
Un viaje nada del otro mundo o la importancia del paisaje humano
3 de abril de 2026
Una vez más, preparado para atravesar el Atlántico. Hoy, Viernes Santo, Barajas, a esta hora: las seis de la madrugada, está tranquilo, la masa de turistas ya ha salido, hacia sus destinos, en los días anteriores y aún es temprano para su regreso en tropel.
Es curioso, pero tengo cierta sensación de rutina, tras tantos vuelos acumulados ya, que me permite ser más consciente de los detalles –y, con la tranquilidad de lo conocido, de la hora y del día, recrearme más en ellos, también. Esta vez, en la primera etapa, disfrutaré del encuentro con viejos amigos y del conocimiento de otros nuevos. Paula Winkler me agasajará, como siempre, en su apartamento de Palermo, y Fabio Vasserman, a quien conocí en Bogotá, durante el festival y la feria del libro del pasado año, con el que establecí, desde el primer momento, unas relaciones de amistad excelentes, me espera para compartir unos buenos ratos juntos, además de que desea presentarme a Antonio Nazzaro, su traductor de italiano, que, con suerte, será el mío.
Además, estarán los encuentros con Rolando Revagliatti, Elsa Drucaroff y otros compañeros de la escritura. El encuentro con Samuel Bossini, sin embargo, no será posible, pues nos hemos cruzado, esta vez, sobre el Atlántico, ya que él está cruzando el océano en sentido inverso, hacia España, para disfrutar de una beca de estancia en León, así que nos veremos a mi regreso, en Madrid, seguramente.
En fin, se avecinan nuevas experiencias y nuevos encuentros. Bien. Bendita rutina la de los amigos, la de los viajes, la de los aeropuertos, la de estos encuentros trasatlánticos.
Tomar el pulso a la Argentina de Milei es otro aliciente añadido; los malos presagios de la pasada primavera, me temo, por lo que leo y por lo que me dicen los amigos y las amigas de allí, se confirmarán.
El vuelo ha resultado relativamente cómodo, los pasajeros apenas ocupábamos la mitad de la cabina, yo he tenido los tres asientos centrales de mi fila para mí solo, algo impensable, por lo general. Hice bien en tomar este vuelo de Viernes Santo. Apenas he tardado veinte minutos en salir de Ezeiza, en el control de pasaportes estábamos poca más de media docena de extranjeros, increíble, y el equipaje estaba ya dando vueltas, cuando he llegado a recogerlo. El trayecto en Taxi hasta Palermo es cómodo también, no hay apenas tráfico.

Ya instalado, retomo el diario del viaje, después de tomar una buena ducha y de contemplar desde el balcón del apartamento de Paula la floristería frente a La Veneciana, las gotas de lluvia de la tormenta y los reflejos de la luz de las farolas del pequeño bulevar le dan un aspecto mágico a la caseta rodeada de decenas de ramos multicolores; pero el encanto termina, cuando Paula me dice que, desde hace un tiempo, su dueño vive dentro, porque ha perdido su casa y ha caído casi en la indigencia. Y esa floristería, toda esa belleza, con la miseria que contiene dentro, se convierte, de pronto, en la metáfora más acabada de este Buenos Aires y de la Argentina de Milei: una metáfora en la que habita el taxista que me ha traído desde Ezeiza a Palermo –en animada conversación–, pero que no comprende…
̶ Milei no es un político, es un economista, no forma parte de la camarilla política que ha llevado a la Argentina a la miseria, fíjese que lo llamó Trump a la Casa Blanca para que le explicara cómo había terminado milagrosamente con la inflación en Argentina, pues él quería hacer lo mismo en los Estados Unidos y, allí, estuvieron tres días, mientras tomaban nota sus secretarias de lo que Milei les decía…
4 de abril de 2026
Sábado de Pascua. Paula la celebra y mientras desayunamos, hablamos del peso del sionismo entre la comunidad judía argentina. Hemos hablado también de cómo la ultraderecha argentina y sus discursos populistas intentan dar marcha atrás y, una vez más, negar la memoria y la verdad histórica, tan difícilmente emergida durante los años del Nunca Más, y deslizan términos como “los dos demonios” o “la verdad completa”.
Paula, cuyo padre, un socialista alemán emigrado a Argentina, sufrió en sus carnes el tiempo histórico que le tocó vivir, no puede por menos que comparar aquella Alemania que destruyó a su padre con la Argentina de la dictadura, al recordarla –en este momento, para mí, para satisfacer mi curiosidad– y con la Argentina actual.
A media mañana, damos el primer paseo por Palermo y hemos rendido la primera visita a La Veneciana, Argentina sigue teniendo futuro, La Veneciana continúa abierta. Quienes hayan seguido las crónicas de mis anteriores viajes a Buenos Aires sabrán por qué lo digo.

