Resurrección de León N Tolstoi [1]

[una historia de liberación]

… recordando que, más de una vez, en el curso de su vida, había empezado a leer el Evangelio y que, cada vez, la oscuridad de semejantes pasajes le había hecho dejar el libro.

Leyó, además, los versículos 7, 8, 9 y 10, que tratan de las seducciones, de su necesidad en la tierra, del castigo mediante la hoguera adonde serán precipitados los hombres, y de ciertos niños que ven la faz del Padre Celestial...

«¡Qué lástima que esto sea tan ambiguo! –pensó–. Sin embargo, siento que en ello hay algo hermoso.» Y continuó leyendo:

11. «Porque el Hijo del hombre ha venido a salvar lo perdido. 12. ¿Qué os parece? Si uno tiene cien ovejas y se le extravía una, ¿no dejará en el monte las noventa y nueve a irá en busca de la extraviada. 13. Y si logra hallarla, cierto que se alegrará por ella más que por las noventa y nueve que no se habían extraviado. 14. Así os digo: En verdad que no es voluntad de vuestro Padre, que está en los cielos, que se pierda ni uno solo de estos pequeñuelos.

«Sí, no es la voluntad del Padre que se pierdan, y, sin embargo, mueren a miles. Y no hay medio de salvarlos.», pensó.

21. Entonces se le acercó Pedro y le preguntó: Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mí hermano si peca contra mí? ¿Hasta siete veces? 22. Dícele Jesús: No digo yo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. 23. Por esto se asemeja el reino de los cielos a un rey que quiso tomar cuentas a sus siervos. 24. Al comenzar a tomarlas se le presentó uno que le debía diez mil talentos. 25. Como no tenía con qué pagar, mandó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y saldar la deuda. 26. Entonces el siervo, cayendo de hinojos, dijo: Señor, dame espera y te lo pagaré todo. 27. Compadecido el señor del siervo aquel, le despidió, condonándole la deuda. 28. En saliendo de allí, aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios, y agarrándole le ahogaba, diciendo: Paga lo que debes. 29. De hinojos le suplicaba su compañero, diciendo: Dame espera y lo pagaré. 30. Pero él se negó, y le hizo encerrar en la prisión hasta que pagara la deuda. 31. Viendo esto sus compañeros, les desagradó mucho, y fueron a contar a su señor todo lo que pasaba. 32. Entonces hízole llamar el señor, y le dijo: Mal siervo, te condoné yo toda tu deuda, porque me lo suplicaste. 33. ¿No era, pues, de ley que tuvieses tú piedad de tu compañero, como la tuve yo de ti?»

«¿Solamente es esto? –se dijo de pronto Nekhludov una vez leídas aquellas palabras. Y una voz interior, saliendo de todo su ser, le respondió–: «Sí, solamente es esto.»[2] Pero no podía ser. Todo el horror que había presenciado en esos largos meses no podía desaparecer así de un plumazo, por la buena voluntad del amo, por muy bienintencionado que fuese ese amo.

Y sucedió a Nekhludov lo que a menudo sucede a los hombres que viven la vida del espíritu. El pensamiento que en un principio le parecía extraño, paradójico y casi fantástico, una confirmación cada vez más frecuente del mal que se encuentra en la vida, se le presentó de pronto como una verdad muy sencilla y de una certeza absoluta. Comprendió ahora perfectamente este pensamiento: el único medio seguro de salvar a los hombres del pavoroso mal que sufren consiste simplemente en que se reconozcan[ 3] libres, sin amos, ni siquiera aquel amo tan bueno y tan hermosamente pintado por las evangelios, tal como el viejecito de la barcaza le había dicho a él y le había repetido al director de la prisión y al buen inglés: «¡Sé tu amo y desaparecerán todos los amos!…» Y sintió una irrefrenable ira, al recordar la indiferencia del predicador inglés ante esas palabras, así como el desprecio del director de la prisión y su propia cobardía, por no haberle defendido y haber ratificado, en ese justo instante, su aseveración.

Y, con esa rabia desatada en su interior, comprendió mejor la aparente frialdad y cinismo de Novodvorov, al reprochar el blando sentimentalismo de sus camaradas ante el sufrimiento de los siervos, y recuperó el auténtico sentido de lo vivido en estos meses siguiendo la cordada de presos por toda Siberia, por amor y compasión de la Maslova. Y se dio cuenta de la inutilidad de todos los amos y de ese nuevo amo, al que los otros amos no hacían caso, pero cuyo nombre usaban en vano para oprimir a los siervos más desgraciados. Y no vio otro camino que la revolución de los muchos contra los pocos, la aniquilación, por levantamiento universal de los desposeídos de toda la tierra, de todos los amos que no fuesen ellos mismos. Siervos liberados por la acción positiva y común de todos los amos, incluso de sus amos interiores, para convertirse, cada uno, en amos definitivos de sí mismos. Novodvorov tenía razón y el viejecito, también.

Aquella noche empezó para Nekhludov una nueva vida, no tanto desde el punto de vista de las condiciones de vida distintas que se creó, sino porque, a partir de ese momento, todo cuanto le ocurrió tuvo para él una significación completamente nueva[4]. Solo quedaba por ver si el porvenir colmaría, o no, esos vehementes deseos de desagravio y resarcimiento.

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[1] Hace tiempo que deseaba darle un nuevo final a esta enorme novela de Tolstoi, que constituyó una lectura determinante para mi formación en mi juventud, pues, desde hacía tiempo, pensaba que había en ella una enorme paradoja; siendo una de las novelas con uno de los arranques más espectaculares y extraordinarios de la literatura europea, posee uno de los finales más ramplones y decepcionantes que he leído jamás. Sería largo determinar por qué, pero quien la lea o la haya leído y conozca la obra y la figura de Tolstoi se lo podrá imaginar. Espero haber acertado. Aunque creo que no había que hacer mucho para mejorarlo y hacer justicia al pedazo de relato que es en sí misma esta, como digo, magnífica novela.


[2] De la versión castellana de Fernando Gutiérrez y Diego Navarro. Editorial Planeta. 1962

[3 Idem.

[4] Idem.


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