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El día 11 de septiembre, los compañeros y compañeras de la revista Viento Sur tuvieron a bien publicar este artículo mío, que trata un tema que, desde hace un tiempo, me preocupa y del que deseaba escribir algo. Finalmente, tras unas conversaciones mantenidas con unos amigos y amigas del mundo del arte y de la cultra, este mismo verano, me decidí a escribir lo que aquí sigue y podéis leer, también, en la Web de Viento Sur, revista que os recomiendo encarecidamene, por si no la conocíais.
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La cultura gratis y un pan como unas hostias
Ya he escrito alguna vez sobre este tema: el fiasco y fatal malentendido en torno a la gratuidad de la cultura, entre la izquierda, pero, a pesar de que resultará inútil –también, esta–, creo que es bueno insistir en ello; la experiencia de este gobierno de izquierdas y la infructuosa y casi invisible labor del actual ministro del ramo (que, recientemente, se ha dado cuenta de que los eurillos para ‘consumo’ cultural no llegan a los jóvenes trabajadores; mira que le ha costado darse cuenta de la inutilidad real de este tipo de medidas publicitarias), idéntica a la infructuosa e invisible, cuando no esperpéntica, labor de los que le han precedido en el cargo (salvo los casos, quizás, de la ministra Alborch y del ministro Guirao), nos obliga, aunque sea como recurso al pataleo, a volver, una vez más, sobre ello.
Todo empezó con una lamentable equivocación de los partidos de izquierda durante la Transición, la estúpida pretensión de que una cultura accesible a la mayoría debía ser gratuita, de por sí, obviando el hecho irrefutable de que detrás del trabajo cultural, hay trabajadores de la cultura, y que el trabajo, cualquier trabajo, debe ser remunerado justamente. Sin embargo, esta línea de argumentación, que un servidor mantenía con sus camaradas, cuando les pedía que, al menos, solicitásemos una entrada simbólica al público que acudía a los actos de carácter artístico y musical que organizábamos, nunca fue comprendida, no entendían el carácter educativo, práctico y perentorio de esa ‘entrada’ simbólica, que eran, por entonces, cinco duros, veinticinco pesetas, que equivaldrían, hoy, salvadas las distancias, a dos o tres euros, más o menos. No había forma de convencerlos de que nosotros no gestionábamos fondos públicos, que no éramos estado, ni poseíamos los recursos de las fundaciones bancarias, que todo ese enorme brío se iba a la mochila de nuestro trabajo militante y a la de los artistas, músicos y escritores que se prestaban a participar en nuestras iniciativas: gustosamente, al principio, en los tiempos de lucha y de las grandes esperanzas, pero que, pronto, se hizo tan pesada, tanto para los artistas, como para nuestras organizaciones, que resultó insoportable e imposible de levantarla y llevárnosla a la espalda.
En este sentido, aunque el artículo de Bruno Lesprit et Emmanuel De Roux, en diciembre de 2006, en LE MONDE, titulado “La culture délabrée”, esto es, la cultura destrozada o deteriorada, se refiere exclusivamente a la situación en Internet, creo que la línea argumental que siguen nos puede servir para comprender lo que, aquí, se trata de explicar, pues la situación general, dentro y fuera de las redes, tiene un denominador común, la obra dada es producto del trabajo de alguien y ese ‘trabajador’ es el que debe decidir si lo que ofrece lo ofrece de modo libre (militante), o no, a los otros. Si no es así, se produce un fatal malentendido, en detrimento, finalmente, del propio ‘trabajador’.
