Buenos Aires, el valle de Colchagua en Chile, Montevideo y Punta del Este

Del 24 de marzo, al 24 de abril de 2024

BUENOS AIRES

Día 1.

Todo viaje es desplazamiento interior o no es viaje, me digo, primero, en la larga fila del check-in, y, luego, al dirigirme hacia el control de viajeros… Es ese desplazamiento el que distingue el viaje de la inerte rutina turística…

¿Por qué, al comenzar cada nuevo viaje, me hago estas preguntas y me invade esta sensación de vacío, este vago e indecible sinsentido…? Es otra de las preguntas que se repiten con insistencia dentro de mí, mientras contemplo las dóciles filas de viajeros que se encaminan hacia los distintos controles y los mostradores de facturación…

A donde voy, muchos buenos amigos y amigas me esperan, nuevas experiencias y, tal vez, nuevos conocimientos; por qué, entonces, esta sensación, que no es exactamente el cansancio de las horas perdidas en un aeropuerto, ni el enojo de las estrechas cabinas de las aeronaves actuales, semejantes a camiones de pollos que se dirigen al matadero de los pollos; que no procede, tampoco, de esas horas dormitando o viendo secuencias fragmentadas de películas en una pantallita, en medio de la oscuridad…

¿Será, acaso, porque todos los pollos que vamos en esas cabinas, que nos movemos por los aeropuertos, lo hacemos para huir justamente del sinsentido y del vacío…? Toda esta gente, pienso, que va encajonada, como yo, en sus minúsculos asientos, huye del vacío y del sinsentido de sus vidas… Llenamos de movimiento lo que no puede ser completado con el movimiento, lo que solo puede ser colmado de otro modo, seguramente, en el reposo y el silencio.

Supongo que, en cuanto desembarque en Ezeiza, en las filas del control de pasaportes, frente a las cintas de recogida del equipaje, la aduana, el alquiler del transporte en Tiendas León, la preocupación de buscar la conexión Wifi –aunque de las otras veces, supongo que mi dispositivo captará la señal automáticamente–, de hacer las llamadas correspondientes, escribir los mensajes necesarios, dando cuenta de mi llegada, sin novedades… En fin, todo ese ajetreo y trasiego acabará con esta sensación de hondo vacío que, ahora, me embarga, al iniciar este nuevo viaje a las Américas.

Han sido doce horas de vuelo, pero, en Ezeiza, todo ha transcurrido del modo previsto. En un cómodo trayecto, de unos cuarenta minutos, he llegado a casa de Paula, en su querido barrio de Palermo, donde he sido recibido con el cariño y la esplendidez de siempre por esa anfitriona y amiga admirable, que es Paula Winkler; y, una vez, instalado y tranquilo, salgo a contemplar, desde el balcón de su casa, mi querida heladería La Veneciana, convertida, por mí, en un símbolo personal y broma amistosa con mis amigos bonaerenses… Mientras La Veneciana esté ahí les repito–, hay esperanza para Argentina…

Esa esquinita que ocupa, con la humilde floristería de enfrente, en el cruce del bulevar de Olleros, me parece entonces como una respuesta, sencilla, nada complicada, ni nada del otro mundo, a lo que llenaría nuestro vacío y el sinsentido que nos rodea; una respuesta cercana, que está, ahí, delante de nuestras narices, algo simple y alcanzable, un lugar, una persona, una causa, un propósito que nos aguarda y nos invita a que lo descubramos, a que lo veamos y abracemos para acabar con nuestra desazón y nuestra desolada inquietud.

Mientras contemplo esa esquinita y las gentes que se toman su helado, y el cachazudo florista con su perrillo, departiendo con los transeúntes y clientes, recuerdo cómo la locutora de la emisora de radio que se oía en el vehículo de Tiendas León que me traía desde Ezeiza, unas horas antes, hasta aquí (50.000 pesos arg., unos 48 euros, más que un taxi desde Barajas a Alcalá de Henares, 40 euros), anunciaba exultante que los subsidios subirían, en abril, a 178.000 pesos arg., unos 170 euros, al mes, y las pensiones mínimas de jubilación, a 248.000 pesos arg., unos 235 euros, al mes; en una situación en la que la inflación es galopante (inflación que afecta, incluso, al mercado negro de dólares, lo que es una muestra increíble de la voracidad especulativa que ha inundado el país), por lo que hay precios, muchos, como en el caso del taxi, que están al mismo nivel, o más caros, que en Madrid: un huevo de Pascua de chocolate normalito, 35.000 pesos arg., un libro de poesía, 15.000 pesos arg., unas zapatillas deportivas sin marca, 40.000 pesos arg., cuando el salario medio mensual es de unos 500.000 pesos arg. y los ingresos mínimos de supervivencia se estiman en unos 700.000 pesos arg., al mes.

