Humanos paisajes. Dos meses inolvidables de amistad y poesía en Chile y Colombia. Marzo, abril y mayo de 2025. 2ª parte

Aquí va la segunda parte de la crónica del viaje. Como decía en la entradilla de la primera parte, la dedicada a Chile, el cuaderno de notas, que me ha servido para pergeñar estas, ya defintivas, con mucha nostalgia, estaba repleto de anotaciones; han sido muchas semanas de encuentros, de experiencias, de paisajes nuevos y conocidos, de antiguas y nuevas amistades encontradas y fortalecidas, de versos e ideas atentamente escuchadas; esta crónica tendrá, así, la forma de un diario, con las glosas y comentarios, tal como los reseñé y los fui registrando, puntualmente, en la agenda, día a día, a lo largo de esas semanas: unas veces, a la noche, antes de dormir, otras, a la mañana siguiente, después del desayuno.

Será una forma, para mí, como sucedió al redactar las otras crónicas y la primera parte de esta, de volver a vivir esos días, de viajar, otra vez, en cada párrafo, a la esencia y al corazón de los mismos.

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BOGOTÁ

3 de mayo

Las oraciones de Jeannette, y de mi tía, junto con los sabios consejos prácticos que Ivo –que ama Colombia como su segunda patria y que se hubiera venido conmigo– me repitió en la misma terminal de autobuses de San Fernando, antes de partir, y el que sea la tercera vez que visito Bogotá, todo ha surtido efecto, especialmente con los taxistas.

Al final de un día de autobuses, de taxis y de avión, he llegado a Bogotá sin novedades. Pepe, el dueño del hostal de La Candelaria en donde me he alojado, hasta ahora, siempre que he venido a la ciudad, se ha alegrado de verme; está ocupadísimo con una boda que tiene en la azotea del hostal, en la que, por fin, ha terminado de apañar una preciosa y agradable terraza/restaurante, con carta italiana, tarea con la que le dejé ocupado, hace un año, la última vez que nos vimos.

Deshago parte del equipaje y me instalo en la habitación, escribo a Esteban Hincapié y a Ayran Riascos, avisándolos de que ya he llegado, quedamos para almorzar juntos, mañana a mediodía, y salgo a dar mi primer paseo por este barrio que amo y en el que me siento tan a gusto. Bulle, como siempre, La Candelaria, de vida, de música, de idas y venidas de una multitud de jóvenes y algunos turistas (pocos, afortunadamente; jóvenes estadounidenses, muchos de ellos; creo que de esa parte sana de los Estados Unidos que se puede amar).

Finalmente, encuentro un local encantador y tranquilo, en el que solo hay una pareja jugando al ajedrez, con una música excelente de fondo, que no molesta. Según me dicen los jóvenes del servicio, fabrican su propia cerveza, así que me pido la más suave: buenísima. Pido, para picar, unas empanadas, que me han recomendado, también, y, después de un buen café colombiano, por supuesto, me retiro a descansar, pues me siento cansado.

Cuando estoy ya para meterme en la cama, Ayran me propone por WhatsApp que me una a él y a una pareja española, una escritora y su editor, que han venido a Bogotá por la Feria del Libro, para ir a bailar salsa al Rincón Cubano, pero declino, agradecido, la invitación, no estoy para esos trotes, ahora. Le digo que nos veremos, mañana, durante el almuerzo con Esteban, tal como hemos quedado.

4 de mayo

Y, aquí, estoy, desayunando, en mi rincón francés de La Candelaria, cuya pista se la debo a Pepe, pues, en realidad, es ‘su’ rincón francés. Bebo con fruición mi cappuccino y disfruto de la tarta de zanahorias, mientras escribo algunas notas para el diario del viaje, escuchando buenas melodías francesas, que se mezclan con el rumor del agua de la fuente de pared que está a mi derecha.

Esto es La Candelaria que recordaba y añoraba. A mediodía, Esteban y Ayran pasan a recogerme por el hostal y nos vamos a La Casa de Citas, un restaurante con tradición literaria, que ya conocía de la última vez en Bogotá, donde nos encontramos con Jorge Tafur, artista peruano afincado en París, desde hace décadas, y otros componentes del grupo parisino ‘Migrateurs’ que participarán también en el Festival Internacional al que hemos sido invitados.

La conversación resulta muy interesante, tratamos sobre las relaciones de España y sus artistas con América Latina, casi inexistentes, salvo las preceptivas honradas excepciones; asimismo, tratamos de los temas y autores de ambas orillas del Atlántico que nos interesan o amamos especialmente y de la naturaleza y fines del colectivo ‘Migrateurs’.

Una vez que concluimos la sobremesa, Esteban, Ayran y yo nos vamos a tomar un buen café colombiano a un local cercano y, luego, bajo la lluvia, nos dirigimos al apartamento de Esteban, en la linde con los bosques de las colinas que señalan el límite oriental del barrio, donde seguimos con nuestra conversación acerca de la literatura actual en Colombia y la importancia que Esteban da a la de los pueblos originarios, así como del respectivo panorama en España; hasta que recalamos en dos sucesos de la historia de la Bogotá contemporánea claves para entender la historia del país entero, desde la posguerra de la Segunda Guerra Mundial, hasta la actualidad: el denominado ‘Bogotazo’ de 1948, tras el asesinato del candidato liberal, Jorge Eliécer Gaitán, y la quema del Palacio de Justicia, en 1985, a raíz de la acción del M-19.