En el citado artículo, los autores aseguraban que ya, entonces, a principios de este siglo, era un hecho irrebatible que «una cultura de libre acceso, estaba ya tan profundamente arraigada en las generaciones más jóvenes, que, a menudo, esa gratuidad la equiparaban con la autenticidad, porque, así, escaparía al comercio…» Sin embargo, desconocían que este ‘libre acceso’ a la cultura obedece a reglas distintas a las que esos jóvenes pensaban; de hecho,«el libre acceso corre el riesgo de transformar al público en consumidores pasivos: aquellos que no pagan no tienen el poder de exigir; como aquellos que se dejan engañar por la ilusión sobre la naturaleza desinteresada de la oferta. Porque la cultura, necesariamente, tiene un costo, asumido por las autoridades públicas o por el sector privado… Lo que nos da, o bien «una cultura basada en el estado y estereotipada, defendida por un grupo de funcionarios para el beneficio de los creadores apoyados por las autoridades», o bien una cultura al servicio del que la paga, los detentadores del poder económico… De hecho,«hoy en día, se está estableciendo una conexión casi subliminal entre la cultura libre y la publicidad. Debido a las presiones comerciales; menos del 3% de los títulos musicales representan más del 76% de la emisiones en la radio, por ejemplo… Incluso los eventos gratuitos organizados por el estado no siempre escapan a la explotación comercial…»Así, pues, «se debe inventar un nuevo sistema, para que los artistas sean pagados por las mismas personas que los consumen; porque lo que es valioso necesariamente tiene un precio». Y, aquí, descontamos el derecho de acceso a la cultura que los estados democráticos deben garantizar, como prescribe el artículo 44 de nuestra constitución. Este es otro debate distinto, no es esa la cuestión que aquí se plantea.
Pero volviendo al caso español, en el caso de la izquierda de nuestra Transición, detrás de aquella mayúscula equivocación, se escondían dos causas distintas y muy definidas por la misma coyuntura histórica: una, que estos partidos, el PSOE y el PCE, fundamentalmente, pero también el resto de grupos fuera del arco del poder institucional, daban por supuesto que la izquierda iba a gestionar las instituciones regionales y locales (sobre todo), eternamente; la otra tiene raíces más profundas, que se hunden en nuestra propia historia, en el hecho de que nunca se haya dado una transición verdadera a la modernidad y a sus valores en nuestra vapuleada piel de toro, de modo que la valoración del trabajo no era muy distinta, entonces, e incluso, hoy, que en la España castiza contrarreformista del siglo XVII y la nacionalcatólica posterior: el trabajo y el esfuerzo no son valores, por sí mismos, y menos, el trabajo cultural, que no pasaría de ser, en el subconsciente colectivo, en general, y político, en particular, poco más que un hobby o un lujoso entretenimiento de diletantes y adinerados.
Desde una perspectiva del capitalismo ilustrado moderno, ese que no triunfó en España, el intelectual, artista y empresario Isaac Díaz Pardo (1920-2012), refundador de Sargadelos, consideraba, al tratar lo que aquí estamos diciendo, que «la cultura puede aportar, a cualquier proyecto empresarial, un valor añadido que, con inteligencia, se traduce en rentabilidad económica. Sin embargo, en España domina la separación de cultura y empresa, o la ‘cultura’ del todo gratis y la nula consideración mercantil del creador». El capitalismo y el empresariado español, así es, son radicalmente premodernos, extractivistas y rentistas, sustancialmente improductivos, y esa visión, especialmente en el campo cultural, se traslada al resto del cuerpo social.
De ahí que a nadie le extrañe el ridículo porcentaje que a un escritor le corresponde de la venta de su propia obra o que se den situaciones tan ‘ilustrativas’ como la que muestra la anécdota de la pianista gallega que Quique Alvarellos refiere en su artículo titulado “Empresa y cultura en España: ¿como agua y aceite o gran valor añadido?”, publicado, en enero de 2014, en MUNDIARIO…
«Hace un par de semanas –escribe Alvarellos–, la gaiteira y pianista gallega Cristina Pato, residente en Nueva York, desde hace una década, relataba en A Coruña la siguiente anécdota, durante la reunión anual de la Asociación de Becarios de la Fundación Barrié de la Maza: “Cuando ofrezco conciertos en los Estados Unidos, los amigos que no pueden asistir me llaman y me dicen: ‘Cristina, no podemos ir, pero ya compramos las entradas’. Pero cuando vengo a Galicia, me llaman también los amigos, pero aquí me piden si les puedo guardar diez entradas. Esta es la diferencia. Sabiendo como saben que vivo de esto”.»
