Aquí va un artículo que publiqué en La Marea, en febrero de 2021, que visto lo visto, estos días, adquiere todo su sentido, creo.

De rabiosa actualidad

LA MAREA

https://www.lamarea.com/2022/02/21/el-sentido-del-mutuo-auxilio-la-izquierda-y-el-caso-de-pablo-iglesias/)

El sentido del mutuo auxilio, la izquierda y el caso de Pablo Iglesias

Hace tiempo que lo vengo observando, hay algo muy de fondo que no funciona en la izquierda; no hablo de los sectores que se dicen demócratas, liberales y esas tonterías, sino de nosotros los que nos denominamos, sin ambages, gentes u organizaciones de izquierda. Es algo más profundo que la evidente falta de objetivos definidos y claros que marquen nuestras actuaciones políticas y personales, que no los tenemos (en realidad, no sabemos ni qué queremos realmente hacer con este sistema/mundo que habitamos, ni con nuestras vidas), lo que es gravísimo, de por sí. No es la estúpida fragmentación que sufrimos, que no se debe a cuestiones ideológicas o estratégicas (a veces, ni siquiera a divergencias tácticas), y que nos condena a la irrelevancia en la representación. No es tampoco el vicioso funcionamiento de muestras organizaciones, especies de aparatos de darwinismo inverso que seleccionan a los más ineptos, pero, sin embargo, fieles y sumisos, lo que también es gravísimo de por sí.

No, lo que realmente no funciona en la izquierda es algo aún de mayor calado, creo, la falta de empatía –que se dice ahora–, pero que a mí me gusta llamar, mejor, por su nombre de origen, fraternidad, o sentido de aquello que la vieja clase obrera llamaba “mutuo auxilio”. Un sentimiento o una espontánea disposición cercanos a esa calidez marxista que reivindicaban Ernst Bloch o Daniel Bensaïd, conectando, de alguna manera con el Marx de los Grundrisse.

Y esta falta general de fraternidad y de sentido del mutuo auxilio, en la izquierda, se ve por doquier, nadie auxilia a nadie, nadie se siente unido fraternalmente a nadie de entre sus iguales, sea porque estos no son de mi tierra o terruño, y allá se las apañen en la suya; o porque, sí, son de mi tierra y terruño, pero son de los otros (la cita de los Monty Python es aquí inevitable); o bien porque mis líderes son mis líderes; o bien porque una vez no me votaron, y eso no se lo perdono; o porque míralo dónde está y yo aquí, etcétera, etcétera, etcétera.

Pero, si hay y ha habido un hecho en el que esa falta de sentido del mutuo auxilio y de solidaridad fraternal se ha evidenciado y se ha visualizado política, social y mediáticamente, es en el abandono y desamparo que Pablo Iglesias –que no es ni ha sido, por cierto, santo de mi devoción siempre, tengo que reconocerlo–, ha sufrido de parte de los que deberían haber reaccionado y haberle prestado su apoyo incondicional ante el insoportable acoso de la ultraderecha fascista, política y mediática, que ha traspasado y traspasa todos los límites aceptables y tolerables en un sistema como el nuestro, hasta obligarlo a abandonar la política y perjudicar a su vida personal y la de sus propios hijos.

El silencio mayoritariamente abrumador de la izquierda, salvo honrosas excepciones, ante este acoso, la falta de comunicados públicos o de gestos claros y contundentes, me ha parecido siempre, en este caso, más que escandaloso, descorazonador, por lo que de síntoma de degradación y desmoronamiento humano y emocional –al tiempo que político– tiene para la izquierda misma.

Recuerdo que, en mis tiempos de militancia, si un compañero o una organización de izquierda era atacada o acosada, el resto de compañeros y organizaciones de esa misma izquierda, que competíamos por el mismo espectro de representación en la universidad o entre los trabajadores, reaccionábamos sin pensarlo, simplemente porque era un igual, uno de los nuestros, el que estaba siendo atacado y acosado. Luego, vendrían las disensiones y los desencuentros políticos, tácticos o estratégicos, pero ante el acoso fascista, no había dudas, ni fisuras, porque teníamos claro quiénes eran nuestros enemigos y quiénes eran simplemente nuestros adversarios políticos, sabíamos distinguir. ¿Tanto hemos olvidado, tanto hemos perdido, tanta alma nos ha robado este despiadado sistema/mundo en el que vivimos? ¿Tanto que ni siquiera recordamos ya la fraternidad, el sentido del mutuo auxilio? ¿Que no somos capaces de considerar que, más allá de quien sea Pablo Iglesias o de lo que represente políticamente, es uno de los nuestros, cuando la caterva fascista lo ataca y acosa a su familia y a sus hijos? ¿No recordaremos ya nunca más la palabra fraternidad?

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