Dos sucesos que escriben la guerra entre las élites conservadoras y monopolistas, que desean mantener inalterado el estatus quo, heredado y las fuerzas productivas y pequeñoburguesas que quieren y buscan un cambio, por distintos medios.

5 de mayo

Hoy, he tenido compañía, durante el desayuno, en el ‘Pecas y Rosas’, ha venido a verme Martín, un gran amigo de Ivo Maldonado. Allí, hemos charlado larga y distendidamente de Colombia y de América Latina, en general, coincidiendo en nuestros análisis acerca del papel paralizador y canceroso de las élites americanas, uno de cuyos síntomas, en Colombia, sería la persecución, por tierra, mar y aire, de todos aquellos que proponen un cambio, por tímido que sea: en estos momentos, la caza emprendida contra el presidente Petro, con el fin de torpedear e impedir, anulándolas, sus políticas modernizadoras y tendentes al equilibrio social y económico entre las clases.

Por la tarde, Rafael del Castillo, director del Festival, me pide que vaya a su casa. No vive lejos de donde yo paro estos días, en realidad, unas calles más arriba, en la parte más alta del barrio de La Candelaria.

Hemos estado buscando un hueco en su apretada agenda de estos días previos al comienzo del encuentro internacional que dirige, y, por fin, lo hemos encontrado.

Allí, en su casa, hemos pasado un buen rato, repasando algunos detalles del Festival y tomándonos la botella de vino chileno que le he traído, de parte de Ivo Maldonado, conversando animadamente, mientras esperábamos a Fabio Wasserman, poeta argentino, que ha venido invitado a la FILBO y que participará también en la inauguración del Festival, en el teatro Colón, y en algunas de sus primeras sesiones; es un compañero simpático y agradable de trato, igual que Rafael y su esposa, Eugenia, secretaria del Festival y coordinadora del equipo de gestión del mismo.

Hemos pasado un par de horas realmente entretenidas, entre confidencias sobre nuestras vidas, sobre nuestros gustos literarios, haciéndonos fotografías de recuerdo, incluidas algunas mías para la revista y las redes sociales, sentado en el sillón destinado al invitado más veterano de cada edición… ¡Dios, cómo pasa el tiempo!… Es la primera vez que soy el mayor en un encuentro literario de esta magnitud.

Finalmente, nos despedimos y, al bajar solo de las zonas más altas del barrio, hacia el hostal de Pepe, que está en las más bajas, descubro una oculta faceta de La Candelaria que aumenta su magia: es lunes, es la media noche, las calles están solitarias, silenciosas, salvo por la trifulca de un par de borrachos en la esquina de un local abierto aún; no hay tráfico (algo extraordinario en Bogotá), y al fondo de algunas de las calles se ven las luces y los rascacielos del centro financiero; me paro en varias ocasiones a contemplar el espectáculo y a gozarlo, disfruto cada segundo de esa cara nocturna del barrio, que pocos extranjeros pueden apreciar. Son esos momentos (la vida está compuesta de momentos, es únicamente momentos: he escrito ya) los que justifican un viaje; ahora, cuando llegue al hostal, retomaré el libro de Antonio Cordero, Zen bombardier, que me acompaña en los aviones y en algunos momentos de los hoteles.

6 de mayo

Profiteroles en mi rincón francés, maravillosos, exquisitos. Hoy, será un día de descompresión y descanso: paseos por el barrio, lectura en terrazas y cafés tranquilos o en la habitación del hostal. Me asalta un cierto vértigo de la pausa que, de vez en cuando, le llega al viajero… La vida, retorna la idea, una vez más, son momentos y movimiento, desplazamientos, détournements, que nos ayudan a no dejarnos arrastrar, definitivamente, por el vacío que se abre en la boca del estómago, en los momentos de pausa.

Uno de esos salvadores ‘desplazamientos’ lo vivo en la terraza de uno de los cafés que hay frente a la ermita de San Miguel del Príncipe, en una plazuela/hormiguero llena de vida pujante y de muerte cercana, a un tiempo.

Un guiñapo humano me pide un cigarrillo y le doy dos, está tan sucio que la roña de su piel es ya una coraza que lo protege del mundo; he tratado de no rozarlo y he tenido mucho cuidado al pasarle los cigarrillos y, cuando me ha pedido fuego, le he dicho que se me había acabado, por no darle mi encendedor y que lo tocase con sus manos.

Sin embargo, se las ha agenciado para obtenerlo, en un segundo, de una pareja que está sentada frente a mí. El guiñapo humano, con sus greñas mugrientas y encrespadas, se ha ido a un poyete de la ermita y se ha tumbado a fumar y a atiborrarse de sol, hablando solo y lanzando al aire y a los transeúntes preguntas sin posible respuesta, y, al cabo de un par de minutos, se ha quedado dormido… Ese tipo, me digo, hace tiempo que llenó de sentido el hueco de vacío que se abría en la boca de su estómago y se deshizo del miedo, es, quizás, el único ser humano completo que hay, en este momento, en esta plazuela.