De esto es de lo que hablamos, no del artículo 44 de la constitución; hablamos de algo que es transversal a derechas e izquierdas: de las inercias heredadas por las que ninguna de aquellas izquierdas entendió que la cultura gratis solo la podían hacer los poseedores de los recursos suficientes para ello: los detentadores del estado, del capital y del poder real, como sostenían Bruno Lesprit et Emmanuel De Roux.
Solo así, teniendo en cuenta todos estos factores, todas estas causas y concausas del fenómeno, se entienden situaciones como el que se considere normal que no pagar, a un artista, un escritor o un músico, su trabajo sea algo habitual y considerado normal. O que, rizando el rizo, haya artistas que paguen por exponer sus obras, que haya escritores que paguen por publicar su libros o músicos que paguen para poder presentar sus composiciones al público; o el caso, tan común, de que las instituciones públicas y privadas que organizan y promueven los eventos, con total desvergüenza, pagan a los ‘técnicos’ sus servicios, pero no a los artistas y a los autores por el uso de sus obras, imprescindibles para que dicha actividad exista y sea posible.
Veamos algunos ejemplos concretos. Hace unas semanas, visitando a una pareja de amigos artistas en Andalucía, me contaron cómo la diputación de Huelva les llamó para que participasen con sendas obras suyas originales en un homenaje a la famosa obra de Juan Ramón Jiménez, Platero y yo, y, cuando preguntaron cuánto les pagarían por esas obras, la responsable del asunto poco menos que se ofendió, ningún artista cobraría nada (ella, sí, supongo) era una contribución gratuita para mayor gloria de un mito universal onubense (y de la diputación y de ella misma, se entiende); de todos los artistas convocados solo tres se negaron a tamaña barbaridad, ellos dos y otro pintor, amigo de ellos.
De mi viaje por Chile y Colombia, entre marzo y mayo de este año, para participar en algunos eventos internacionales a los que fui invitado, respecto del tema que estamos aquí tratando, me he traído un dato nuevo que desconocía, se trata de la proliferación, en España, de una serie de pseudo editoriales que se aprovechan de los escritores noveles (y, a veces, no tan noveles), no solo en nuestro país, sino, desde hace un tiempo, también, y especialmente, latinoamericanos, a los que les vence su ilusión por publicar aquí.
El pingüe negocio funciona de esta manera, se les ofrece el oro y el moro, como diría mi abuela, se les saca un buen dinero, que les cuesta, a la mayoría, mucho reunir, les imprimen un veinte por ciento de los ejemplares que podrían haber sido impresos, en realidad, con la cantidad solicitada; se les envía el lote y, a renglón seguido, se olvidan de ellos. Y si, a alguno, se le ocurre fiarse de las promesas que le han hecho y viene a España, con toda esa ilusión, se encuentran con que el editor o editora (como le sucedió a una gran escritora amiga mía, no hace mucho), no solo no los recibe, sino que, acaso, ni se encuentra en España.
Descontadas las estafas de este tipo, de los derechos de autor legales –si se llegan a cobrar, porque esa es otra (¿qué editoriales hacen cuentas con sus autores regularmente?)–, ni hablamos. En el Reino Unido, los derechos en papel están en el 25% del precio de venta al público, en España, son realmente ridículos, en torno al 10%, de media (si se cobran); no digamos los derechos en formato digital, prácticamente inexistentes. En fin, sin comentarios.
Es norma común, además, que en los actos organizados por entidades públicas y privadas que poseen presupuestos para sus actividades –como era el caso de la diputación de Huelva, del que hablábamos más arriba–, a los artistas se les considere pagados simplemente con la invitación al evento o a participar en el proyecto dado, y, si eres escritor (sobre todo, si eres poeta), date con un canto en los dientes.
