Texto concebido para el libro colectivo “Ábrete cielo” (Ediciones Invasoras, 2020), contra la minería depredarora y destructora que la empresa Valtreixal, amparada por las autoridades, deseaba perpetrar en la comarca de Sanabria, en la sierra de la Culebra, a un paso de Montesinho, Portugal.

Los ladrones de montañas

Hace un par de años, en la ciudad de mi infancia, Cáceres, quisieron robar una montaña. La empresa australiana Plymouth, en colaboración con el Grupo Sacyr, quiso abrir una mina a cielo abierto que amenazaba a la mítica Montaña que la custodia desde el albor de los tiempos y que ponía en peligro, incluso, a la ciudad misma, patrimonio de la humanidad.

¿Quién puede querer robar una montaña y poner en peligro un legado natural e histórico de esa magnitud? Se preguntará la gente honrada. Los ladrones de montañas no son gente honrada, por eso, la gente honrada no los entiende. No entiende sus razones. Aunque son sencillas de entender, su única y sola razón es el dinero, la acumulación; en realidad, la fiebre mortal de la acumulación.

Quién puede querer para sí una montaña, devastarla y hacerla desaparecer, pues los que quieren todo para ellos, no solo las montañas y los valles, sino también los ríos, los torrentes y los riachuelos que fluyen por ellas; los cortados, las hoces y los cañones que forman, con sus bosques, sus retamas y sus flores. Los ladrones de montañas son insaciables y, cuando miran una cordillera, un fértil valle o una profunda hoz en el altiplano, no ven la belleza contenida en ese in menso tajo en la piel de la madre; cuando miran las maravillas del mundo no ven lo que vemos nosotros, solo ven dinero.

Los ladrones de montañas solo tienen ojos para el dinero; para ellos no hay presente ni futuro, solo dinero. No hay sufrimiento ni crimen causados, solo rentas y beneficio obtenidos. Los ladrones de montañas no entienden de la belleza contenida en el mundo, de cómo necesitamos de esa belleza para vivir e, incluso, para sobrevivir como especie; no comprenden de los lazos que nos ligan a esa belleza, ni de los lazos humanos que nos ligan a nuestros semejantes, solo entienden del lucro y de dinero.

Ahora es en la comarca de Sanabria, en la Sierra de la Culebra, a un paso de Montesinho, en Portugal, donde otros ladrones de montañas, esta vez, Valtreixal, quieren robar otra montaña; el propósito es el mismo: si en la ciudad de mi infancia era el litio, en Sanabria son el wolframio y el estaño; y la excusa también es la misma, cientos de ilusorios puestos de trabajo para las gentes de la comarca, que, al final, quedan en una decena y en la ruina futura de los demás. Una vez más, los ladrones de montañas, que lo que quieren realmente son nuestros cuerpos y nuestras almas, juegan con la necesidad y el hambre de los pobres. ¿Los dejaremos? La gente honrada de Sanabria ¿se dejará robar sus cuerpos y sus almas? No. Antes se abrirán los cielos.

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