Me avergüenzo de no haber tenido el coraje de estrechar su mano.

De vuelta en el hostal, termino de analizar algunos aspectos que se me habían quedado sin desarrollar de la primera de las tragedias del ciclo de la Orestiada, Agamenón. Y compruebo cómo, en su final, se resumen las cuestiones fundamentales que Esquilo plantea en ella: las relaciones de poder y de clase, entre aristocracia y pueblo; el cuestionamiento de los fundamentos del patriarcado; los finos límites que separan la venganza, del deseo de justicia; y la relación que se establece entre destino fatal y responsabilidad individual. Y me doy cuenta, de pronto, de cómo se convienen todos estos asuntos con la realidad latinoamericana. No había pensado en ello.

7 de mayo

Hoy, he tenido la oportunidad de participar en el homenaje a Rabindranath Tagore, en la sede que el Instituto Caro y Cuervo tiene en Chía, a las afueras de Bogotá, en un entorno boscoso, paradisiaco, que el mismo Instituto y la embajada de la India han organizado en memoria del gran poeta bengalí.

Allí, he tenido la oportunidad de conocer a dos grandes personalidades de la poesía colombiana, a Luz Mary Giraldo y a Fernando Herrera, poeta homenajeado en esta edición del Festival Internacional de Poesía de Bogotá, en el que vamos a participar los tres. En seguida, hemos hecho buenas migas; son dos personas muy amables y acogedoras.

Yo he elegido “El jardinero” para rendir sentido homenaje a su autor, porque fue uno de los primeros poemas que leí de él, en mi adolescencia, y que me causaron una honda impresión sentimental, como a casi todos los jóvenes que lo leíamos por entonces, mediados de los años setenta del pasado siglo.

En el autobús que nos llevaba de vuelta a la capital, he tenido la ocasión de charlar a fondo sobre la situación política en Colombia con Fernando Herrera, sobre cómo Petro está en el centro de la diana del sistema que las élites han gestionado durante décadas, y el uribismo, más recientemente. Y, también, de la dificultad que supone enjuiciar al propio Uribe, debido a las intensísimas presiones que las élites están ejerciendo sobre el sistema judicial y sobre la jueza Sandra Heredia, en particular.

Por la tarde, recibo una llamada de Fernando para que vaya a tomarme algo con él y con Jotamario Arbeláez, uno de los pilares del Nadaísmo poético, movimiento clave del devenir literario y artístico colombiano desde los años sesenta y setenta; un poeta inmenso y una persona increíblemente vital y cercana, más joven a sus ochenta y tantos años que muchos jóvenes que conozco de veintitantos.

Con ellos, con Fernando y Jotamario, en el céntrico y confortable apartamento del primero, entre lingotazos de whisky y anécdotas tronchantes (Jotamario es la única persona que conozco que ha muerto dos veces, una de ellas, oficialmente, y sigue vivo), paso una de las tardes más entretenidas y sustanciosas de los últimos tiempos.

Nunca olvidaré la lectura, en premier, que nos hace a Fernando y a mí, de uno de los poemas que va a recitar en la inauguración del Festival, al día siguiente, en el teatro Colón, se titula “Recuento” y es una de las composiciones poéticas, de carácter existencial y crítico, más potentes y redondas que he tenido la ocasión de escuchar de la boca de su propio autor, en el que el adentro y el afuera se entrelazan indisolublemente.

Esa noche, después de haber acompañado a Jotamario, junto con Fernando, a por un taxi, a la vuelta del edificio en el que se encuentra el apartamento de este, regreso a mi hostal, caminando por las avenidas y calles del centro de Bogotá, con la sensación de haber vivido una intensa jornada y de haber conocido a tres personalidades representativas de la poesía colombiana de los últimos decenios, Luz Mary Giraldo, Fernando Herrera y el grande de Jotamario Arbeláez.

8 de mayo

Hoy, ha sido día de cambios. Por la mañana, después de despedirme de mi rincón francés con una tarta especial ‘Ópera’, de bizcocho borracho, chocolate fino y toque de amaretto, me he trasladado al hotel que nos ha asignado la organización del Festival, en realidad, un edificio de cómodos apartamentos individuales, no muy lejos de La Candelaria, en la Calle 18.

Por la tarde, es la inauguración oficial de esta 33ª edición del Festival Internacional de Bogotá, en el teatro Colón, cerca de la histórica sede del Instituto Caro y Cuervo. La ceremonia ha sido entretenida y variada, durante la cual he podido conocer y encontrarme a buena parte de los que serán mis compañeros y compañeras de recitales, conversatorios y lecturas, estos días, como Ángel Beccassino, la finlandesa Aika Huusko, los dominicanos Basilio Belliard, Mario Berigüete y Plinio Chahín, el joven cubano Leonardo Soler, etcétera; además de estrechar lazos y compartir unos buenos ratos en los camerinos con otros ya conocidos, como Fabio Wasserman, Fernando Herrera, al que hemos homenajeado, Jotamario Arbeláez, que nos ha recitado el extraordinario poema “Recuento”, a Luz Mary Giraldo, o al propio Rafael del Castillo, director del evento, con quienes he establecido relaciones verdaderamente afectuosas.

