El proceso de Franz Kafka

K. supo, en ese instante, que su deber hubiera sido coger el cuchillo cuando pasaba de mano en mano sobre su cabeza y clavárselo él mismo. Pero no lo hizo y, en vez de ello, giró el cuello, aún libre, y miró alrededor. Él no podía satisfacer todas las exigencias y ahorrarle todo el trabajo a la organización… Su mirada recayó en el último piso del bloque que lindaba con la cantera. Del mismo modo en que una luz se enciende en la oscuridad, así se abrieron las dos hojas de una ventana. Alguien, débil y afilado por la altura y la lejanía, se asomó como en un impulso y extendió los brazos hacia afuera. ¿Quién era? ¿Un amigo? ¿Un buen hombre? ¿Alguien que participaba? ¿Alguien que quería ayudar? ¿Era sólo una persona? ¿Eran todos? ¿Era ayuda? ¿Eran objeciones de última hora que habían olvidado? Seguro que las habría. “Pero ¿qué ayuda puedo esperar? ¿De quién? Si jamás me ha importado nadie; si nunca he permitido a nadie que se acerque realmente a mí”, exclama K., dirigiéndose a la figura de la ventana. “Aunque quizás no haya sido así”, se dijo a sí mismo. La lógica es inalterable, pero eso le da igual a un hombre que quiere vivir. ¿Dónde estaba el juez al que nunca había visto? ¿Dónde estaba el alto tribunal ante el que nunca había comparecido? ¿Ha sido, acaso, su presunción y su autosuficiencia? Tenía que ser eso, pues no tenía hipoteca ninguna y había leído la letra pequeña de cada contrato que había firmado. Era experto en letras pequeñas. ¿Qué se le había escapado? Si el tribunal se siente atraído por la culpa, si es el sentimiento de culpa, que permanece oculto incluso para los propios acusados, lo que atrae su atención, ¿de qué se sentía culpable K.? ¿De desprecio de sus semejantes? ¿Acaso no se lo merecían?  ¿De desprecio de las mujeres o el que le perdiesen las faldas, como le había sugerido el sacerdote en la catedral? ¿No era algo normal y esperable de un hombre soltero como él? De pronto, recordó que, al recibir las acciones preferentes del banco, de manos del subdirector, no había leído la letra pequeña. No había letra pequeña, no podía haberla; ¿o sí? Maldito subdirector, había sido él, seguro. Levantó las manos y estiró todos los dedos.

Pero las manos de uno de los hombres aferraban ya su garganta, mientras que el otro pretendía clavarle el cuchillo en el corazón. “Sea como sea, no voy a morir como un perro en manos de estos dos seres estúpidos”, gritó K.; lo que sorprendió extraordinariamente y confundió a los dos verdugos, y, dando un salto de gato acorralado, se deshizo de la mano que le apretaba el cuello y se abalanzó contra el otro gordo, el del cuchillo, al grito de “¡no moriré como un perro!… La vergüenza no me sobrevivirá”.

FELIZ MUNDO FELIZ 2025

(y no es un juego de palabras: en este mundo/proceso no hay lugar para juegos)

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