Por la noche, nos desplazamos al barrio de Flores, por la avenida de Avellaneda, para cenar con Rolando Revagliatti y Mirta Dans, su esposa, con quienes mantenemos una conversación rica y agradable sobre nuestras respectivas peripecias vitales, desde la última vez que nos vimos, y sobre literatura y los criterios de evaluación de una obra poética. Ya en casa, Paula y yo continuamos hablando, mientras me tomo el último café del día, sobre cuáles son nuestros criterios para asignar un valor determinado a cualquier obra poética y yo le digo que los míos, a estas alturas, giran en torno al sentido de la misma y a la sinceridad existencial que perciba tras los fundamentos retóricos de la misma.
5 de abril de 2026
Domingo de Pascua. La mañana transcurre tranquila, entre ratos de lectura y silencio, conversaciones y aperitivos. Paula es una excelente cocinera, además de una inigualable anfitriona. Por el teléfono, recibo varios mensajes de amigos y amigas americanas que me felicitan la Pascua y, al responder al de María Juliana Villafanez, caigo en la cuenta de que las tres últimas visitas a Buenos Aires han coincidido con el final de la Semana Santa, por lo que ha sido, aquí, en Buenos Aires, con Paula y los amigos americanos, donde he vuelto a celebrar la Pascua, desde que era un niño.
Como Paula recibe La Nación, el periódico de Macri y del macrismo, en su casa, he aprovechado para darle un repaso a los principales titulares y a algunos artículos y noticias sobre el caso Adorni, el más reciente caso de corrupción descubierto en el entorno más inmediato de Milei. La interpretación que hacen del mismo veo que es bastante benevolente, aunque, en general, si te paras a leer entre líneas, algunos de los artículos de fondo y en el tratamiento de otras noticias que afectan al gobierno y al propio Milei, percibo como una cierta distancia en ellos, un distanciamiento que acabará, creo, en una futura ruptura, a no tardar.
6 de abril de 2026
Llegan las primeras lluvias otoñales y cede el bochorno de estos días, sobre todo, del día de la llegada a Ezeiza; es extraño, pero estimulante, experimentar el ritmo inverso de las estaciones en los hemisferios, cómo los síntomas alérgicos que traía de la incipiente primavera septentrional, desaparecieron, en cuestión de horas, nada más aterrizar en el otoño austral. En este viaje, me acompaña un libro que ha supuesto un verdadero descubrimiento para mí, La palabra sobrevive, de Carlos Fuentes Lemus, el hijo, trágicamente fallecido, en edad muy temprana, del escritor mexicano Carlos Fuentes, quien lo tradujo del inglés, tras la muerte prematura del joven, con apenas 27 años. Me lo regaló, en la edición del FCE, de 2009, Alberto García-Teresa, poco antes de iniciar este viaje, y, ya desde las primeras páginas, hojeadas en casa, me cautivó, así que lo elegí como compañero de viaje para esta ocasión. Y, hoy, releyendo algunos de los poemas iniciales del primer bloque, titulado “Muertos”, que me había dejado señalados durante el vuelo, le he dicho a Paula: «tengo que hacer algo con este libro»; y, de vuelta en casa, creo que lo haré. Es como una deuda que he adquirido con él. ¡Cuánta conmovedora y emocionante verdad hay en estos poemas!… Cuánto presagio de la muerte y sentimiento de destierro, en sus versos… Se ve que Carlos Fuentes Lemus vivía en un mundo que no era el suyo, en sentido estricto, en un territorio hostil que lo arrojaba y expulsaba de sí mismo, y no solo por la enfermedad que lo torturaba. Reconforta leer tanta verdad y percibir, al mismo tiempo, tanta lucidez en época de tanta impostura y falsedad.
Hoy, cenamos con Elsa Ducraroff, una de las grandes intelectuales argentinas de los últimos años, en El Rincón, un emblemático local situado en las traseras del cementerio de Recoletas, en un ambiente tan encantador, como el personal que nos ha atendido. Una velada perfecta, en la que hemos compartido ideas y una buena y jugosa ‘mariposa’ de res, a la brasa.