Ver la platea del teatro Colón llena de público, para la presentación de un festival de poesía, resulta reconfortante y comprobar, por las reacciones de las personas que, luego, se acercan a ti, a la salida del teatro o, dentro, entre bambalinas, que has llegado a emocionarlas y conmoverlas con tus palabras, resulta aún más grato y reconfortante.

De los whiskies en los camerinos y detrás de los bastidores, mejor no hablar.

9 de mayo

Hoy, es el día de Europa, se conmemora la victoria contra el fascismo en 1945.

Mientras desayuno en el restaurante que la organización del Festival nos ha asignado, frente a los apartamentos, con una terracita muy cómoda para los fumadores, contemplo a un grupo de trabajadores, en su periodo de descanso, vienen de una obra cercana que se está llevando a cabo al final de la calle; están sentados en la acera, justo enfrente de mí; están todos con el teléfono móvil en la mano, no hablan entre ellos, no se miran siquiera, aislados los unos de los otros, es la aterradora metáfora de lo que somos y en lo que nos ha convertido el Capital, una suma de gente sola, aparentemente conectada.

Una extraña asociación de ideas me lleva a pensar en la distancia que hay entre todas las Américas y Europa, no solo se trata de la histórica tentación aislacionista de los gringos, ni de la facilidad con la que Argentina o Chile, o Brasil, acogieron a los criminales nazis que huían, tras su derrota en Europa, fruto de esa distancia sin duda; se trata también de la distancia psicológica y cultural que todavía hoy se mantiene entre el viejo mundo y el nuevo mundo, entre la vieja Europa y este inmenso continente de continentes.

Pienso, sentado en esta terraza, con un cigarrillo en la mano, que yo, quizás, no haga otra cosa, en estos viajes, que intentar comprender algo de esa distancia.

Cuando subo al apartamento, como no tengo ningún compromiso especial por la mañana, dedico el resto del tiempo, hasta la hora del almuerzo, a la lectura y análisis de la trilogía de Esquilo.

En Las Coéforas, entran en acción Electra y Orestes como piezas de la maquinaria de inevitables y fatales acciones que componen esta cadena interminable de decisiones motivadas por el sentido indistinto de venganza y justicia, o de justicia como una forma de la venganza. Aunque hay un aspecto que me interesa especialmente, el del carácter de ‘eco infrahumano’ de los sentimientos de los amos, cuyo papel recae en las esclavas que forman la procesión de las coéforas: esto es, los esclavos “compadeciendo” a los amos; lo que me lleva a uno de los más trabajados de mis poemarios, Del amor: de los amos y del poder: de los esclavos… ¿Pueden los esclavos nombrar el amor, el poder, el mundo entero, con las mismas palabras que sus amos…? ¿Pueden sentir y conducirse como sienten y se conducen sus amos…? ¿No será esta la gran trampa que nos han tendido, desde el principio…?

Por la noche, he asistido junto con Ayran Riascos, una de las mejores personas que conozco y uno de los amantes más sinceros de la poesía, pues vive y respira para ella, hemos asistido a una de las sesiones nocturnas de esta primera jornada del Festival, en “El Establo de Pegaso”, un local ubicado en una galería de cuatro plantas dedicadas exclusivamente al copeo, a la música y a los recitales de poesía y la presentación de libros. Allí, conozco a la escritora española Blanca Morel y al argentino Rodrigo Galarza, invitados también al Festival, que habíamos coincidido en Madrid y Alcalá de Henares, donde vivo, en alguna ocasión, pero que no habíamos tenido ocasión de conversar.

10 de mayo

Hoy, hemos estado en la FILBO, la Feria del Libro de Bogotá, teníamos una intervención en una de las casetas de la misma.

Es una feria del libro impresionante, de primer nivel. España es el país invitado este año, un pabellón enorme, pero rutinario y desangelado. La imagen de nuestra literatura recae, casi exclusivamente, en los grupos Planeta y Anaya. Sin comentarios.

La intervención la hemos hecho, Fabio Wasserman y yo, en el puesto interior de ‘Entreletras’, editorial llanera de la Orinoquia; al final, ha resultado muy interesante y atípica: hemos bloqueado, con el público, uno de los pasillos y, una vez en marcha, se unió a nosotros, fuera de programa, la poeta tradicional Diana Carol Forero.

Después de un buen paseo por el amplísimo recinto y de una cerveza, en compañía de algunos jóvenes participantes en el Festival, nos dirigimos al espacio reservado para el Instituto Caro y Cuervo, en donde se celebra la presentación de la edición especial del poemario Memoria de Santana, de Fernando Herrera, con motivo del homenaje que rinde el Festival a su autor.

Terminamos cenando juntos, con Rafael y Eugenia, en uno de los restaurantes frente a los apartamentos. Un buen punto y final a otra intensa jornada.

