteriores están a su disposición en este mismo blog); la última ha sido en un país y una ciudad que me ha seducido y que me ha mostrado una senda franca y viable hacia la esperanza en América.

MONTEVIDEO Y PUNTA DEL ESTE

3.

Día 19.

Llegamos a Montevideo con la mañana, nos esperan Cecilia, la esposa de Pablo Eguren, y su hijo, Rafael, persona excepcional, al que conocí en Bogotá, en donde compartimos apartamento durante varios días, no hace mucho, en mi anterior viaje a América: piloto instructor de las fuerzas aéreas uruguayas, nos dice que ha escuchado la llegada de nuestro avión desde la cama (vive en los aledaños del aeropuerto, muy cerca de la zona de descensos).

Mientras que Ivo y Pablo se van con Cecilia hacia casa directamente, yo me voy con Rafa, en su coche y, como es domingo y apenas hay tráfico, aprovechamos para dar un rodeo por los barrios residenciales que van desde la zona del aeropuerto, por Carrasco, hasta esa espectacular rambla que recorre la orilla urbana de la capital hasta el centro. Todo, a nuestro paso, está verde y en calma, la primera impresión de Montevideo es la de una ciudad tranquila y ajardinada.

Tras dejar el equipaje y refrescarnos un poco en casa de Pablo y de Cecilia, Ivo y yo los dejamos descansar y nos dirigimos en taxi al centro de la ciudad, a la plaza de la Independencia, a ver a una pareja de asesores y representantes políticos de la administración chilena, conocidos suyos, que están asistiendo, según nos dicen, a un encuentro de carácter económico y empresarial italo-americano en Montevideo. Son Pepe y Consuelo, dos personas amables, y abiertas a la conversación, con las que pasamos unas horas muy agradables.

En ellos, percibo algo de lo que podría haber sido (y acaso, ojalá, aún pueda serlo) la actividad política en América. Mientras nos dirigimos al cementerio general, en busca del nicho de Mario Benedetti, hablamos de los posibles caminos de la modernización y el progreso en las repúblicas americanas: la necesidad de una fiscalidad realmente progresiva, el fortalecimiento del estado de derecho, para garantizarla, y un pacto social, que implique a las élites, por un cambio real en cada una de esas repúblicas, además de la asunción de objetivos supranacionales, semejantes a la construcción de la Unión Europea, en el viejo continente.

Por fin, encontramos, en uno de los rincones del cementerio general, frente al Rio de la Plata, el nicho de Benedetti y le rendimos un sencillo y sentido homenaje, tras de lo cual, partimos en busca de una cerveza y unos chivitos. Nos cuesta encontrar un local donde cumplir nuestro deseo, es domingo y, en la zona, está todo cerrado, pero, al final, lo encontramos, un local con una terraza cómoda y agradable, en la que nos pasamos varias horas almorzando y bebiendo, en una larga sobremesa, cálida y amigable. El encuentro con esta ciudad, que me encanta, no ha podido ser más agradable y lleno de contenido.

Cecilia y Pablo nos recogen en la terraza del local, nos despedimos de Pepe y Consuelo, y nos dirigimos a tomar posesión del apartamento en el distrito de Pocitos, en plena rambla de la costa, en donde pasaremos Ivo y yo estos días. Y, tras deshacer nuestros equipajes y ducharnos, caemos rendidos en nuestras camas.

Día 20.

¿Y si Uruguay fuera la solución, sin que los uruguayos ni siquiera lo sospechen y el resto de América lo ignore…? No sé cómo ni por qué, apenas despierto, después de haber descansado y dormido a pierna suelta (Ivo dice que, al principio de la noche, he roncado como un descosido; aunque no sé, no sé, si era el eco de sus propios resoplidos lo que escuchaba… Jajaja…), esta es la pregunta con la que he abierto los ojos y que he anotado inmediatamente en mi precario cuadernillo de notas.

La cuestión reside en el mero y sencillo hecho del ‘estado de derecho’ funcionando, me digo… Sí, funcionando con todos sus defectos y sevicias, pero funcionando, como sucede en la mayor parte de los países de la Unión Europea, por ejemplo. Esta es la idea que se ha ido conformando en mí a lo largo del día, paseando, justo antes de la lluvia, por el hermoso tramo de la rambla de Pocitos, frente al que vivimos, o tomando, luego, un café, con Ivo, en la pulcra cafetería de la estación de servicios vecina, rodeados de gentes amables, educadas y tranquilas; o, más tarde, en casa de Pablo y Cecilia, almorzando y charlando de todo un poco, con el estadio Centenario de fondo; o, por la tarde, en la hermosísima librería Escaramuza, donde hemos quedado con Essaú, Mariana y Adriana; o paseando, luego, por la noche, bajo una ligerísima lluvia por los aledaños de la misma; y cenando, por fin, todos juntos unas empanadas en casa de Pablo y Cecilia, de nuevo, con Pepe y Consuelo, que se han unido a nosotros: reflexionando y debatiendo, mientras le vaciábamos a nuestro confiado anfitrión la botella, celosamente guardaba (supongo que para una ocasión así), de uno de los mejores whiskies gran reserva que se pueden conseguir en el mercado; reflexionando y debatiendo, digo, acerca del presente y futuro de América, de la necesidad de encontrar una palabra, una imagen, un concepto, que movilice a las sociedades y a los pueblos de todo el continente, que las atraviese de arriba abajo y las mueva hacia la consecución de un objetivo más allá de sí mismos, como sucedió en la España de la Transición –les digo– con una sola palabra (bueno, con dos): ‘modernización’ y ‘europeización’. Nos intriga y deja pensativos esa palabra desconocida que movilice los deseos de todas las clases sociales americanas hacia un futuro mejor.