En el ámbito de la iniciativa privada, en el caso de los artistas plásticos, en concreto, se ha llegado a un punto en el que, aunque, bien es verdad, que sigue habiendo algunas galerías que continúan siendo magníficas promotoras de artistas y que invierten mucho en su promoción, la mayoría ha dejado de ser auténticas galerías, para convertirse en pseudo galerías: en sentido estricto, en meros espacios y locales que se alquilan, sin el menor criterio de selección, al que pague la cuota establecida. Y lo peor es que esta costumbre alcanza ya a las instituciones y a los espacios públicos, en los que los artistas no cobran ni un céntimo por la cesión de sus obras, gestionadas por pseudo comisariados que ni siquiera integran en sus proyectos los emolumentos a los artistas que forman parte del proyecto presentado. Comisarios y comisarias de exposiciones que incluyan los justos emolumentos para los artistas, en sus proyectos, son ya, desgraciadamente, una ‘rara avis’ en este campo.
En el ámbito de la música, la misma canción, nunca mejor dicho: locales y empresas que programan conciertos que no pagan a sus supuestos invitados, sino que son los supuestos invitados los que pagan a la empresa programadora, vamos las liebres tirando a las escopetas.
En fin, para qué seguir; la radical precarización del trabajo cultural en el mundo del capitalismo final, sumada al atávico desprecio de la cultura en este país, a medio hacer, siempre, con unas élites ignorantes e inmunes al virus de la cultura, promueve este autismo general ante el fenómeno de la cultura como actividad laboral, esto es, un trabajo en sentido pleno de la palabra, y, también, esta sumisión general y esta rendición incondicional, de la inmensa mayoría de escritores, artistas y músicos, ante los que controlan los canales de difusión en sus distintos campos.
Si consideramos todo lo expuesto, no resulta nada raro que España tenga los ministros y ministras de Cultura que tiene (Urtasun, ‘de izquierda’) y que ha tenido (Esperanza Aguirre, lo fue, ¡Dios mío!…) O que sea el único país de la UE que no tiene IVA cultural, por lo que los libros, una obra de arte, ir al teatro, por ejemplo, se consideren actividades y productos de lujo, como comprarse un Maserati –póngase el caso madrileño–, con su 21% de IVA; o que aún seamos un país que no posee un estatuto del artista, es decir, del trabajador de la cultura; o que tengamos un ministro y consejeros de Cultura, también ‘de izquierda’, que amparan ofertas públicas exclusivas para la ‘industria cultural’, a la que no pueden optar los trabajadores de la cultura del campo ofertado, y que esto sea algo considerado normal o natural.
David Juan García Aristegui, en “¿Qué es un autor? de la Areopagítica al Harlem Shake, pasando por la Inquisición, Foucault y varias revoluciones”, escribe lo siguiente…
«La propiedad intelectual implica un reconocimiento jurídico y social del trabajo intelectual del autor y de su papel en la sociedad… Las leyes de propiedad intelectual se crearon para que no colapsaran las industrias culturales y para generar las condiciones necesarias para que se remunerara el trabajo intelectual…»
Algo, que, como decíamos más arriba, al fracasar el intento ilustrado de modernización en España, nunca llegó a ser asumido por el sistema tardo-feudal en que vivimos, aún hoy.