11 de mayo

Hoy, he quedado a almorzar con Ayran Riascos en la azotea del hostal de La Candelaria en el que he estado alojado los días previos; hace unos meses que Pepe, su dueño, ha abierto, en ella, un restaurante italiano con servicio y platos de gran calidad. Es una lástima que Esteban Hincapié no haya podido venir a almorzar con nosotros.

Después de una agradable sobremesa, nos vamos a tomar el café a ‘Pecas y Rosas’. Ayran tiene unos compromisos y yo me retiro al hotel a descansar un poco y localizar telefónicamente a Héctor José Arena, profesor de historia y editor, colaborador del periódico ‘Desde Abajo’ y de la edición colombiana de ‘Le Monde Diplomatique’, con el que Mauricio Vidales, otro buen amigo colombiano y camarada fiel, desde Alemania, donde reside ahora, me ha puesto en contacto. Al final, hemos quedado para desayunar el martes; quiere enseñarme rincones de La Candelaria –que es su barrio– que seguramente no conozco y hacerme una entrevista para el periódico.

Después de ver una película de acción coreana en la tele, bajo a la calle a tomarme un café y a fumarme un cigarrillo; ya no queda ni rastro del enorme mercadillo de viejo que me ha sorprendido, esta mañana, al salir del edificio de apartamentos, con sus característicos montones de cachivaches en desuso, juguetes antiguos, ropa usada, calzado con taras, etc. Me ha parecido una versión miserable, de los típicos mercadillos europeos, y me digo que, quizás, estos ocasionales mercadillos muestran la auténtica realidad social de las ciudades americanas, igual que La Candelaria, el barrio que tanto amo, es el crisol de Bogotá entera: la prueba, si sabes observar lo que allí sucede y a sus habitantes, de las hondas fracturas que recorren el cuerpo social de estas repúblicas y la insalvable e insultante distancia que separa a ricos y pobres; fracturas y distancia que se hacen más evidentes y claras en sus capitales y en sus grandes urbes. Son las mismas fracturas que se dan en Europa, por supuesto, pero multiplicadas exponencialmente hasta límites inadmisibles.

En ese momento, recuerdo los gestos de asentimiento del público, ayer, en la FILBO, cuando recité el poema “Un hombre de rodillas”, de mi primer poemario, Grito y realidad, y lo relacioné, precisamente, con La Candelaria, como metáfora de Bogotá.

12 de mayo

Esta mañana, he asistido, junto a otros invitados e invitadas del Festival, a un encuentro con escolares en el centro cultural García Márquez. Han sido dos horas encantadoras, con lecturas de poemas, nuestros y de los alumnos, con preguntas muy agudas e inteligentes de su parte, con innumerables selfies, firmas, recuerdos, etc.

En esta actividad, me he encontrado, de nuevo, con mi amiga y poeta de Medellín, Natalia Jaramillo, con quien, casualmente, he compartido los dos festivales que han motivado mi viaje, el de Colchagua, en Chile, y este, de Bogotá; con quien me voy a almorzar y paso unas horas de intensa conversación acerca del machismo transversal que afecta a las sociedades americanas y que se refleja en su literatura y, por supuesto, en la poesía (descontadas ciertas conductas y ciertos hábitos admitidos socialmente, que, en Europa, son ya inadmisibles), tanto de hombres como de mujeres.

Le pregunto si nota ella lo que yo noto en la poesía erótica que leo y escucho en los encuentros americanos, una cierta tendencia al nombramiento explícito y enfático, en muchos casos, gratuito, de los fenómenos, al tiempo que una notable agresividad implícita y explícita en los textos de este tipo. Ella también lo nota, me dice.

Por la tarde, hemos tenido una hermosa sesión del Festival en la azotea de la galería de arte ‘Espacio Blanco’, ante unas vistas espectaculares del centro de Bogotá y de los cerros circundantes, y frente a un público selecto y entendido, que ha disfrutado, como lo hemos hecho nosotros, los intervinientes.

Al final de la sesión, Natalia Jaramillo, Carlos J Aldazábal, poeta argentino, Camila Alexsandra López, jovencísima poeta colombiana de gran proyección, Juan Pablo Roa, poeta colombiano afincado en España, fundador y director de ‘Animal Sospechoso’ (librería y editorial especializadas en poesía, de Barcelona), Darío Sánchez, uno de los responsables de la organización, y Rafael del Castillo, director del Festival, nos hemos quedado conversando y tomando unas cervezas, antes de dirigirnos, juntos, a cenar, en cuyo transcurso y sobremesa, he podido comprobar la tradicional rivalidad que hay entre ‘paisas’ (de Medellín) y ‘rolos’ (de Bogotá). Y me río yo de la que, supuestamente, hay entre Barcelona y Madrid.

13 de mayo

Hoy, ha sido un día intensísimo. La mañana, incluido el almuerzo, la he pasado con Héctor J Arenas, una persona excepcional, especialista en la memoria histórica colombiana y en las culturas de los pueblos originarios de su país, en sus costumbres y en sus ritos iniciáticos.