Durante la cena, mientras conversamos sobre la coyuntura que atraviesa Argentina, le hago a Paula la pregunta que suelo hacer a mis amigos de América y que he hecho otras veces, cómo es posible que en un país tan rico se haya llegado a esta situación. Sé la respuesta, en las crónicas de mis otros viajes a este continente la tienen (aquí mismo, en este blog), pero no deja nunca de asombrarme este paradójico despropósito, cuando me sumerjo en él a través de las vidas de mis amigos y de todos aquellos con los que entablo relaciones.

Y, así, cenando y conversando, adentrándome en la realidad de Argentina, el vacío se mitiga, es la compañía, el propósito de conocimiento y de experiencia de lo real lo que, sin duda, ayuda a colmarlo.

Día 2.

Por la mañana, a la hora del desayuno, continuamos la conversación de la noche anterior, sobre esa especie de dejadez y descreimiento que se ha instalado en la clase media (desidia que se nota mucho, no solo en cómo se enfrentan estos sectores de clase al caos Milei, sino también en cómo se enfrentan a la epidemia de dengue que asola toda la costa); así como sobre la general desesperanza que se extiende entre los más pobres. Según parece, el número de casos de depresión y de neurosis se ha disparado, de modo alarmante, en Argentina, en los últimos tiempos.

Tras el desayuno, mientras leo en el salón el Atila de Aliocha Coll, novela inclasificable, de un autor inclasificable, que me he traído para que me acompañe durante el viaje, descubro a Leonora Carrington como escritora, lo hago en una preciosa edición que Paula tiene en una de las mesitas del salón principal; son sus Cuentos completos editados por el Fondo de Cultura Económica (2020), con sus propias ilustraciones: un mundo fantástico –como el de sus famosos cuadros–, poblado de criaturas elusivas: sumamente violento y alucinado, no por lo que de fantástico tienen, sino por lo de real poseen.

Y, de repente, me sorprendo pensando en Jung y sus ‘sincronicidades’, pues esa misma oscuridad elusiva y violenta es la que atraviesa Atila, la apasionante, exigente y extraña novela de Aliocha Coll que he comenzado a releer en el vuelo desde Madrid.

Los primeros paseos por las calles de esta zona de Palermo reavivan en mí esa vieja impresión de que, en Buenos Aires, me siento como en casa, que es como si paseara por las calles de determinados barrios céntricos de Madrid o de Barcelona. Y el primer helado en La Veneciana me da la bienvenida oficial y definitiva a la ciudad.

Día 3.

Una virtud del desplazamiento y del movimiento, hemos dicho, es que nos aíslan del mundo rutinario del no-sentido y nos ofrecen la oportunidad del ensimismamiento y de la reflexión, oportunidad –ya lo sé– que la mayoría no aprovecha, embarcados como están en el torbellino del movimiento por el movimiento, sin desplazamiento real, pues esa misma mayoría no logra salir de su mundo del no-sentido de partida.

Justamente desde ese estado de desplazamiento, miro, una vez más, desde la terraza y contemplo el quiosco del viejo florista con su perrillo, en la esquina del bulevar, frente a la terraza de La Veneciana, y me digo a mí mismo lo que repito a Paula y a mis amigos argentinos, que, mientras sigan ahí las flores y los helados, no se ha perdido completamente la esperanza de encontrar el sentido y de rellenar el vacío, aunque, tal vez, sea solo una ilusión, un espejismo fruto del deseo, porque una cosa es la superficie de las apariencias que contemplamos y otra muy distinta es la corriente profunda de lo real, de lo que esconde esa apariencia. Una corriente que nos arrastra irremediablemente a las aguas turbulentas del mundo material: de la desazón social, la corrupción política, los despidos masivos por email o listas de papel en las puertas de los ministerios, el cambio en el mercado negro (blue), la hiperinflación, la soledad, la miseria y la desesperación de los pobres, el miedo y, finalmente, la inquietud de los que creían tener algo seguro, en sus ahorros, una vida segura que los defendería del movimiento continuo y azaroso.