Día 21:

De camino a la ciudad vieja, un taxista me da algunas claves para entender mejor Uruguay y la tranquila calma de Montevideo, en comparación con otras capitales…

No hace mucho me dice–, un domingo, atracó en el puerto un crucero con siete mil turistas que, en masa, se dirigieron al centro de la ciudad, pero se encontraron con una inesperada sorpresa, no había apenas locales abiertos en donde gastarse el dinero que traían, solo los centros comerciales, en los distritos residenciales, estaban a su disposición…

En la costa –añade–, los altos precios y el comportamiento depredador del sector inmobiliario están a punto de matar la gallina de los huevos de oro…

Esto que me dice usted me suena mucho, vengo de España –le contesto…

Al despedirnos, pienso que estos problemas, como los errores de bulto que hicieron fracasar a Múgica y a su gobierno (su apoyo al fracking o ‘fracturación hidráulica’, las leyes improvisadas que debían ser rectificadas a toda prisa, la permisividad en la corrupción de su entorno, etc.), son problemas, en comparación con los de la gran mayoría de las repúblicas americanas (no digamos, con aquellos de los que he sido testigo, hace unas semanas, en Buenos aires), asumibles, propios de un estado de derecho consolidado.

Por lo demás, el paseo previo, matinal, por la rambla costera, antes de dirigirnos al museo Figari, en donde nos esperaba el gran Pablo Thiago Rocca, su director, al que conocí en Chile la pasada semana, durante el festival en el valle de Colchagua: sus explicaciones y el café posterior en las dependencias del mismo, con la grabación de un podcast con dos relatos del propio Figari, para el fondo documental del museo, junto con Ivo Maldonado y una chica de origen argentino que nos encontramos, casualmente, esa misma mañana, durante el paseo, y que decidió acompañarnos hasta el museo (fíjense en la tranquila confianza que ese gesto muestra); la visita inesperada a la librería de viejos ‘Linardi y Risso’, un espacio mágico, a la vera del propio museo Figari, el cálido encuentro con su actual dueño, Andrés, que vivió y estudió en Madrid, en el Ramiro de Maeztu, durante los años de la movida madrileña, que tiene mi edad y con el que seguramente me crucé, una de esas noches, en uno de esos locales de Malasaña que frecuentábamos, la animada conversación con él, mientras me mostraba el libro de visitas de  la librería, con los autógrafos y dedicatorias de tres premios Nobel, el de Neruda y el de Coetzee, ni más ni menos; el posterior almuerzo en el café Brasileiro, frecuentado, en este caso, por Mario Benedetti y Eduardo Galeano; la primera visita al antiguo hotel Pirámides, en una de las esquinas de la plaza Matriz, no muy lejos del puerto, en donde Lautréamont se alojó las semanas previas antes de cruzar el Atlántico, camino de París; la aventura posterior, junto con Essaú y su familia, esa misma tarde noche, que nos llevó a Carrasco, sin saberlo, frente al hotel, hoy día, Casino, en donde Lorca pasó unas semanas felices con Rafael Barradas, J. J. Casals y otros amigos uruguayos, mientras intentaba concluir la escritura de Yerma y, en cuya playa, se hicieron la famosa fotografía tal como Dios les trajo al mundo; en fin, todo lo sucedido, hasta ahora, incluida la cena en la terraza de Carrasco, mientras llueve a cántaros, hace, de este día, un día inolvidable. Otro más, en este viaje a las tres Américas y a una inesperada esperanza.

Días 22.

Pablo Eguren pasa a recogernos a Pocitos, a Ivo y a mí, para irnos juntos a la ciudad vieja, donde tiene que encargarse de unos asuntos pendientes. Yo necesito pesos uruguayos, me he quedado sin metálico y, aunque casi todos los pagos se pueden hacer con tarjeta, me gusta llevar metálico para los pequeños gastos o por una necesidad.

Las tarjetas extranjeras solo pueden funcionar en los cajeros automáticos del Banco de la República, nos dice Pablo, así que nos encaminamos al cajero de la sede central del Banco, que se encuentra, según nos indica, a unas cuadras del café en el que hemos quedado en volver a vernos con él, luego de que termine los recados pendientes que tiene que hacer.

Cuando llegamos a la sede bancaria, nos impresiona su aspecto imponente, nunca he sacado dinero de un cajero automático tan bien custodiado. Una vez que tengo metálico en el bolsillo, nos encaminamos a la rambla, regresando a la plaza Matriz y bajando, luego, por la calle Ituzaingó, hasta la plaza de España, a orillas del río de la Plata, en donde se encuentra la abandonada iglesia de planta basilical, ‘Holy Trinity Church’, que, en su momento, parece ser que perteneció a la comunidad anglicana de la ciudad. Curioso, una iglesia anglicana en la plaza de España.