7 de abril de 2026
Continúa lloviendo. Después de desayunar, salimos a la farmacia, Paula necesita una crema y algunos medicamentos; dentro, me quedo al margen de la clientela, en un rincón, y observo, veo a una mujer que fracciona el coste de los medicamentos que lleva en tres plazos; esto es normal, me dice Paula, a la que, por cierto, le arrebatan en la caja una bolsita que la dependienta de la sección de cremas y geles le ha regalado por la compra de una de sus marcas más caras, la bolsita, pregunto, valía el equivalente a sesenta o setenta céntimos de euro. Estamos en Palermo, un barrio –en concreto esta zona– de clase media.
De vuelta en casa, está Majo, la empleada del hogar que va dos días a la semana a ayudar a Paula con el amplio apartamento; le pregunto (nos conocemos de las anteriores visitas) y me dice que ha encontrado trabajo por horas en un taller textil de su barrio, en las afueras, al sur de Buenos Aires (tarda dos horas en llegar a Palermo y dos horas de vuelta, pues debe tomar tres autobuses). El taller está regido por unos jóvenes emprendedores que se han lanzado a un campo, el de la confección, muy versátil y adaptable a todas las situaciones. Hay una argentina que sobrevive contra viento y marea, esta es quizás la esperanza de este país, la gente como Majo y como esos jóvenes empresarios, que no se rinden y siguen y siguen, pues sus vidas y su supervivencia depende de su capacidad de resistencia.
Pregunto por Credicoop y las fábricas tomadas de principios de siglo; me dicen que es un fenómeno en declive: Credicoop es, ahora, un banco online y, en 2025, quedaban unas cuatrocientas fábricas tomadas en todo el país, pero que dan trabajo solo a 13.000 personas, en un contexto económico en el que se han cerrado diez mil empresas en los últimos meses. Justamente, hace unas semanas, en febrero de 2026, se ha producido una caída con un fuerte valor simbólico para la industria nacional argentina, el cierre definitivo de FATE, empresa que, durante decenios, representó la industria puntera y la capacidad investigadora argentina. El gobierno de Milei considera que no merece ser apoyada para superar la crisis actual, pues su dueño fue aliado del kichnerismo. El mismo gobierno que, por cierto, no se niega ningún capricho, exceso ni corruptela, y niega cualquier gasto en infraestructuras públicas, por necesarias que sean.
Por la tarde, me llega la noticia de que una parte de la periferia capitalina, el AMBA, en Avellaneda y Pueyrredón, se ha levantado y los piquetes están dificultando la entrada y salida de la ciudad. Pienso en Majo, en lo que tardará en llegar a su casa, si aún estaba en camino. La gente está harta.
8 de abril de 2026
Esta mañana, ha amanecido lloviznando y, después de desayunar, una vez que Paula ha regresado de la radio, donde le han hecho una entrevista sobre su último libro, hemos ido al súper. Los miércoles, muchos mercados hacen rebajas especiales a los jubilados; es una medida motivada por la supervivencia, tanto de los propios mercados, como de los jubilados. La clientela de los súper ha sufrido visiblemente, me dice Paula, como la de los restaurantes y otros negocios, o como la de las librerías, también; salvo la de los teatros, puntualiza, y la de los cines… La gente necesita ficciones fáciles de asimilar, concluye… Por eso, hoy, miércoles, está más frecuentado que de costumbre: habrá, calculo, una veintena de personas, la mayoría, ancianas y jubilados… Estamos en un país en el que, además de no haber financiación para obras públicas e infraestructuras, tampoco la hay para las personas discapacitadas, sea física o psíquicamente, ni para los tratamientos oncológicos, ni las necesidades ortopédicas de los pacientes que no puedan costearse los tratamientos por ellos mismos.