Nuestra larga y rica conversación, a lo largo del paseo que hemos dado por el centro y por el barrio de La Candelaria, así como en los descansos realizados para tomar algunos refrigerios, será la base del artículo, dice, que pretende escribir para el periódico ‘Desde Abajo’.

Hemos hablado largo y tendido de la pulsión suicida de la izquierda, tanto aquí, como allí, y de la voracidad extractiva de las élites americanas y su resistencia a cualquier intento de cambio y modernización de sus países basada en el equilibrio social y económico.

Me ha gustado mucho la visita que hemos hecho a un mercado tradicional de productos de los pueblos originarios, en donde he comprado algunos regalos y maca peruana, para mí. El almuerzo con su familia ha sido, también, muy agradable, su hijo, músico incipiente, me ha resultado encantador. En fin, unas horas llenas de vivencias y conocimientos sobre aspectos de la realidad colombiana que desconocía.

Por la tarde, he tenido que ir a la sesión del Festival que se celebraba en la Universidad de Los Andes, un auténtico búnker de hormigón, que es la universidad de las élites colombianas. Allí, les he recitado una selección de mis poemas centrados en la Ciudad del Capital, justo la ciudad que han construido y dirigen sus padres. El lema de esta edición del Festival conecta la poesía y la arquitectura. El coloquio posterior ha estado interesante, en él también ha participado Camila Alexsandra López, la joven poeta colombiana.

Al finalizar la sesión, Alejandro, un antiguo reportero, fotógrafo y guerrillero, me quiere hacer una entrevista para su canal; por lo que nos dirigimos juntos al ‘Café Cinema’, donde va a haber una sesión del ciclo de lecturas, ‘Poemartes’, un evento poético de larguísima tradición en la capital. Nos quedamos a la primera parte del recital y me doy cuenta que en la poesía joven de base se dan las mismas contradicciones que en la canónica: el YO versus LO OTRO. Recuerdo la intervención de una joven poeta que declamó unos textos hermosos y potentes sobre el genocidio en Gaza. Había un poeta de cierta relevancia, cuyo nombre no recuerdo, que basó su extensa declamación en él mismo y sus picorcillos existenciales, como si esos picorcillos suyos pequeñoburgueses fuesen el puñetero ombligo del mundo e interesasen a alguien, que no fuera él mismo.

Finalizada la primera parte del evento, Alejandro y yo nos retiramos a una zona del centro comercial más tranquila, en donde me grabó la entrevista para su canal y, antes de despedirnos, le compré unas postales que había hecho con las fotografías de los murales artísticos que adornan algunas fachadas y muros de La Candelaria, verdaderas obras de arte, algunos de ellos. Los ha documentado todos.

14 de mayo

San Matías, como cada año, he recibido un mensaje de felicitación por mi santo de mi tía Angelita, la única que recuerda este día, desde que tengo uso de razón. Hoy, además, coincide con que es el último día del Festival y casi el final de este largo e intenso viaje de dos meses.

Mientras comienzo a preparar el equipaje se mezclan la nostalgia de la pérdida inminente con la expectativa del regreso a casa y los nuevos retos que me esperan allí: el nuevo poemario que saldrá para la Feria del Libro de Madrid, Réquiem y exaltación, en la editorial Lastura, con el que estoy muy ilusionado; la conferencia en la Universidad de Almería sobre mi novela Un sollozo del fin del mundo y la posibilidad de una ciencia ficción realista y crítica. Además del reencuentro con la familia y los amigos. En fin, la vuelta al curso de las rutinas que conforman mi vida en España.

Pero, antes, nos queda una lectura en la Universidad Externado de Colombia que ha sido, no solo muy agradable, sino productiva y profunda, pues, de la lectura, se ha derivado un coloquio interesantísimo con los estudiantes acerca de las relaciones de la literatura, en general, y los autores, en particular, con la realidad social, política e histórica, la recurrente cuestión del compromiso de los artistas (se entiende del compromiso de los escritores y artistas ‘de izquierda’, no los ‘de derechas’, pues se entiende que estos son seres puros y angélicos que escriben y crean fuera del mundo común y corriente del resto de los mortales, de modo que no están comprometidos con las reglas que rigen este, asumiéndolas, difundiéndolas y comprometiéndose con ellas). Qué cansino tener que volver siempre a explicar lo evidente, que todo ser humano, por el hecho de ser social y vivir en comunidad, no puede dejar de comprometerse con la realidad en la que vive, afirmándola o negándola; pero está visto que hay que explicarlo, una y otra vez.

Por la tarde, hemos cerrado el Festival en el salón de la Biblioteca Nacional, un edificio tipo ‘Art Deco’, de 1938, realmente, hermoso.

Después de cenar con Rafael del Castillo, Jotamario Arbeláez y otros compañeros y compañeras del Festival, me he retirado al apartamento y he terminado de hacer mi equipaje, mañana, temprano, a las seis y cuarto, debo levantarme, pues el taxi vendrá a las siete y cuarto a recogernos a Natalia Jaramillo y a mí.