Subimos por la calle Treinta y Tres para encontrarnos con Pablo en el café que nos ha indicado, en la esquina con Sarandi; allí, vemos que está acompañado por Nilson de Sousa, un librero de viejos de la calle, que tiene su manta a unos metros del café, a la vera de un lateral de la catedral. Es un personaje lleno de historias, por lo que me cuentan; a Pablo le ha conseguido unos números perdidos de la segunda o tercera etapa de Alfar, la revista de su abuelo, J. J. Casals.

En medio de la conversación, entre los cafés y las empanadas pedidas, me ofrece una primera edición de Cada uno en su noche, de Ida Vitale, a un precio, al cambio, más que razonable; sin dudarlo le pido que me lo traiga; al poco, regresa con el volumen, es una edición de bolsillo, algo deteriorado, pero con un valor sentimental enorme para mí (una primera edición de un magnífico poemario de Ida Vitale obtenido en una calle de Montevideo).

Esta tarde tenemos, Ivo, Pablo y yo, el primer recital concertado en Montevideo, en el centro cultural de la embajada de México en Uruguay, que ha organizado Myriam Bianchi, una buena amiga y poeta uruguaya, encontrada también, como Pablo Thiago Rocca, en el festival ‘Vino y Poesía’ del valle de Colchagua, en Chile.

Como Pablo Eguren tiene que regresar a casa a almorzar e Ivo y yo queremos ver el partido de vuelta del Real Madrid contra el Manchester City, de la Champions League, decidimos quedarnos por la ciudad vieja, en donde se encuentra también la sede del centro cultural mexicano, así que buscamos un local, no muy alejado del mismo, en donde podamos verlo tranquilamente y, tras comer un buen chivito, en la misma cafetería en donde habíamos quedado con Pablo, encontramos uno, amplio y tranquilo, muy cerca, en la misma plaza Matriz, en donde hay dos pantallas, en una dan el partido del Bayern y en la otra el del Real Madrid. Somos pocos pendientes del gran choque, solo tres aficionados, Ivo y yo, con el Real Madrid, y un aficionado alemán, que odia al Bayern, nos confiesa, por eso está allí, que va a favor del Manchester City (cómo es el mundo del fútbol, y el mundo, en general, ¿no?).

El partido es vibrante y cuando parece que el Real Madrid va a resistir el resultado a favor, el Manchester City empata y se llega a la prórroga, pero nosotros no tenemos tiempo para verla, debemos llegar al recital programado, así que nos vamos sin saber cuál será el resultado final del choque; Ivo desconfía, sin embargó, yo le digo que el Real Madrid se clasificará para la semifinal, que no puede ser de otra manera y que, cuando terminemos el recital, lo comprobará). Nos vamos corriendo hacia la sede del centro cultural, que está, puerta con puerta, junto a un centro de formación que la embajada española mantiene justo al lado, distinto del centro cultural español situado más arriba, en la misma ciudad vieja.

Al final, llegamos a tiempo, allí están las autoridades que asistirán al mismo y buena parte del público y los intervinientes en el recital, entre los que se encuentran los jóvenes poetas mexicanos Essaú y Mariana, y, entre los invitados uruguayos, los dos Pablos, Pablo Thiago Rocca y Pablo Eguren y Myriam Bianchi.

Y, en esas estábamos, saludándonos y presentándonos, cuando aparece Ida Vitale en la sala acompañada de su hija Amparo, y, en ese momento, la tarde entra en una especie de zona mágica. Nadie esperaba su presencia, pero allí está, con sus cien años a cuesta, con su frágil e imbatible presencia… No salgo de mi asombro, tengo en mis manos el ejemplar de su poemario, que parece haberme reclamado misteriosamente desde la calle, esa misma mañana, anticipando esta ocasión.

Nos presentan y compartimos la mesa de lectura, antes de recitar mis propios poemas, leo, en el libro mágico, uno de sus poemas, “Apenas vida”, y le pido que lea ella otro de los poemas y elige “Paso a paso”, lo lee con la emoción de los sesenta y cinco años que separan a esta Ida Vitale, mujer dueña del secreto, de cien años, de aquella Ida Vitale, mujer esplendente de treinta y cinco años, que lo escribió, y el momento se llena de una inesperada emoción y el recital entra en una dimensión no prevista en absoluto.

Una vez concluido el acto, nos dedicamos mutuamente nuestros poemarios, yo, Recortes de un corazón herido, ella, el ejemplar de Cada uno en su noche (¡Dios, qué título!… Reparo, de pronto, en ello…), ya dedicado muchas décadas antes, cuando yo era apenas un niño de cuatro o cinco años… Al mirar su primera dedicatoria, recuerda exactamente a quién se la escribió… Era un profesor… Me dice… Pues, ahora, se lo vas a dedicar a otro profesor… Le digo… “A Matías escalera, con alegría…”, escribe debajo de la primera dedicatoria… “Con alegría”, pienso, qué curioso, de entre todas las palabras dispuestas por los protocolos sociales para una ocasión así, de alguien como ella, que lo es todo y que no se guarda ya nada para sí –me da la impresión de que nunca lo ha hecho, que nunca se ha guardado nada para sí–, que haya elegido justamente, alegría, para un donnadie recién conocido como yo… Y recuerdo uno de sus poemas, de este mismo libro, en el que de la noche y de la sospecha de la decadencia, cae la definitiva alegría, la alegría de estar viva, de estar viva con la exacta conciencia de la vida y de lo que es estar viva… Y, con mi Recortes de un corazón herido, dedicado, en sus manos, le dice a su hija Amparo, al entregárselo para que lo guarde en el bolso: Este quiero leerlo…

Y, cuando la magia parece haber llegado a su culmen, aparece en la sala Nilson de Sousa, el librero callejero que me había ofrecido, esa mañana, el libro, y nos juntamos los tres, alrededor del humilde ejemplar; alguien nos hace unas fotografías, dando testimonio de esa combinación mágica de pequeños sucesos que se han concatenado, ese día, en Montevideo. Una vez más, pienso en Carl Jung.