En este Buenos Aires que contemplo y por el que paseamos, bajo su superficie, hay, pues, una corriente que sigue su curso, que bulle, que se agita, intranquila, alterada, turbulenta.

¿Y Milei…? Me preguntan los amigos por WhatsApp… ¿Milei…? El problema, creo, no es Milei, sino las causas que han llevado a este payaso al medio de esta pista de circo rodeada de seres alucinados, aterrados, confusos, histéricos, anhelantes, estupefactos, expectantes, rabiosos, indolentes, derrotados y satisfechos con el espectáculo. Son los millones que lo han llevado en volandas a donde está, los medios y las élites que lo han construido, esos son el problema, no el bufón, sino quien le paga, lo sostiene y ríe sus gracias.

Por cierto, hoy, ha anunciado (supongo que tras debatirlo con su perro Conan muerto, desde el cielo de los perros) que cerrará la Universidad de Buenos Aires, una de las más prestigiosas de América, porque es un nido de comunistas que no hacen otra cosa que inocular el mal del pensamiento y de la ideología a los jóvenes que pasan por sus aulas. ¿Les suena de algo, a los lectores españoles me refiero, sobre todo si viven en Madrid, tal sandez…?

Día 4.

Esta mañana, he tenido la oportunidad de hablar con una trabajadora, que se desplaza dos horas, de ida, y dos horas, de vuelta, cada día, desde una población cercana a Buenos Aires en donde vive, para ganarse la vida, de la crisis general y de la precariedad que asuela la clase trabajadora argentina.

Hemos hablado de la desaparición del estado y de las leyes, de los despidos por listas expuestas en las puertas de los ministerios de los funcionarios públicos, de cómo, a veces, tarda dos horas y media en llegar a Buenos Aires por la falta de transporte público, de la desmoralización de las gentes a su alrededor y del miedo al presente y al futuro; y, con Paula, hemos hablado también de la posibilidad de un severo conflicto civil.

Por la tarde, nos hemos ido, a pasar el fin de semana, a San Isidro, una población al norte del gran Buenos Aires, a orillas del río de la Plata, el hotel es hermoso y magnífico, una antigua mansión de una rica familia isidrina; en él, y en los paseos por la ciudad, en las terrazas ajardinadas, tomando café, o cenando, he tenido la oportunidad de experimentar las diferencias de clase, he visto a la clase media descansando y haciendo turismo, aprovechando este largo puente de Pascua, escapando de la cruda realidad, con la convicción de que estos paréntesis, cada vez serán más raros, hasta que devengan sencillamente imposibles.

En uno de nuestros paseos, me fijo, casualmente, en el precio de unas carpetas escolares, 15.000 y 20.000 pesos arg., y de unas zapatillas deportivas juveniles sin marca, 40.000 y 50.000 pesos arg. (recordemos que el sueldo medio es de unos 500.000 pesos arg.)

Día 5.

Durante el desayuno en el hotel, pienso en la buena gente, en cómo, allí donde voy, en cada país y ciudad que visito, abundan las buenas gentes, lo que sucede es que no reparamos en ellas, cuando son ellas, esas buenas personas, las que nos hacen vivibles y habitables esas ciudades y los días.

Miro a Paula y al personal de servicio que nos sirve, las auxiliares que se afanan de habitación en habitación, recuerdo a Leonardo, el conductor del vehículo de alquiler que nos ha traído y que nos recogerá al final para devolvernos a Palermo, y me digo que lo que los caracteriza a todos, sea a una jueza justa o a un taxista amable o a unas trabajadoras del hogar eficientes, como Majo o Betty, que lo que define a todas las buenas gentes del mundo es precisamente el silencio y el anonimato, que la cuestión es, al fin, cómo salir de ese silencio y de ese anonimato para convertirse en agentes protagonistas de la historia y no en meros pacientes de la misma.

Día 6.

Es domingo de Pascua, Buenos Aires está en calma, Paula está preparando un pulpo excelente (cuyo precio ha pactado con el pescadero una semana antes, debido a los efectos deletéreos de la hiperinflación).

