El Horla de Guy de Maupassant

[… ni siquiera tu propia muerte…]

− ¡Oh, Dios mío!… Si hay un Dios verdaderamente, que me salve, que me socorra…

… ¿Por qué saludé a aquel navío de tres mástiles, de tan blanco y majestuoso velamen, si lo gobernaba el horror…?

− ¡Dios mío, perdona mis pecados, ten piedad de mí y sálvame! ¡Qué sufrimiento!… ¡Qué tortura!…  ¡Diooos!… ¡Qué horror!…

Y una voz en su interior, la voz del mismo Dios (lo sabe, pues Ello se lo susurra al oído), le responde de un modo tal que su terror deviene ya irremediablemente infinito, como es infinito el estupor de esa voz que desde una eternidad vacía, desolada e irremediable le responde:

− ¡Hace tiempo, casi desde el principio, que Ello también me poseyó a mí y anuló mi Voluntad!… Todo, desde entonces, desde el principio de los principios sólo responde a la Suya, mi voluntad es la de Ello…

… ¡El reino del hombre ha acabado!…

Sí, el reino del hombre ha concluido; en realidad solo ha habido siempre un solo reino, el Suyo… el reino del Horla; que no es una mariposa gigante y armoniosa que aletee y apacigüe a los habitantes de las estrellas…

¿Deberé morir yo para que Ello muera…?

Ni siquiera tu propia muerte servirá, como tampoco ha servido la mía…

            El Horla manda, yo obedezco

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