Sin embargo, cuando parece que la sucesión de coincidencias se ha cerrado, se acerca a mí el gran Roberto Fernández Ibáñez, gran fotógrafo, artista y escritor montevideano, al que le han gustado mis poemas y desea felicitarme, nos presentamos e inmediatamente conectamos, me parece una persona amble y sincera, además de un gran artista; la sorpresa y el asombro regresan, cuando, de repente, nombra a un buen amigo suyo de Madrid, Rafa Soler… Dios mío, no puede ser, le digo, Rafa es un muy buen amigo mío también… Nos reímos juntos y recordamos la figura amable y rotunda del bueno de Rafa Soler. En ese momento, se acerca otro de los presentes, que desea saludarme y felicitarme, es William Johnston, que va a publicar, me dice, un poemario próximamente en Vitruvio, la editorial madrileña, y querría venir a España, entre junio y julio, creo entender, a una serie de actos de la editorial… Me parece estupendo, claro, le digo; pero, la fantástica serie de coincidencias de esa tarde continúa, cuando me dice que conoce, en Alcalá de Henares, en donde yo vivo, a una gran persona, Cristina Penalva… Dios, no puede ser… Le digo… Cristina es una de mis mejores amigas… En fin, está claro que el mundo, y especialmente el mundo de la poesía, es un pañuelo; y Montevideo, una ciudad mágica.

La gran Myriam Bianchi nos dice que debemos dirigirnos ya hacia la trattoria de Valerio, un joven italiano que, tras recorrer varios países, entre ellos España (estuvo viviendo en Zaragoza unos años), ha recalado en Montevideo y ha abierto un local de cocina italiana encantador en donde cenaremos y compartiremos una velada musical con otro buen amigo suyo, Javier Alonso.

Amparo ofrece llevar a alguien en su coche hasta la trattoria, pues Ida, su madre, ha decidido que le apetece ir a cenar con nosotros (¡vaya cien añitos!… Mamma mia!… me digo…) Y, como nadie se ofrece, yo me ofrezco a acompañarlas. De camino al coche, aparcado junto a la puerta del vecino centro de formación español, cogido de su mano, noto, esas cosas se notan, que hemos hecho buenas migas, como diría mi abuela Lucía; para mí, será toda una experiencia acompañarla, además de poder ayudar a Amparo, en lo que necesite (al fin y al cabo, son cien años; me parece increíble lo que está sucediendo).

El trayecto es una delicia, el sentido crítico de Ida respecto de los cambios que percibe en la vieja ciudad de Montevideo, los comentarios que hace, son graciosos e inmisericordes (hace tiempo que no callejea por las calles y avenidas de la ciudad, o esa es la sensación que ella tiene, y va leyendo los carteles de los negocios, se alegra de los que recuerda y conoce, se fija en las fachadas de los edificios, se nota que tiene en su memoria el Montevideo de su juventud y las intervenciones ultramodernas en los viejos edificios y en los viejos portales, como la realizada, sin ir más lejos, en el centro cultural español –al que asiste regularmente, me dice su hija Amparo–, no le gustan mucho). Con la ayuda del GPS, llegamos a la trattoria de Valerio.

Ida Vitale, me he dado cuenta, es una mujer detallista e intransigente con lo que no le gusta, con una sensibilidad exigente y exquisita, que no pasa una por alto y que no se deja nada en el tintero, como he dicho antes, y eso me encanta: en la firma de mi dedicatoria, en la hoja de respeto de Recortes de un corazón herido, cuando nos hemos intercambiado nuestros libros, tras el recital –recuerdo, ahora–, me ha señalado, con cierta contrariedad en el tono de su voz, el que no había puesto la tilde en la ‘i’ de mi nombre Matías, por lo que he tenido que señalarle que el largo rasgo superior que había sobre la ‘i’ era la tilde: al comprobar que el enorme rayajo (sé que mi caligrafía no ganaría ningún concurso), en efecto, podía ser tomado por una tilde, me ha mirado con signo de aprobación, pero con el gesto de la maestra que no me daría más de un suficiente muy raspado.

La cena con ella es un regalo maravilloso de la vida, cómo he disfrutado con sus comentarios, mientras leíamos una revista de cocina italiana, en italiano, que Valerio tenía repartida por las mesas del local, suponíamos que para hacer ambiente; y cómo gocé de sus confidencias acerca de su vida de niña y  de su juventud (qué hermosa joven, aún se percibe el rastro de esa belleza en su gesto y en la elegancia y en la clase contenida en es cuerpecito centenario); me cuenta cómo no conoció el tango hasta los doce años, por culpa de una tía suya que odiaba los tangos, y cómo fue, a través del aparato de radio de una criada de la familia, en la habitación de esta, en la última planta de la casa, como los conoció, a hurtadillas.