Paula me pregunta, en un momento, mientras hacemos la compra, si no noto tristes los rostros que nos encontramos en los pasillos del súper y por las calles… Sí, quizás, me digo, sí se puede apreciar cierto velo de seriedad en los rostros de los adultos y los mayores; los jóvenes, creo, aún se salvan de la desesperanza y mantienen la sonrisa; en La Veneciana, cuando nos sirven el café y los helados, o en los restaurantes, en los almuerzos y las cenas fuera de casa; pero, por la pregunta de Paula, me he fijado en el rostro de la joven dependienta que me ha servido los caramelos en el puesto de chucherías que hay del otro lado del bulevar, tras la floristería, y he percibido, también, es verdad, esa reconcentrada tristeza de los adultos.
9 de abril de 2026
Por fin, un sol espléndido. Hoy, ha sido un día espléndido y lleno de nuevas experiencias; por fin, ha dejado de llover y he podido acercarme a la Boca, en donde he disfrutado, con Carlos, mi guía, del barrio que acoge uno de los míticos estadios del mundo del futbol mundial, donde juega uno de los clubes más humildes de entre todos los grandes, el Boca Junior, completamente enraizado en su entorno, uno de los barrios más humildes y populares de Buenos Aires, tanto que sus instalaciones, repartidas por la vecindad, me recuerdan a las de una escuela deportiva de la ciudad en la que vivo, Alcalá de Henares.

Al estadio, eso no lo sabía y me ha sorprendido, le falta un ala, porque la calle colindante impide su conclusión, de modo que no se pueden cerrar las gradas. El ambiente que lo rodea, con las fachadas cubiertas de los mismos colores que el estadio, el azul y el amarillo del equipo, con las tiendecitas de recuerdos, que compiten con la tienda oficial del club, que está en la acera de enfrente, a escasos veinte metros, me encanta, siempre me siento feliz y reconfortado entre la gente trabajadora que se busca la vida con esfuerzo o con ingenio, sin hacer daño a nadie, sin imposturas, sin tratar de aparentar lo que no se es.

A continuación, nos hemos dirigido hacia Puerto Madero, el reverso de la ciudad, una zona de modernos hoteles y rascacielos comerciales, junto a la reserva federal ecológica del río de la Plata, pero, antes, hemos recalado en la plaza Dorrego, en San Telmo, donde nos hemos tomado el primer café, mientras disponían las terrazas y los negocios para la llegada de los turistas al famoso Caminito. Es el centro histórico de Buenos Aires, frente al primitivo puerto, por donde afluían los miles de inmigrantes europeos, sobre todo, italianos y españoles, a ganarse la vida.
A media mañana, Carlos me ha dejado en Chacarita, frente a La Fuerza Bar, en la avenida Dorrego, donde he quedado con Fabio Vasserman para tomar un vermut e ir a almorzar juntos, antes de encontrarnos con Antonio Nazzaro, amigo suyo y traductor de su obra, recién instalado en Buenos Aires, procedente de México y La Habana, que ha traducido, también, algunos poemas míos para un par de publicaciones italianas y que podría plantearse la traducción de una antología de mi obra poética para una editorial transalpina.
Finalmente, hemos recalado, tras un paseo por Chacarita y el estadio del Atlanta, el equipo del barrio, en El Federal, en la zona de San Telmo, de nuevo, en donde hemos tomado unos vermuts con una excelente tabla de quesos, mientras nos poníamos al día de nuestras respectivas vidas, durante el último año, desde que nos separamos en Bogotá la primavera pasada.