Leo tranquilamente Atila, y gozo con su extrañeza y con su escritura exigente: son novelas así las que me reconcilian con la literatura y me reafirman en las principales elecciones que he tomado a la hora de escoger mi propia escritura. También hacemos planes para la semana que se avecina.

Mientras tomo un café y fumo un cigarrillo en la terraza, pienso en la ocasión, la Semana Santa y la Pascua, para anunciar, sin piedad, sin el menor respeto de la ley, entre las risas y las bromas de sus ministros, los cierres de la principal universidad pública argentina y del mayor hospital público de la capital, ‘Las Clínicas’, que asiste principalmente a la clase trabajadora bonaerense; o para echar de sus puestos a treinta mil funcionarios de esa manera tan cruel y humillante, a los que, además, el mismo presidente amenaza con enviarlos a la cárcel si se les ocurre protestar por sus despidos.

Estamos en medio de un largo puente de casi una semana, en una capital casi vacía. Miro el periódico y veo su rostro y su mirada de loco, y me imagino a ese ser, que preside un país como Argentina, consultando a su perro muerto y al ‘jefe’, su propia hermana, los asuntos de estado, como un amenazador muñeco al servicio de los auténticos detentadores de la riqueza de este país y dueños de sus resortes, representados por Macri y el macrismo; y considero también el papel deletéreo de este juguete roto que es ya el peronismo fantasmal que sobrevive, y ha sobrevivido décadas, a duras penas; y, tras el asombro, me sacude un temblor frío.

Día 7.

Aún quedan dos días de este largo puente pascual, ligado al día feriado en memoria de los caídos en las Malvinas, y todo, en Buenos Aires, como en San Isidro –y, según las noticias que me llegan, por toda Argentina–, da una sensación de un extraño fin de fiesta; los bonaerenses, en masa, siguen fuera de la capital, la atmósfera resulta chocante y tensa, es como si la gente que ha abandonado las ciudades previera lo que viene y desee disfrutar los últimos días de asueto antes del desastre definitivo.

El rector de la Universidad de Buenos Aires ha lanzado un SOS, si no llegan los fondos necesarios a primeros de mayo, la universidad, en efecto, tendrá que cerrar sus puertas. Este es el modo como Milei cerrará las instituciones públicas, tanto en la enseñanza, como en la sanidad, cuyas actividades y nichos de mercado desea capturar, desde hace tiempo, el capital financiero: dejarlas sin financiación y ahogarlas.

Todo pasará al capital privado, que, según el presidente, no ideologiza y hará de todos estos servicios, servicios perfectos y al alcance de todos. Lo increíble es que todavía hay una parte de la población, contra toda evidencia, que lo cree y asume la desaparición de los servicios públicos y su privatización como una mágica panacea universal.

Día 8.

Hoy, es el último día del largo puente, se acerca el final de esta tregua que los bonaerenses y los argentinos, en general, se han tomado; mañana será el día del reencuentro con la tozuda realidad, que los espera, impaciente.

Es el día dedicado a las víctimas de las Malvinas y Milei participa en un acto castrense de homenaje a las mismas, a pesar de que ayer, en la víspera, había elogiado públicamente a Margaret Thatcher como una de las líderes mundiales y la profeta del neoliberalismo ‘libertario’ más grande del siglo veinte, la misma que ordenó la guerra contra su país y que fue la causante, en última instancia, de los muertos que estaban homenajeando en ese momento.

Un poco confuso, pregunto quién las recuerda, a las víctimas; sus familias, me responden.

Esta mañana, hemos decidido hacer un recorrido por la calle Corrientes y sus aledaños, el teatro Colón, el Cervantes, etc. y comer por la zona.

Me choca el abandono, el aire de decadencia y tristeza de la calle que fue un icono de la ciudad y que, ahora, solo es, a duras penas, carnaza turística averiada, como el teatrillo multicolor de la Boca. Aunque conserva aún pequeñas joyas, como el restaurante en el que hemos almorzado, en una de las bocacalles que conecta Corrientes con Lavalle.