Genial fue la anécdota que nos contó Amparo, su hija, y que dice mucho de los aspectos del carácter de Ida Vitale que estoy destacando, cuando, al regresar a Montevideo, desde Estados Unidos, la propia Ida quiso interponer una querella a la marca de agua mineral que estábamos bebiendo en ese momento, la más famosa de Uruguay, porque se llama, justamente, ‘Vitale’; y la campaña de lanzamiento de la misma, en aquel momento, cuando Ida y su familia estaban recién llegadas de Estados Unidos, en los camiones de reparto que surcaban todas las calles y avenidas de Montevideo, se hacía bajo el eslogan: ”Ha llegado Vitale”.

Hubo otras confidencias y comentarios, que quedan para mí, con el recuerdo y la impresión de una tarde mágica e inolvidable con una mujer de cien años, una escritora de raza, en la que se dejaba traslucir, tanto en sus palabras y en su modo de decirlas, como en sus silencios, toda la extraordinaria exigencia y sensibilidad, y toda la belleza, contenidas en su persona y en su obra.

Los viajes nos hacen, si estamos atentos, algunos regalos raros, preciosos e imprevistos; esa tarde y esa noche, que terminó con las canciones de Javier Alonso y su guitarra: otro ser humano con una vida, la del exilio, imponente; y, tras la despedida de Ida, de Amparo y de todos los demás amigos, con las confidencias de Valerio, mientras me prepara un café, como Dios manda, me dice, y recoge los paquetes de masa y demás bártulos del horno, había sido, sin duda, uno más de esos regalos que los viajes me han hecho a lo largo de mi vida.

Días 23 y 24.

Hoy, nos vamos a Punta del Este, tenemos un recital programado en Maldonado, en la Casa Mazzoni, una antigua hacienda convertida en museo y centro cultural, aunque, primero, nos dirigimos al ayuntamiento, en donde nos espera el alcalde, nuestro anfitrión, que nos da la bienvenida.

El recital en la casa Mazzoni resulta un éxito de atmósfera y público; hemos estado acompañado por un quinteto de profesores y alumnos del Conservatorio que han ido desgranando un programa selecto y variado. Al finalizar, se nos ha ofrecido un pequeño ágape de despedida, durante el cual se me han acercado varias personas a felicitarme por la lectura realizada.

De vuelta en el hotel, antes de recogernos a dormir, Ivo y yo hemos ido a cenar a un local cercano. Al día siguiente, tras el desayuno, vamos a hacer un recorrido por las zonas más interesantes, desde un punto de vista cultural e histórico por la pequeña península de Punta del Este, pues, aquí, en la primera mitad del siglo pasado, tuvieron casa o pasaron largas temporadas escritores, artistas y músicos como Neruda, Alberti y Teresa León, Benjamín Jarnés, J. J. Casals, Vinicius de Moraes, Ástor Piazzola, Daniel Siqueiros, Margarita Xirgu, Lorca, etc.

En un momento del trayecto, nos detenemos en punto exacto, frente a la isla de los Lobos, en donde el río de la Plata se convierte oficialmente en mar de la Plata. Bendecidos por la brisa y el océano Atlántico, nos dirigimos, por la ruta 104 de Manantiales, a uno de los complejos artísticos más sorprendentes y extraordinarios, como tal complejo de arte contemporáneo, pues ocupa cuarenta y cinco hectáreas (dentro del cual se encuentran los edificios principales), que yo he tenido la suerte de visitar y disfrutar, el Museo de Arte Contemporáneo Atchugarry (MACA). Portentoso en sí mismo y por el diseño del inmenso ajardinado, concebido todo como una obra de arte integral, compuesta de espacios naturales, salvajes y ajardinados, de los edificios museísticos y de decenas de obras de arte particulares.

Antes de regresar definitivamente a Montevideo, hacemos un alto en el gran hotel Piriápolis, en una de las zonas más selectas de la costa, donde paseamos y nos tomamos un café en la decadente galería, con vistas al mar, del desmesurado y monumental edificio, adquirido recientemente por el estado, para su explotación y conservación, que nos recuerda a los grandes hoteles modernistas de la Costa Azul francesa.

A la vuelta, en Montevideo, nos recoge, a Ivo y a mí, a la puerta de nuestro apartamento, en Pocitos, María Elena Jaramillo, una poeta colombiana afincada en Montevideo, que nos ha invitado a su casa para cenar, con su marido. El asado es exquisito, como el vino con el que lo regamos. La sobremesa y la conversación en la amplia y hermosa galería junto a la piscina es agradable y muy interesante, María Elena nos lee algunos de los poemas en los que está trabajando últimamente y confiesa sus dudas acerca de los mismos, sin embargo, a Ivo y a mí, se lo decimos, nos parecen realmente excelentes.

Día 25.

Pablo Eguren, Essaú y Mariana, se han ido a pasar un par de días a Colonia de Sacramento. El embajador de Chile en Montevideo, el doctor Rodrigo Hume, junto con su encantadora esposa, Blanca, nos han invitado a Ivo y a mí a desayunar. Nos vienen a recoger en su coche particular y nos llevan a un local, no lejos de donde estamos alojados, en Pocitos, en donde sirven unos opíparos desayunos.