Por su parte, Juan Vicente Aliaga de la Universitat Politècnica de València, en “A salto de mata: algunas notas sobre la precarización de los artistas”, considera que, tenidas en cuenta todas estas circunstancias históricas, propias de nuestro país, hay que añadir una presunción profundamente arraigada, desde el siglo XIX, del artista como un bohemio haragán; de modo que…
«los parámetros de la economía capitalista en sus distintas fases desde al menos el siglo XIX ha fortalecido, y de qué manera, la noción de artista genio, por lo que no sería necesario por tanto remunerar a alguien que no trabaja, sino que está realizando una tarea por puro placer y disfrute, plasmando de esa manera su verdadera inclinación individual. Una vocación que a menudo se califica de innata y de irrefrenable y por la que se estaría dispuesto a hacer cualquier sacrificio. Este ideario de indudable origen romántico, articulado en la llamada forma de vida bohemia a partir de mediados del XIX (piénsese en el impacto de la novela Scènes de la vie de bohème, de Henri Murger, 1859) y sus connotaciones de desorden, holgazanería, errancia, inestabilidad, ha impregnado con suma eficacia el imaginario colectivo y, en cierta manera, sigue estando vigente…»
Y añade…
«Al poner en marcha este cúmulo de asociaciones entre el arte y el componente vocacional se está deslegitimando la noción de que los artistas están realizando un trabajo, y en consecuencia dedicándose con empeño a una profesión, un término este que todavía se aplica con recelo a los artistas. De ahí que se diluya o enmascare que en la actividad del artista se produce una verdadera inversión de esfuerzo mental y físico y de consumo de tiempo que debería ser compensado. Y no solo mediante el reconocimiento sino también con la retribución dineraria por las horas dedicadas a pensar, concebir y materializar el fruto de su creatividad. Al igual que otras profesiones, el trabajo artístico es indefectiblemente trabajo, aunque este tenga unas características específicas en lo que se refiere al horario en que se efectúa la producción de obra o la generación de ideas que no tiene por qué ajustarse al patrón más frecuente (de 9 a 17 h) al menos en el mundo occidental.»
Tenidos en cuenta todos estos intentos precedentes de explicar este fenómeno, queda otro que muy probablemente tenga que ver con el control mismo sobre la actividad cultural y los artistas: el ‘vaciamiento’ efectivo de la obra y la conversión de todo hecho cultural en un mero ‘espectáculo’ sin efectos reales en lo real, como señala Daniel Bernabé en su artículo de 2017, “Contra el mito de la cultura popular”, en LA MAREA. Una de cuyas derivadas más chuscas y pedestres es el clientelismo político, pues si «la intersección entre política y cultura es esencial para quien busca la permanencia de un sistema económico y de sus formas derivadas de sociedad y gobierno, también lo es para quien busca cambiarlo, totalmente o en parte», y la gratuidad de la cultura solo beneficia, a quienes buscan la permanencia de los establecido, es decir, a los detentadores del poder de malear y de condicionar el mainstream de los gustos masivos, a través del absoluto dominio de los canales, sean institucionales o mercantiles (esto es, del ‘mercado’ y la ‘industria’ cultural), con los que se construyen los relatos que sustentan la cultura/ideología dominante/hegemónica.
Así, pues, tal como Antoine Gallimard, el heredero, afirmó en 2011, «el peligro no es lo digital; es la gratuidad». Él tenía sus razones para hacer tal afirmación, nosotros tenemos las nuestras; pero, así es, el peligro no es lo digital, ni la Inteligencia Artificial, es la gratuidad; y eso lo sufrieron en sus carnes los medios de comunicación tradicionales, durante el periodo de transición digital, y, especialmente, los que han querido mantenerse en zonas críticas –por templadas que sean– de la disidencia política, pues, hasta que no han conseguido hacer comprender a una parte de sus lectores que deben pagar el trabajo de sus técnicos y periodistas, si quieren mantener estos canales abiertos y activos, no han podido garantizar su misma existencia precaria, aunque esos mismos medios no puedan pagar habitualmente el trabajo cultural de sus colaboradores, con lo que se da el caso, muy ilustrativo, también, e interesante, para lo que nos toca, de que estos medios, denominados ‘de izquierda’, que han sufrido en sus carnes el azote de la gratuidad se ven abocados a no poder pagar una buena parte del trabajo cultural incluido en sus páginas.