Antes de acostarme, pienso en qué conclusiones se podrían extraer de tantos días de lecturas y recitales poéticos, de lo que he leído y escuchado en ellos, y de lo que he presenciado a mi alrededor. Y creo que no difiere mucho de lo que he escuchado y he presenciado en otros encuentros con escritores y otros festivales poéticos: que unos viven la escritura para que, a través de ella, les contemplen a ellos mismos (ellos son el objetivo de sí mismos), y otros, para que los demás se concentren en lo escrito y expresado, no en quién lo ha escrito y lo expresa. En poesía, esto es más evidente.

Luego, están los tres tipos de textos básicos: por una parte, los textos que se concentran en el proceso mismo de elaboración y en su naturaleza, una especie de metapoesía que, a estas alturas, ya tiene poco sentido; que lo tuvo en coyunturas históricas de transición y conformación de los nuevos paradigmas, por ejemplo, a finales del siglo diecinueve y a principios del siglo veinte, con el descubrimiento de la forma como contenido, o con el deslumbramiento provocado por la lingüística estructural saussureana y los avances de los formalistas soviéticos y praguenses, pero que ya son poemas reiterativos de lo sabido, que no tienen el menor interés.

Por otra parte, están los textos que se concentran en el mundo interior del poeta, en sus conflictos personales y existenciales, el problema es que gran parte de esos conflictos ya están poetizados y que, por lo general, ese tipo de textos no logran sobrepasar la barrera del interés para el otro, pues no todos tenemos vidas no vividas o irrepetibles, o rebosantes de experiencias heroicas y memorables, con lo que adolecen, por lo común, de un solipsismo buscado, a base de metáforas e imágenes ‘épatantes’, o involuntario, que anulan su potencial comunicativo y tal como te entran por un oído te salen por el otro, sin dejar la menor huella de sentido.

Y, finalmente, está la poesía que se concibe como acto de conocimiento, que pretende responder al mundo o a una pregunta del poeta sobre sí mismo dentro del mundo, que integra el afuera en el adentro, de modo que los conflictos personales y existenciales, al dotarse de contexto y referencia en lo real, adquieren auténtico sentido y significado. Esta poesía es la que a mí, personalmente, me interesa.

15 de mayo

Estas últimas notas las escribo ya en el avión de vuelta a casa…

¿A casa, a qué casa, cuál es realmente mi casa…? Me pregunto, ahora, en este avión rodeado de toda esta gente. Una pregunta que me he hecho, a menudo.

Mientras me dirigía, esta mañana, en el taxi, hacia el aeropuerto, en compañía de Natalia Jaramillo, que regresaba también a la suya, a Medellín, no sentía nada especial. Me despedía de Bogotá, como me despedí del Valle de Colchagua y de Santiago, con la naturalidad del que deja lo conocido y sabe que volverá a ellos, o del que siente que ya esos lugares formarán parte de él para siempre… Por tanto, ¿cuál es mi casa…? ¿Es España mi casa…? Lo bueno que tiene ser español y europeo es que tienes mucha historia detrás y un poso civilizatorio que nos permite contemplar todo con una distancia objetivadora que nos consiente, si lo queremos, deshacernos de los lazos territoriales (nacionales), pues somos el resultado de tantas guerras y mezclas étnicas y culturales, nuestras fronteras han cambiado, en estos miles de años de historia continental, y continúan cambiando, tanto que han terminado por desvanecerse y muchos de nosotros, ciudadanos europeos, estamos en disposición real de sentirnos y vernos, por fin, como ciudadanos del mundo, no sujetos a ningún territorio en especial, sino, vagamente, a nuestro continente de origen, pero a ninguna nación, en particular: nuestro pasaporte no indica ya lo que somos, sino, simplemente, dónde vivimos habitualmente.

En lo que a mí concierne, cuál es mi casa, ¿Madrid, la ciudad en la que nací y viví mi juventud; Cáceres, donde me crie; Alcalá de Henares, la patria de Cervantes y del Arcipreste de Hita, dos de mis ídolos, donde vivo desde hace más de cuarenta años; Moscú, donde fui feliz; Ljubljana, la capital eslovena, donde fui aún más feliz, durante varios años; Chile, donde tengo gente maravillosa que me consideran un igual; Queens, en Nueva York, que me encanta y en donde viviría tan divinamente…? Para gente como yo, creo, nuestra casa está, allí, donde somos felices, sin tener en cuenta ni fronteras, ni banderas, ni himnos, solo el paisaje humano que compone lo esencial de eso lugares.

Además, en mi caso en nuestro caso, si lo consideráis–, hay un ‘no lugar’ que constituye, verdaderamente, mi –nuestra– casa, la lengua en la que comprendo –comprendemos– el mundo y lo expreso –lo expresamos–, el castellano o español, como queráis llamarla; ese ‘territorio/no espacio’ panhispánico en el que me siento a gusto y feliz.