Cuando nos dirigíamos al estacionamiento donde estaba el vehículo de Fabio, hemos entrado en el antiguo mercado de San Telmo, convertido en un variopinto centro comercial, y nos hemos paseado por las dependencias de la Casa Ezeiza, antes de alcanzar nuestro objetivo, el MACBA, en donde había una interesantísima exposición, “Continente Oscuro”, dedicada a las pintoras surrealistas argentinas del siglo XX; en esta, se expone un cuadro de pequeño formato, de Alejandra Pizarnik, que es la primera vez que se presenta en público. La verdad es que hemos pasado más de una hora muy entretenida y, para mí, ha sido un descubrimiento.

Una vez que hemos dejado el Museo de Arte Contemporáneo, emprendemos el camino hacia el famoso café La Biela, en Recoletas, antiguo café de la ‘gente bien’ bonaerense, en cuya terraza, hemos quedado con Antonio Nazzaro.
Ha sido un encuentro entrañable, en el que hemos compartido experiencias, hemos hablado de la situación en Argentina y hemos tratado algunos aspectos claves de la obra de Pasolini, en la que Antonio es especialista, y, principalmente, de sus desconocidos poemas juveniles en una especie de lengua extraña, inventada por él, que el joven Pasolini pensaba que era español.

Para finalizar esta primera jornada sin lluvia, tan particular, nos vamos, Fabio y yo, a escuchar jazz, al Virasoro, en Palermo, donde actúa uno de los grandes contrabajistas en la actualidad, Juan Pablo Navarro; Antonio se retira, pues se encuentra muy cansado, acaba de llegar del sur de la provincia, en donde ha asistido a un evento literario.
Fabio y yo hemos disfrutado del concierto, mientras dábamos cuenta de una buena botella de vino mendocino y nos repartíamos una excelente pizza, en un ambiente muy sugestivo y entre confidencias sobre nuestros proyectos de escritura y nuestras próximas publicaciones, que desembocan en una inevitable reflexión acerca de las diferencias entre escritura y carrera literaria.

10 de abril de 2026
La mañana ha sido tranquila, lectura, conversación, compras, puesta al día de estas notas en el cuaderno del viaje y un café en La Veneciana. La obra de Carlos Fuentes Lemus, cada vez me interesa más, me sacude la lúcida madurez de su dicción poética, aun en los poemas más tempranos; por lo general, logra expresar, siempre, con un mínimo de material retórico y una serie de potentísimas imágenes, el callejón sin salida que para él era la existencia, o mejor, el tipo de existencia al que estaba abocado.

Por la tarde, después de otra entrevista a Paula –su editora le ha preparado varias en estas últimas semanas–, salimos hacia el Fervor, en Recoletas, de nuevo, en una de las zonas más exclusivas del barrio y de Buenos Aires: su nombre se debe a un lejano homenaje a Borges y su Fervor de Buenos Aires. Hemos quedado a cenar con una vieja amiga de Paula, desea que la conozca.
En el Fervor y en Recoletas, aparentemente, no hay crisis o no se nota, a primera vista. En todas las crisis, hay quienes no solo no la notan, sino que se benefician de ellas, y este parece ser el caso, pues el local está a rebosar y hay colas de comensales, sin reserva, esperando a que una mesa que libre. La carta de especialidades es selecta y los precios están en consonancia con ella. La cena para tres (nada del otro mundo) nos ha costado la pensión media de un jubilado argentino; así son las cosas en el reino de Milei. Bueno, sí, hay hambre en los barrios del conurbano, los discapacitados han perdido sus ayudas, igual que los enfermos de cáncer y los lisiados, los pensionistas no llegan a fin de mes y se ven impelidos a la miseria, los trabajadores pasan horas en un transporte público disminuido a frecuencias mínimas, nada de esto importa, aquí, en Recoletas y en el Fervor, como tampoco importa en los noticieros televisivos o en La Nación y Clarín, esa otra Argentina y ese otro Buenos Aires parece que no existen, pero existen.

