
El guardián entre el centeno de J. D. Salinger
[… ni siquiera Phoebe…]
… D.B. me preguntó qué pensaba de todo lo que acabo de contarles. No supe qué contestarle. Si quieren saber la verdad, no sé qué pensar. Siento habérselo contado a tanta gente. Lo único que sé es que, en cierto modo, echo de menos a todas las personas de las que he hablado. Hasta a Stradlater y a Ackley, por ejemplo. Creo que hasta echo de menos a ese maldito Maurice. Tiene gracia. No cuenten nunca nada a nadie. Si lo hacen, empezarán a echar de menos a todo el mundo. Querrán saber lo que no se debe saber. O querrán dejar constancia de todo el sufrimiento y esas cosas que no nos dejan en paz y que nos hacen vomitar en Grand Central o donde estén. Querrán encontrar a su alrededor lo que no se puede encontrar y serán enormemente infelices. Se preguntarán por qué Phoebe no sigue girando eternamente en su tiovivo a salvo del mundo y del tiempo y todo eso. Y acaso lleguen a la conclusión de que ni siquiera el guardián entre el centeno puede salvar a ningún niño y que solo puede mirar cómo se despeñan, uno detrás de otro, por el precipicio y desaparecen entre las tinieblas del tiempo. También Phoebe.