Sé que esto es duro de comprender por quienes aún arrastran poca historia detrás, las repúblicas americanas (no hablo de los pueblos originarios, sino de los nuevos estados nacionales que las élites criollas construyen, tras la independencia) tienen doscientos años de historia; sus ciudadanos, aún, son presa de los sentimientos nacionales y de los símbolos que los representan, las banderas, los himnos y esas cosas; y sé que no me entienden, cuando les digo que, para mí, la bandera española no significa nada ni el himno español, ni si hay reyes o no, y que, como mucho, me siento solidario de la historia del continente entero, Europa, en lo bueno y en lo malo, en toda su historia de pulsiones imperialistas y de asesinatos en masa, pero, también, en todo su legado civilizatorio: en su música, en su arte, en su literatura, en su filosofía, en su ciencia y en su tecnología… Soy el producto de toda esa confluencia de aportes culturales, ideológicos y materiales antiquísimos. Y con esa mochila voy y vengo por el mundo, y vivo; no puedo dejarla ni deshacerme de ella, la llevo conmigo, porque forma parte esencial de mí: hombre blanco, europeo, de raíces celtíberas y germánicas, educado en la tradición clásica y judeocristiana, influido por la filosofía materialista de la historia, etc., sí, todo eso va dentro de la mochila, pero todo eso, sin embargo, no soy yo del todo: la edad, la vida, los viajes, las gentes que he conocido, el estudio, el pensamiento reflexivo, me han completado y me han permitido extraer de la mochila algunos bultos innecesarios y dejar atrás los que molestaban y pesaban demasiado.

De joven soñé mucho con llegar a ser un auténtico ciudadano del mundo, un auténtico militante internacionalista, no sé si lo habré conseguido, pero, en ello, estoy.

En el aeropuerto de El Dorado, he recibido una llamada de Ivo, que estaba en Costa Rica, en un bautizo, con Jeannette y con algunos buenos compañeros costarricenses, y me han propuesto ir, el próximo año, a su tierra. Si todo va bien, iré a verlos y a compartir unos días con ellos; estoy seguro de que será como regresar a casa. E iré como comencé este viaje y como voy, ahora, a España, sin grandes expectativas, atento y abierto a lo que venga, sin hacer previsiones ni anticipar nada.

Miro el mapa de vuelo en la pantallita, hemos dejado atrás el Caribe y La Martinica, sobrevolamos el gran océano Atlántico: escribo estas notas y escucho música para corazones rotos, es lo que dice el menú. Bien, así son las cosas tengo roto el corazón– y así las tomo, como vienen, no puedes hacer nada por evitarlo.

Al final, el menú me ofrece una excelente película que no he visto, The Brutalist, la verdad que me ha gustado mucho, cine del bueno.

Tras echarme unas cabezaditas y dormitar un par de horas, abro el librito que Héctor J Arenas me regaló, una selección de los discursos que dio el premio Nobel colombiano, Gabriel García Márquez, durante los días de la ceremonia de entrega, en 1982; entre los que se encuentra “La soledad de América Latina” y, súbitamente, me doy cuenta de que podría haberme ahorrado una buena parte de mis divagaciones sobre Las Américas, citando esta excelente intervención del novelista colombiano.

Recomiendo encarecidamente a los lectores de estas crónicas que vayan a él y comprenderán, a través de sus palabras, lo esencial de mis impresiones con respecto a mi encuentro con América, desde el primer viaje…

««… La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López santana, que fue tres veces dictador en México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El General Gabriel García Morena gobernó ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas…  / … Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal y no solo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual este colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad… / Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños nos hará sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos (en América y fuera de América) que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo…»» “La soledad de América Latina”. Gabriel García Márquez, con motivo de la entrega del Premio Nobel, en 1982.

Y eso son estas crónicas, el intento de un ‘europeo de espíritu clarificador’ –espero que así sea– de revisar su manera de ver Las Américas, un mundo realmente nuevo y distinto (pero no como nos imaginamos y se nos presenta a través de los medios dominados por la América gringa), y, también, de comprender sus sueños de diferencia y libertad.

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4 comentarios en “Humanos paisajes. Dos meses inolvidables de amistad y poesía en Chile y Colombia. Marzo, abril y mayo de 2025 [2]”

  1. Matías ha sido un placer leer este diario, o este Cuaderno de Bitácora (me encantan los términos navales) de tu recorrido por estos países, pero sobre todo me gustan tus reflexiones, y, aunque no este de acuerdo con todas, aprendo de cada renglón que escribes y me haces pensar: como en tus reflexiones sobre poesía y poetas que expresas en los apuntes del 14 de mayo. Finalizar con el discurso de García Márquez sobre América Latina es muy clarividente, sobre todo con los hechos que nos narra al principio sobre las barbaridades de algunos generales , que nos refleja tan bien en su realismo mágico . Te seguiré leyendo, hablamos.

  2. Este viaje literario es fascinante, lleno de descubrimientos y conversaciones con poetas que enriquecen la experiencia. La crónica es vibrante y personal, capturando la esencia de Bogotá y la vida poética. Un relato lleno de pasión y reflexión.

  3. ¡Qué chévere! Me encanta leer sobre los viajes de Matías. Siempre encuentra lugares y personas interesantes. ¡Me dan ganas de visitar Bogotá y tomarme un café colombiano! Suena como una aventura increíble.

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