Para que vean ustedes que esto no solo nos afecta a nosotros, a los españolitos, o a los franceses, o a los europeos del Sur, lean una parte del testimonio de Tim Kreider –autor de “We Learn Nothing,” (No aprendemos nada), una famosa colección de artículos y caricaturas–, que fue publicado en el New York Times, en octubre del 2013, bajo el significativo título de “Slaves of the Internet, Unite!” (¡Esclavos de Internet, uníos!) …
«Hace poco, recibí, en una sola semana, tres invitaciones para escribir un artículo original para su publicación o para preparar una conferencia, a cambio de nada. Al igual que pasa con las chinches hediondas, este tipo de solicitudes no son casos aislados, sino que su gran cantidad e insistencia las hace tan pesadas, como aquellas. Y, además, está el tener que redactar una educada respuesta, en un heroico ejercicio de moderación… Quienes considerarían algo extraño e intolerable esperar que alguien les corte el pelo o les dé un refresco gratis te preguntan, luego, con cara muy seria y la conciencia muy tranquila, si no estarías dispuesto a escribir un ensayo o a dibujar una ilustración para ellos a cambio de nada. Eso, sí, suelen empezar diciéndote cuánto admiran tu trabajo, aunque, evidentemente, no lo suficiente como para pagar ni un céntimo. “Lamentablemente, no tenemos presupuesto para ofrecer una compensación a nuestros colaboradores…”, así suele empezar lo que sigue; aunque, a menudo, simplemente omiten cualquier mención a ningún pago.»
¿Les suena de algo?
Y para concluir, una experiencia personal y otras dos, las de David González y Andrés Sorel, compañeros, ambos, desgraciadamente, desaparecidos ya, que conocí de un modo muy cercano, testimonios que aclaran definitivamente de qué estamos hablando.
Cuando llegué, como un joven profesor, a la Universidad de Ljubljana, en la Eslovenia de la antigua Yugoslavia, en 1987, recuerdo que la revista, por entonces, de los estudiantes de la misma me pidió una entrevista, a la que accedí encantado; y, cuando el redactor de la revista tuvo la seguridad de que esta se iba a realizar, lo primero que me pidió fue el número de mi cuenta bancaria; ante mis evidentes signos de sorpresa, cuando le pregunté que para qué la quería, extrañado, me respondió, que para pagarme mi trabajo, por supuesto. Era la primera vez que me pagaban por mi trabajo intelectual, descontados los lógicos honorarios como profesor, por supuesto.
Luego, la revista ‘Literatura’, una de las revistas especializadas más prestigiosas de Eslovenia, me pidió un artículo sobre Valle Inclán, y lo primero que me pidieron, de nuevo, fue mi número de cuenta bancaria; yo alucinaba, vivía en un mundo en el que el trabajo intelectual y cultural se pagaba de modo automático, natural y justo.
En el número 100, número especial, de ‘La Antorcha del Siglo XXI’, de Andrés Sorel, en un texto titulado “Mis puertas giratorias”, escribía lo siguiente…
«He llegado al número 100 en el legado de Karl Kraus. En los momentos más difíciles de mi vida. Acompañando todo el verano a mi hermano Jesús, una parte de mí mismo, hasta que al fin fue derrotado y murió. Y encontrándome en situación crítica de supervivencia. Al fin, de derrota en derrota, llegué a la derrota final. Por citar algunas de mis actividades existenciales: Quince años en el partido comunista, clandestinidad en la Radio Pirenaica, en sus publicaciones y actividades. 6 años como consejero cultural de la Embajada de Cuba. Director de dos editoriales en las que publiqué a numerosos jóvenes escritores, algunos su primera obra, hoy académicos, premios nacionales, reconocidos en el mundo de la literatura. Fundador, presidente y responsable cultural de un periódico llamado Liberación. 35 años en la Asociación de Escritores de España, organizando 7 Congresos, numerosas actividades culturales, dirigiendo y maquetando una revista, República de las Letras que alcanzó 134 números, y los últimos 20 años acudiendo diez horas diarias a la propia asociación para trabajar en ella. He publicado más de 50 libros, novelas y ensayos, cientos y cientos de artículos en periódicos y revistas, de España y otros lugares del mundo, y, al fin, creando esta revista La antorcha del Siglo XXI, que alcanza el número 100.