Cuando terminamos, nos invitan a pasar, juntos, una mañana de agradables paseos, que terminan en sendas visitas a dos monumentos relacionados con la memoria literaria e histórica chilena, ambos situados en la gran rambla marítima de la capital uruguaya, uno es el dedicado a Alonso de Ercilla y su Araucana, el canto fundador de la conciencia chilena; el otro es el dedicado a la gran Gabriela Mistral.

Hace un día muy agradable y el embajador, que se siente a gusto con su compatriota, Ivo Maldonado, decide invitarnos también a almorzar en Carrasco, en un restaurante frente al gran hotel casino en donde Lorca pasó semanas tan felices con sus amigos montevideanos. Es un almuerzo de plática interesantísima y sumamente agradable: tanto el embajador, como su esposa, son personas, no solo amabilísimas, sino cultas y de conversación entretenida y sustanciosa. Me alegro, cuando compruebo que una buena parte de sus ideas y opiniones acerca del destino y del futuro de América, coinciden con las que me he ido haciendo a lo largo de mis viajes por el continente. El que dé especial importancia a la consecución de objetivos geopolíticos transnacionales y supra regionales, que superen los viejos conflictos bilaterales entre las repúblicas americanas, me parece especialmente resaltable. En la figura del doctor Rodrigo Hume, Chile tiene un gran representante (y he conocido a más de uno y más dos y tres embajadores, a lo largo de mi vida…)

Tras el último café, el matrimonio nos deja, de nuevo, a las puertas de casa, han sido una mañana y un mediodía intensos y cordiales, por lo que nos despedimos de ellos agradeciendo muy sinceramente la atención y acogida que nos han prestado. Ivo se siente orgulloso de la calidad personal de su embajador, lo veo y me alegro mucho por ello; sé que, para él, el orgullo de país es muy importante y me siento bien reiterándole la buena impresión que me han causado el doctor Hume y su esposa.

Nos atildamos y recogemos nuestros libros rápidamente, abajo, nos espera, como ayer, María Elena Jaramillo, esta vez, junto con el escritor y poeta Rafael Courtoisie, que nos llevarán a la nueva sede de la ‘Casa del Árbol’, un espacio poético muy especial, en el que algunos amigos y conocidos, como Pablo Thiago Rocca y Roberto Fernández Ibáñez intervendrán, junto a Rafael Courtoisie y otros grandes poetas uruguayos, esa misma tarde noche.

Desgraciadamente, no nos podemos quedar hasta el final, pues, en compañía de Myriam Bianchi, nos tenemos que dirigir en taxi a otro recital al que hemos sido invitados los tres, organizado por una gran poeta y recitadora, Pata Coche, amiga de Myriam y de Ivo, a la que yo conocí en el festival ‘Vino y Poesía’ de Colchagua. Un recital que ha sido posible por la inestimable colaboración de Cata, la coordinadora del espacio cultural, a la que no conocemos, aún, personalmente, pero que se ha puesto a nuestra disposición desde el primer momento.

El recital en ‘Delondon Art Gallery’, que es como se llama el local al que nos dirigimos, gestionado por Cata, es un animadísimo espacio cultural en el centro de Montevideo, cerca de la avenida del 18 de Julio, con un público joven muy participativo, es un magnífico lugar de encuentro, de exposiciones, novedosas iniciativas y actividades autogestionadas por un ramillete de jóvenes artistas, poetas y músicos entusiastas. Se ha sumado al grupo Adriana, la madre de Essaú, que, finalmente, no los ha acompañado a Colonia y se ha quedado en Montevideo.

El auditorio con el que nos encontramos está compuesto por un público joven, activo y muy comprometido; la atmósfera que se respira es de creatividad y apertura, por lo que la atención es extrema y la respuesta a los poemas que elijo (en esta ocasión, de mi segundo poemario, Pero no islas), relacionados con la memoria de la clase y sus viejas luchas, según puedo apreciar por las conversaciones con ellos, ha sido muy positiva.

Cierra el recital, Maca, un joven cantautor con el que establezco una relación especial que aún continúa a través de Instagram. Todo ha sido, esta noche –todo el día, en realidad–, una experiencia gozosa y muy satisfactoria. Pata Coche, Cata y algunos de los amigos de ‘Delondon Art Gallery’ se van de copas, tras cerrar el local, pero Ivo y yo estamos cansados y nos vamos al apartamento; primero, dejamos a Adriana en su hotel.

Mientras nos dirigimos, por fin, en silencio hacia Pocitos por el Montevideo nocturno, me viene a la mente el tipo que rebuscaba entre los cubos de la basura, justo enfrente de la ‘Casa del Árbol’: nadie se percató de su presencia, mientras esperábamos el taxi, pero el contraste entre el refinado ambiente poético del jardín que acabábamos de abandonar y aquel desconocido rebuscando entre los deshechos, en la acera de enfrente, me pareció una especie de interrogación, una interpelación que ya me había encontrado, otras veces, en mi vida… ¿Dónde está tu poesía…? Me preguntaba, con la mirada perdida en las calles y en las aceras de las calles y avenidas que cruzábamos… Mi poesía está al otro lado de la acera –me digo–, junto al tipo de los cubos de la basura: él no me ve y, si me ve, no me hace ni caso, le importa un comino mi presencia allí, o lo que yo pueda decir; pero allí está mi poesía, en la misma acera.

Día 26.

