
Fortunata y Jacinta de Benito Pérez Galdós
[Dos finales: uno literario, de Fortunata; y otro figurado, de Jacinta]
[final literario: de Fortunata]
En su agonía, Fortunata miraba con expresión de gratitud a su amiga, y cuando esta le cogía la mano, trataba de hablarle; pero apenas podía articular algún monosílabo. Calladas, se hablaron mirándose.
«El Padre Nones va a venir -dijo la santa-; le mandé recado al salir de casa. Prepárese usted, hija mía, poniendo el pensamiento en Nuestro Señor Jesucristo; y como le pida perdón de sus pecados con verdadera contrición, se lo dará. ¿Se lo ha pedido usted?».
Fortunata negó con la cabeza.
«Mi amiguita se ha enterado del regalo que usted le ha hecho, y está tan agradecida. Ha sido un rasgo feliz y cristiano».
En las nieblas que envolvían su pensamiento, la infeliz joven, al oír aquello del rasgo, se acordó de Feijoo y de sus prohibiciones; y este recuerdo hizo que se arrepintiesede su acción.
«Jacinta me encarga que dé a usted las gracias. No le guarda ningún rencor. Al contrario; usted ha sabido arreglarse para dejar buena memoria de sí. Además, ella es de las pocas personas que saben perdonar. Imítela usted ahora, que no le vendría mal en este instante sofocar sus pasiones, amar a sus enemigos y hacer bien a los que la aborrecen.
Hija mía (abrazándola), ¿ha perdonado usted al hombre que tiene la culpa de todos sus males y que la ha arrastrado tantas veces al pecado?».
Fortunata negó de nuevo con la cabeza, y sus miradas daban a entender la negativa feroza aquel perdón, ya no quedaba el menor rescoldo de aquella pasión.
«¿Perdona usted también a esa mujer de quien se suponía ofendida, y a quien usted ofendió de palabra y de obra, con o sin motivo?».
Callose la santa observando a la diabla intranquila. Esta tenía la cabeza echada hacia atrás, moviéndola sobre la almohada con cierta inquietud, y sus miradas vagaban por el techo.
«¿Qué?, ¿duda usted?… Pues Dios, para perdonarnos, necesita saber si perdonamos nosotros antes. ¿Para qué quiere usted ahora ese odio mezquino? ¿De qué le sirve? De peso para impedirle subir al Cielo. Hay que arrojar ese plomo (abrazándola con más cariño). Amiguita, hágalo por mí, por el mono del Cielo, que debe quedar aquí rodeado de bendiciones, no de maldiciones».
Fortunata se estremeció desde el cabello hasta los pies… Su respiración fatigosa indicaba el afán de vencer las resistencias físicas que entorpecían la voz. «No necesita usted hablar -le dijo la santa-; basta que manifieste su intención respondiéndome con la cabeza.
¿Perdona usted a Aurora…?». La moribunda movió la cabeza de un modo negativo con todo el resto de su alma.
«Más, más claro».
Fortunata acentuó un poquitito más, y sus ojos se humedecieron de rabia.
«Eso no me gusta».
Entonces resplandeció en la cara de la infeliz señora de Rubín algo que parecía inspiración poética o religioso éxtasis, y vencida maravillosamente la postración en que estaba, tuvo arranque y palabras para decir esto:
«Yo también… ¿no lo sabe usted…? soy ángel…» Y los ángeles no perdonan.
… … …
[final figurado: de Jacinta]
… cuando se cruzó con ella no reparó en que era una compatriota suya, sólo cuando pidió el café se dio cuenta por el acento que debía provenir de su mismo país. Era una mujer hermosa y rolliza, y exhalaba una salud luminosa por cada uno de los poros de su piel tersa, rosada y brillante…
– Perdón, es usted también española…
– ¿Perdón…?
– Lamento molestarla, pero había creído que…
– Sí, lo fui; de Vetusta, pero…
– Oh, Vetusta… Yo vengo de Madrid…
– Pero acabo de nacer en París…
– Yo también quiero hacerlo, por eso he venido, a nacer en París. Me llamo Jacinta…
– Yo, Ana, encantada de conocerla…
– ¿Sabe?, estuve a punto de robarle la vida y el hijo a una muerta…
– A mí me besaron varios sapos. Ya hablaremos de ello; ahora, sólo la luz, esta luz de la Ciudad Luz…
– Sí, querida mía, ahora sólo la luz…





Jacinta y Emma Ozores, «dos santas», dos mujeres deseosas de amor y de librase del corsé, nunca mejor dicho, de la sociedad pacata e hipócrita que les rodea. Y París, la ciudad del amor y de la libertad. No puede haber mejor lugar para encontrarse y volar….
Así es, querida Carmen, así es… Especialmente, en aquella España del finales del XIX.
Un abrazo
Matías