Y ahora no puedo decir que me encuentre desasistido. Como los políticos, banqueros, hombres de negocios, y en pequeña escala funcionarios o trabajadores, no estoy en la inanidad: yo también tengo mis puertas giratorias. Es el benefactor Estado el que se encarga de asistirme: 190€, sí, ciento noventa euros mensuales para vivir. Me preguntan: ¿y con eso vives, has de vivir? Carezco de cuenta corriente, bienes de cualquier tipo, pero al menos también poseo un pequeño tesoro en mi particular paraíso fiscal: unos diez cuadernos en blanco para escribir, un tintero, dos plumas y un pequeño ordenador.»
En 2009, el gran David González decidió cerrar su blog abierto y continuar con otro ‘de pago’, harto de las mentiras que lo rodeaban, de esa paradoja ‘matemática’, que decía, él, que se daba entre los cientos de mensajes aduladores que le llegaban, acerca de su poesía y persona, y las ridículas cifras de venta de sus últimos libros, en ese momento, la reedición de El demonio te coma las orejas (1997 – 2008) y En las tierras de Goliat, apenas un par de docenas; su cansancio y decepción le hizo tomar esa radical decisión, que yo, personalmente, aplaudí, y me suscribí a su nuevo blog (debí de ser de los pocos que lo hizo, pero así fue)… Reproduzco aquí unos fragmentos de su largo post de despedía del viejo blog abierto y anuncio del nuevo cerrado, porque resumen y cierran, definitivamente, lo que aquí he querido expresar…
… Si decido ir al cine o al teatro o a lo que sea, me van a cobrar la entrada. Sin embargo, en poesía, al menos con los pringados como yo, la gente da por supuesto que uno tiene que hacerlo gratis, y gracias, y confórmate… Bien, yo ya no voy a hacer nada gratis… Como soy consciente de que nadie o casi nadie que lea este post, va a pagar el precio de una cerveza al mes por acceder a los contenidos de mi nuevo blog, eso me dejará más tiempo libre y utilizaré mi nuevo blog como un cuaderno de notas, de lecturas, de todo aquello que yo considero oportuno destacar… Como ya no confío en las bonitas palabras de la cantidad de mensajes que recibo, sobre todo en los que alaban mi poesía, pues como ya he explicado más arriba, las matemáticas no mienten, a partir de que publique este largo post, solo responderé a los mensajes que me ofrezcan algo tangible y a las personas con las que tengo proyectos… Podéis llamarme pesetero, cabrón, hijoputa, lo que queráis, ya me han llamado de todo y no me he muerto, pero si alguien se toma la molestia de releer mi blog verá que siempre lo he dado todo por la poesía y los poetas en los que creo. Siempre, salvo olvido o fallos en el ordenador, siempre he respondido a todos y cada uno de los mensajes que me han escrito. Me siento al ordenador cada día desde las nueve de la mañana y desde las nueve hasta las doce actualizo mi blog (actualizaba) y respondo mensajes. 3 horas, que no hace mucho dedicaba a escribir creación… Que es lo que voy a hacer a partir de ahora… El otro día, un amigo, un hermano, me comentaba (y no es el único que me lo ha comentado: Joder, David, me están invitando a recitales, pero no voy a poder asistir a la mayoría pues hay que adelantar el dinero y no lo tengo… cualquiera que se dedique a organizar encuentros de poesía o lecturas de poesía no pierda el tiempo en invitarme de no ser que corra con los gastos del viaje, alojamiento y me abone después de mi lectura los 300 euros o la cifra que sea que me proponga. Es triste, lo sé, pero los poetas que literalmente no tenemos donde caernos muertos no podemos correr con esos gastos…
Gracias, querido David; nunca quise ser uno de esos parásitos que te sobaban el lomo y se aprovecharon de ti; sé que tú lo sabías y que, en la distancia de nuestras edades y de nuestras vidas, compartíamos la misma pasión por la dignidad de la poesía y de quienes la hacen posible: del arte y de los artistas, y de los trabajadores de la cultura, en general.