Esta mañana, hemos quedado con Pata Coche, Cata y el chico de Pata Coche para rendirle un pequeño homenaje, que grabaremos, a Lautréamont, junto a la pequeña placa que recuerda su estancia en el viejo hotel Pirámides, frente a la catedral en una de las esquinas de la plaza Matriz. Será el último acto de afirmación poética en este Montevideo que tanto nos ha dado.

Ante la pequeña placa conmemorativa, Pata Coche, Ivo y yo leemos los primeros párrafos del ‘Primer Canto de Maldoror’. Cata graba la lectura e Ivo, por la noche, la subirá a Instagram. Nos vamos a comer juntos y pasamos el resto de la tarde paseando por rincones nuevos de Montevideo, hasta dar con un local frente a la cinemateca, en el que pasamos las últimas horas con ellas. Tomamos un taxi para regresar a casa, una noche más, vamos cansados, pero satisfechos… Mientras atravesamos la noche, me digo que son amigas como ellas y la hospitalidad desplegada por gente así el regalo más preciado para el viajero lejos de su casa.

Día 27.

Si todo viaje debe ser tránsito y desplazamiento interior, como decíamos al principio, creo que este lo ha sido en varios aspectos. El vacío y la sensación que sentía en mi interior al comenzarlo ha desaparecido; y, mientras escribo estas notas, pensando en que va siendo hora de empezar a pensar en la necesidad de que quizás sea conveniente empezar a hacer el equipaje, pues Pablo Eguren, nuestro amigo y magnífico anfitrión en esta ciudad de gentes maravillosas, vendrá a por nosotros para almorzar juntos, miro de soslayo mi billete de vuelta a Madrid, no lo he comprobado desde que, en casa, miré los horarios de los cuatro vuelos de este viaje y, a este, como era el último, no le presté demasiada atención; sabía que era hacia las doce, esto es, a media noche, la salida; efectivamente, veo, las doce y diez… Así que, primero, dejaremos a Ivo –con quien he estrechado aún más, si cabe, los lazos que nos unían, en unos muy alegres y divertidísimos días de estrecha convivencia– en el aeropuerto y, a media noche, me tocará a mí regresar al pequeño y coqueto aeropuerto montevideano para emprender el camino de vuelta a casa.

El almuerzo es alegre, aunque se tiñe de melancolía anticipada por la despedida; han sido días colmados e intensos; y, en mi caso, un mes de encuentros enriquecedores, de conocimientos nuevos acumulados y de múltiples experiencias. Vuelvo a casa, pienso, de otro modo, y, aunque el hueco no desaparece, su insidiosa amenaza se ha atenuado entre los viejos amigos y las nuevas amistades encontradas a lo largo de estas semanas; y el que Montevideo, esta ciudad de la que me he enamorado, y que representa, para mí, una humilde e inesperada y sencilla posibilidad de esperanza para América, haya sido, esta vez, el final de etapa ha contribuido a ello.

Una vez que dejamos a Ivo en el aeropuerto, a media tarde, y nos despedimos de él, con un cariñoso ‘chau’ uruguayo, la hospitalidad de Pablo y Cecilia llaga hasta el final, no solo me acogen en su casa, mientras espero la hora de regresar yo al mismo, sino que me han preparado una habitación en donde descansar unas horas tranquilamente.

Recostado en la cama, pienso, una vez más, en la amabilidad y educada discreción de las gentes de este hermoso y tranquilo país. Al cabo de unas tres horas de sueño, despierto, me llama Ivo por teléfono, ha llegado a su país, acaba de aterrizar en Santiago. Sentimos ya la nostalgia de lo perdido, pero todo tiene sentido, Ivo, porque acaba… Le digo. También la vida, pero esto me lo guardo para mí…

A la nostalgia se une una cierta inquietud por la vuelta a lo conocido, a la rutina de los días, tras estas semanas de días plenos y excepcionales, que no se han sujetado a lo sabido de antemano.

Me atuso un poco y me preparo para que Pablo me lleve al aeropuerto, ha llegado la hora. Me despido de Cecilia y desde el coche de Pablo contemplo las últimas vistas del Montevideo nocturno, trato de llevármelas conmigo, con todos los recuerdos de estos días. A las puertas de las ‘Salidas’, en el aeropuerto, nos despedimos…

                ¡Gracias por todo, querido Pablo!… Le digo, en un abrazo. Él sabe que lo digo de corazón…

                Nos veremos pronto… Nos decimos. Ojalá…

Al llegar a la zona de embarque todo está vacío, no hay nadie, solo dos jóvenes pertenecientes al personal del propio aeropuerto… Sé que es un aeródromo pequeño y muy tranquilo, como el país, pero esta extrema tranquilidad me resulta extraña… Les pregunto por el vuelo a Madrid de Air Europa que sale a las doce… Ellos me dicen que aún quedan muchas horas… ¿Muchas…? Contesto, con sorpresa… Solo quedan dos horas y media… No, quedan doce horas para el embarque… Me contestan… ¿Doce horas…? Exclamo… Claro, el vuelo sale a las doce y diez de mañana, a mediodía…

No salgo de mi asombro, pero mi vuelo ha salido hace diez horas, a la una del mediodía, pues han estado esperándome media hora, al menos… ¡Dios mío, qué desastre!… Me digo… No eran las doce de la noche, sino las doce del mediodía… Miro el billete bien y me doy cuenta de mi error, he dado por supuesto que los vuelos trasatlánticos, aquí, salían, como, desde Madrid, habitualmente, por la noche; no he caído que aquí salen por el día…

Después de la sorpresa y el inicial aturdimiento, pienso en la única solución, un billete de vuelta para el próximo vuelo a Madrid, sea en Iberia o Air Europa, desde el mostrador central, los jóvenes auxiliares me ayudan con el teléfono oficial del aeropuerto, pues con mi móvil no logro que me atiendan en el número de atención 24 horas de Air Europa.