Ha sido una ilustrativa e interesante experiencia, la del Fervor, como lo están siendo todas, de cara a perfilar lo más fielmente el paisaje humano que a mi alrededor contemplo y por el que transito.
11 de abril de 2026
Mientras desayunamos, comento con Paula mi lectura de La Nación. Hacía tiempo, varios años que no tenía la experiencia de hojear un periódico impreso, cada mañana en la mesa del desayuno. Paula me señala una colaboración de Carlos M Raymundo Roberts, se trata de una entrevista fantasma con Milei, en clave sarcástica, que me confirma la impresión que tuve las primeras veces que eché un vistazo a sus páginas: el macrismo y Macri están rompiendo lazos con el régimen de Milei; se ve claramente que están largando amarras. Milei tiene los días contados, creo, y debería leer El 18 de Brumario, de Marx, para entender lo que le va a suceder, aunque, me temo, que no lo hará. Da igual.

A media mañana, hemos quedado con Fabio Vasserman en La Veneciana, quería que se conocieran, ambos son excelentes personas y excelentes escritores, pero, además, los dos son amigos de Samantha Scheweblin, la reciente ganadora del millón de euros del premio de AENA, y ambos son lacanianos, y Lacan une más que Samantha Scheweblin y que el santo matrimonio (jaja), especialmente, en Argentina, en donde Lacan ha batido, históricamente, a Freud por goleada.
Ha sido un encuentro muy agradable, como era previsible, y ha sido, también, mi despedida de La Veneciana, aquí, donde, para mí, Paula lo sabe, desde la primera visita que hice a Buenos Aires, reside la esperanza de este país; en sus helados y en sus mediaslunas, en la simpatía de los jóvenes dependientes y en su atmósfera tranquila y segura, está la esperanza de Argentina: mientras siga abierta, no todo se habrá perdido.
Esta tarde, toca hacer, de nuevo, el equipaje. Santiago de Chile nos espera; el IV Festival Vino y Poesía del valle de Colchagua, con todos los nuevos amigos y amigas, y las nuevas experiencias que traerá consigo, comienza pasado mañana. Mientras termino de organizar la maleta grande, pienso en que justo lo que le he pedido a la poesía, de siempre, afortunadamente, la poesía me lo ha concedido: viajes y amistades.
12 de abril de 2026
Hoy hemos madrugado para que Carlos nos lleve al Aeroparque temprano, tan temprano que, cuando nos acercábamos al aeropuerto, nos encontramos con los típicos embotellamientos de cuando se producen aglomeraciones a las salida de los estadios o de los teatros y los cines del centro de las grandes ciudades, lo único es que, en esta ocasión, eran miles de jóvenes saliendo de las decenas de macrodiscotecas que se alinean en la gran avenida que bordea, a lo largo de la orilla sur del río, al segundo aeropuerto de Buenos Aires. Ha sido un inesperado espectáculo de vida joven bullendo, en medio de la madrugada, antes de que el sol despunte por el horizonte atlántico. Los jóvenes de todo el mundo, como los niños, concluyo para mí, son iguales fuere cual fuere la latitud del planeta en la que nos encontremos.
Una vez embarcados, sentados ya en nuestros asientos dentro de la cabina del avión que nos llevará a Santiago, me río para mis adentros recordando los lances provocados por la impaciencia de Paula, que me recuerda, le digo, a la de mi padre; dos o tres veces, ha estado a punto de colarse, sin querer, en las filas propias de un aeropuerto y eso que hemos llegado a todos los trámites con tiempo más que suficiente (jaja).
Como Paula ha reservado dos asientos premium de ventanilla, tendré la oportunidad de contemplar, una vez más, los Andes, al atravesarlos por encima de sus cumbres más altas, con sus circos y sus glaciares intactos, y, al fondo, el Aconcagua. Pero, antes, sobrevolamos la desembocadura del gran río de la Plata y, al fondo, el Atlántico; y, luego, la gran llanura verde de delgadas corrientes y caminos entrelazados, con sus perezosos meandros y los círculos y los trapecios que dibujan las lindes de las innumerables propiedades, piscifactorías y explotaciones agrícolas, que se cruzan, componiendo caprichosos mosaicos geométricos sobre el inmenso tapiz verde. De pronto, a la hora del almuerzo, nos avisan de que vamos a aterrizar en Santiago, donde comenzará la segunda etapa de este viaje.