Y paseando, justamente, por Lavalle, frente al teatro colón o el Cervantes, o en la avenida Libertador, uno de los corazones del gran Buenos Aires, cualquiera puede llegar a sentir lo que fue, un día, esta ciudad, y este país, y lo que podría volver a ser, si la gente común y los sectores más sanos y emprendedores del mismo desalojaran a las élites corruptas que lo rigen y lo han regido tradicionalmente; si miraran al futuro y, con sentido común y esfuerzo colectivo, se pusieran en marcha; si, por así decirlo, un nuevo Frondisi y una nueva generación, con entusiasmo y honestidad, se olvidaran de las motosierras enloquecidas y dijesen: ¡fuera!… Argentina es nuestra…

Día 9.

Pasado el largo puente, llegan los amigos. Por la mañana, he quedado con el gran Samuel Bossini en la heladería, fuera está lloviendo y, al entrar, viene con el impermeable mojado, sin embargo, nos abrazamos sin reparar en ello. Hacía tiempo que estábamos esperando la ocasión de reencontrarnos.

En torno a los cafés y a los pequeños cucuruchos de helado que los acompañan, nos vamos poniendo al día de nuestras cosas, de su estudio de arte, de sus proyectos literarios y de los míos, hasta que recalamos, de modo natural, al tratar de algunos premios otorgados últimamente, en un tema espinoso, los dos caminos de la escritura, el camino de la carrera literaria y el camino del compromiso con la escritura y la independencia personal.

Por fin, de un modo también natural e irremediable, llegamos al amargo ‘retorno a la realidad’ de los millones de argentinos que han disfrutado del largo puente, pero que en esos momentos se están enfrentando a la situación real de sus vidas.

Samuel me confiesa, y no es el primero que me lo dice, que su mujer y él están planteándose venir a España a continuar con sus carreras… Aquí, encontrarán, sin duda, amigos y amigas que trataremos de ayudarlos y acogerlos como se merecen, le aseguro, pero no dejo de sentir cierta pena al decirlo…

De los testimonios de unos y de otros, conocidos y desconocidos, se va dibujando un panorama de ansiedad y depresión social, que se extienden imparables, ante el drama que se vive, insoportable para muchos… La situación puede llegar a ser peor que en el corralito… Me dice Paula.

Por la tarde, en la librería Paradigma, también de Palermo, llega otro de los momentos más esperados, el encuentro con los escritores, y compañeros en la distancia, desde hace tiempo, Luis Benítez, Osvaldo Gallone y Rolando Revagliatti, con motivo del acto que, con tanto primor y detalle, ha organizado Paula en torno a mis libros de poesía y narrativa.

Es un encuentro amable y cariñoso, primero, en la acera, donde me presentan a otra gran persona, Daniel Grad; ese momento de encuentro personal y animada conversación crea una atmósfera especial, que se refleja, a continuación, dentro de la librería, cuando Luis y Osvaldo analizan, respectivamente, mi obra poética y en prosa, esta última centrada en los relatos incluidos en Historias de este mundo, que nos da pie a un diálogo rico, intenso y entretenido. Me asombra la profundidad de sus lecturas y la riqueza de matices que sus análisis aportan al posterior coloquio entre los tres, en el que participan algunos de los presentes, sobre todo, la propia Paula Winkler, novelista de fuste e intelectual contrastada.

El día ha sido un día redondo, como se suele decir, e intenso. Terminamos cenando en un restaurante italiano de la zona con una amiga de Paula y, al regresar a casa, caminamos satisfechos de lo vivido. El acto en Paradigma ha sido un éxito, me he encontrado con tres compañeros a los que deseaba abrazar en persona, hacía tiempo, y he conocido a otras personas, como Daniel Grad, que lleva un taller de escritura en la sección de psiquiatría de uno de los hospitales de Buenos Aires, y la joven Lucía, que ha grabado el coloquio; ambas, estupendas.

Día 10.

Es el día de la despedida de la capital argentina. Es una despedida agridulce, triste, porque parto y dejo atrás a tanta buena gente y amigos inquietos y angustiados; y alegre por los días y experiencias vividas, los nuevos amigos encontrados, los conocimientos adquiridos, y, también, porque, del otro lado de los Andes, nuevos amigos: unos, viejos, y, otros, desconocidos aún, me esperan; con los que compartiré días extraordinarios y gozosos, durante el Festival ‘Vino y Poesía’, en el valle de Colchagua, que Ivo Maldonado organiza y al que he sido invitado.

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