Al final, logro conectar y un amable joven trata de ayudarme a obtener un billete para Madrid en el vuelo del día siguiente, pero no podemos cerrar la operación, porque debo dar mi permiso, mediante una doble comprobación, a mi banco y no puedo hacerlo con el teléfono del aeropuerto. La única posibilidad es esperar a que abran el mostrador de Air Europa a las nueve de la mañana, tres horas antes del vuelo y ver si queda algún billete para Madrid.

Me planteo la posibilidad de quedarme en el aeropuerto toda la noche hasta las nueve y ver qué sucede, pero hay otra forma de conseguir un billete, en la web de la compañía, solo necesito un ordenador. No quiero molestar a Pablo y Cecilia, de nuevo, pero, finalmente, llamo a Pablo y le explico la situación… Ven inmediatamente, toma un taxi y vemos aquí, en casa, la forma de conseguir el billete… Me dice… Así que tomo un taxi y regreso a su casa, parece que Montevideo no deja que me vaya, le digo, cuando nos vemos, y nos reímos…

Al final, tras un par de intentos, conseguimos comprar el último billete disponible, según la web, para el vuelo de mañana a Madrid… Ufff… Menos mal, me digo… Menos mal, tener estos amigos, la verdadera riqueza y el auténtico tesoro que la vida nos ofrece… Al fin, con esta extraña sensación del desaguisado que ha provocado mi falta de atención (¡No hay que perder la concentración, Matías, ni un segundo!… Me digo…), nos vamos a la cama y dormimos, hasta el día siguiente temprano.

Día 29.

Perder un vuelo después de haberte despedido de todos, después de haber concluido todos los rituales del adiós a una ciudad, a un tiempo, a todos los que te han acompañado en él y lo han compartido, es como habitar un no lugar y vivir un no tiempo suspendido en el vacío.

Perder un vuelo, cuando te has despedido del punto de partida y el punto de llegada se te hace meta inalcanzable, es lo más parecido, supongo, a la nada: y en este punto, en este no tiempo y no lugar extraño, pienso en esa no existencia insoportable, multiplicada por mil, que deben de sentir los refugiados de todo el mundo en sus campos o en los CIES de mi país, condenados a un no espacio y un no tiempo interminable, sin esperanza.

En el vuelo de vuelta, ocupando ese último asiento libre que, con la ayuda de Pablo, logré reservar, me acomodo, respiro profundamente y me quedo dormido apenas comenzamos el despegue. Me despiertan para el incómodo ritual del servicio de la magra y recocida pitanza típica de los vuelos.

Desvelado, me reto a mí mismo en ese juego de cálculo, en las pantallitas de Air Europa, cuya duda, después de varios vuelos trasatlánticos, no he logrado despejar, si es que hay que acertar la cifra exacta ‘2248’ o hay que superarla. Llego a los cinco mil y pico puntos y lo dejo; retomo la lectura de mi Atila de Aliocha Coll y me enfrasco en ella. La oscuridad general y el silencio de la cabina, todo el mundo duerme, me ayudan a concentrarme. Al final, sin embargo, el cansancio y el sueño me vencen, y duermo otro par de horas. Miro la oferta cinematográfica y encuentro una película que quería haber ido a ver, pero que no pude ver en su momento, El maestro que prometió el mar, al concluir de verla, me encuentro en un estado intermedio entre la euforia y la consternación… Y lo único que se me ocurre exclamar, en voz baja, en medio de la oscuridad y el silencio de la cabina, es una frase, repetida de dos maneras… ¡Dios mío, pero qué hicieron!… ¡Qué nos hicieron!… Cierro los ojos y antes de dejarme vencer, de nuevo, por el cansancio y el sueño, me digo, pensando en el país al que me dirijo, el mío… ¡Somos herederos de ese horror!…

Y, al poco, la aeronave aterriza en Madrid Barajas, el comandante nos da la bienvenida, recupero los datos del móvil, lo activo y envío los primeros mensajes a mis hijos y a mis hermanos, a pesar de que es aún la madrugada, una vez pasados todos los trámites y rituales aeroportuarios, me dirijo a la única cafetería abierta a esas horas y me tomo un café y un bollito, miro a mi alrededor y contemplo a un montón de pasajeros cansados de esperar a sus respectivos vuelos, vineen y van a Asia , América, a África… Son tan diferentes y tan iguales, me digo, en realidad, tan iguales…

Lo único es que ellos nunca sabrán que aquí, en este país, en cuya capital esperan un vuelo, hubo, una vez, maestros que prometieron el mar y que esa promesa les costó la vida… Seguro que en sus países hubo o hay maestros que yo no conozco, que también prometieron el mar y que esa misma promesa les costo o les cuesta, en estos momentos, la vida…

Sí, somos tan iguales… Me digo, mientras tomo el último sorbo de café y me dirijo a por un taxi. Ya estoy en casa… Ya solo me quedan a mano los recuerdos felices…

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